Hubo un tiempo en que el espionaje en pantalla no necesitaba explosiones cada cinco minutos. Un tiempo en que resolver un problema global requería más neuronas que músculos, más paciencia que adrenalina. Ese tiempo se llamó Misión: Imposible, y empezó una noche de septiembre de 1966 cuando CBS decidió apostarle a algo que sonaba, bueno, imposible: un programa de espías sin superhéroes.
La idea era tan simple que resultaba revolucionaria: ¿y si en lugar de mandar a un tipo con pistola y corbatín a salvar el mundo, mandamos a un equipo de nerds sofisticados que resuelven todo con engaños elaborados? Bruce Geller, el cerebro detrás de la serie, no estaba pensando en James Bond cuando la creó. Estaba pensando en películas de atracos, en esas cintas donde un grupo de especialistas planea el robo perfecto. Solo que aquí no robaban diamantes. Robaban secretos. Derrocaban dictadores. Rescataban científicos. Y todo sin despeinarse.
Que Lucille Ball haya financiado tanto Star Trek como Misión: Imposible es uno de esos datos que te hacen creer en el destino. La mujer estaba al frente de Desilu Productions, buscando desesperadamente proyectos que le permitieran vender el estudio a buen precio. Así que apostó fuerte: le dio luz verde a dos de los pilotos más caros de la época.
La jugada le salió perfecta. Misión: Imposible fue un éxito inmediato, y en 1967 Ball vendió Desilu a Gulf+Western por 17 millones de dólares. Una cifra que hoy suena modesta, pero que en ese entonces era como vender una isla privada.
Claro que el cambio de dueño trajo consecuencias. Paramount no era Desilu. Paramount era una corporación que contaba centavos, y Bruce Geller era un perfeccionista que gastaba como si el dinero fuera confeti. La tensión estaba servida.
Cada episodio empezaba igual. Siempre. El líder del equipo llegaba a algún lugar solitario —una bodega, un muelle, una cabina telefónica— y encontraba una grabadora. La voz de Bob Johnson, serena como un whisky en las rocas, explicaba la misión. Y luego venía la frase: “Esta cinta se autodestruirá en cinco segundos”.
Era puro teatro, pero funcionaba. Te decía: esto va en serio. Nadie te va a rescatar si te atrapan. Estás solo.
Luego venía la escena del apartamento, donde el líder revisaba un fólder gordo con fotos de agentes y escogía a su equipo. Al principio tenía sentido: justificaba por qué en cada episodio aparecían diferentes actores invitados. Pero cuando el elenco se estabilizó, la escena se volvió redundante. Igual la mantuvieron por años, porque ya era parte del ADN del programa.
Y después: el plan. Dos tercios del episodio dedicados a ver cómo este equipo de genios construía una farsa perfecta. Convencían a un dictador de que lo habían derrocado. Hacían creer a un mafioso que estaba muriendo. Simulaban invasiones extraterrestres. Todo psicología pura, cerebro sobre músculo.
El elenco que no dejaba de cambiar (y los que nunca se fueron)
Steven Hill fue el primer líder, Dan Briggs. Problema: Hill era judío ortodoxo y no podía trabajar desde el viernes al atardecer hasta el sábado en la noche. En televisión, donde se graba a cualquier hora y cualquier día, eso es un desastre logístico. Lo despidieron después de la primera temporada.
Entró Peter Graves como Jim Phelps, y ahí la serie encontró su voz. Graves tenía esa autoridad paternal que necesitabas en un líder. Voz de barítono, presencia física, confianza absoluta. Estuvo hasta el final.
Martin Landau y Barbara Bain eran la pareja dorada. Él hacía los disfraces imposibles, ella manipulaba a los villanos con inteligencia y clase. Bain ganó tres Emmys consecutivos, un récord que validó que esto no era solo entretenimiento de sábado en la noche: era actuación de verdad.
Pero en 1969, después de tres temporadas, Landau y Bain pidieron más dinero. Paramount dijo que no. Ellos se fueron. Así, sin más. Dejaron un hueco enorme.
Para llenarlo trajeron a Leonard Nimoy, recién salido de Star Trek. Interpretó a El Gran Paris.Nimoy aguantó dos temporadas antes de aburrirse y largarse.
Los únicos que estuvieron las siete temporadas completas fueron Greg Morris (Barney Collier, el genio de la electrónica) y Peter Lupus (Willy Armitage, el hombre fuerte callado). Morris, además, fue revolucionario sin proponérselo: era un personaje negro en los años sesenta, y la serie nunca hizo drama de su raza. Simplemente era el mejor en su trabajo. Punto.
El argentino que inventó el sonido del peligro
Lalo Schifrin no era de Los Ángeles ni de Nueva York. Era de Buenos Aires. Y cuando le pidieron que compusiera el tema de Misión: Imposible, hizo algo que nadie esperaba: escribió en 5/4.
Cinco tiempos por compás. Una rareza total en música popular, donde todo es 4/4 o 3/4. El 5/4 te deja incómodo, desequilibrado. Es como caminar con una pierna más larga que la otra. Schifrin lo sabía. Lo hizo a propósito. Quería que sintieras tensión sin saber por qué.
Hay una teoría (que el mismo Schifrin nunca confirmó del todo ni negó del todo) de que el ritmo básico del tema viene del código Morse. Dos notas largas, dos cortas: M.I. Mission Impossible.
Y luego estaba “The Plot”, la pieza secundaria. Bajo pulsante, percusión militar, flautas graves y disonantes. Sonaba cada vez que alguien conectaba un cable, forzaba una cerradura, cambiaba un documento. Era el sonido de la concentración absoluta, del tiempo que se acaba.
La serie terminó en 1973 después de 171 episodios. Hubo un revival en 1988 que se grabó en Australia para ahorrar costos, con Peter Graves de regreso y el hijo de Greg Morris interpretando al hijo de Barney. Duró dos temporadas. No era lo mismo.
Pero lo que realmente dolió fue 1996. Tom Cruise y Brian De Palma hicieron la película. Fue un éxito comercial masivo. También fue una puñalada para el elenco original.
En la película, Jim Phelps es el villano. El traidor. El tipo que mata a su propio equipo por dinero.
Peter Graves lo dijo públicamente: era una herejía. Greg Morris salió del cine a mitad de la función, furioso. Martin Landau la criticó con dureza. Para ellos, convertir a Phelps en un asesino era destruir todo lo que la serie había representado: profesionalismo, lealtad, trabajo en equipo.
Las películas de Tom Cruise son otra cosa. Son vehículos de acción para una superestrella. Persecuciones. Explosiones. Un tipo colgando de aviones. Entretenidas, sí. Pero no son Misión: Imposible. No en el sentido original.
La serie original dejó algo más importante que una franquicia millonaria. Dejó una idea: que la inteligencia puede ser más emocionante que la violencia. Que un plan bien ejecutado es más satisfactorio que un puño en la cara. Que el caos del mundo se puede enfrentar con orden, método y cooperación.
Geller murió en 1978 en un accidente de aviación. Tenía 47 años. No llegó a ver las películas, ni la resurrección de su creación en el siglo XXI. Quizá fue mejor así.
La cinta se autodestruía en cinco segundos, pero la idea sobrevivió cincuenta años. Y sigue viva. Porque al final, todos queremos creer que existe un equipo de genios en algún lugar, resolviendo lo imposible mientras el resto de nosotros dormimos




