Hubo una vez un tiempo en que la gente se enamoraba espontánea, profunda, apasionada y seriamente. Ese intercambio equitativo y fluido de semejante emoción y experiencia, era la máxima felicidad y una de las ilusiones más hermosas por vivir. Pero la gente era traicionera, embustera, resentida, visceral, ingrata y muy egoísta; así que con el tiempo, esas influencias hicieron tanto daño en los corazones, que no hubo confianza posible de recuperar para poder volver a vivir aquello.
Desde entonces, enjuiciado el amor, fue condenado a pagar todos los platos rotos.
Dicen, que pocos lo defienden aún, que la gran mayoría lo acusa de que todo es su culpa, y algunos le temen tanto, que hasta lo eliminaron de todos sus contextos de vida.
¡Así viven!, dicen.
IRMA, LaPillis



