Amar a un gato

Amar a un gato

Dicen que del amor de un gato nadie se recupera y eso parece ser cierto porque con su nadadito de perro, se han convertido en las mascotas preferidas.

 

Durante mucho tiempo tuvieron mala fama porque se les asociaba con ritos satánicos, duendes y brujas de nariz puntuda, algo que no tenía un asidero real, sino que era producto de la cultura popular.

 

Con su nadado de perro, los gatos se han convertido en las mascotas favoritas

 

Hoy, los únicos que hablan mal de los gatos, son los dueños de los perros, porque a diferencia de estos, (de los perros) los gatos son independientes, tienen vida propia, son interesados, fantoches y básicamente hacen lo que les da la gana, por lo que entrenarlos se convierte en una tarea de titanes. Solamente demuestran su cariño cuando quieren. Les gusta dormir, comer, orinar matas y dañar los muebles.

 

Los primeros gatos domesticados comenzaron a aparecer en poblaciones neolíticas en el Medio Oriente hace cerca de 10.000 años. No dependían de los humanos para sus alimentos, sino que estos los alentaban a buscárselos por ellos mismos y a proteger los cultivos y los almacenes de comida de las ratas y otras pestes. Hoy existen mil historias a su alrededor: En lugares como el Mediterráneo y Japón, las colonias de gatos “comunitarias” prosperan en los pueblos de pescadores. En Estambul, los gatos semicallejeros son alimentados y atendidos por los lugareños y se han convertido en parte de la identidad de la ciudad. En Tailandia, existe una leyenda que ha trascendido en el tiempo hasta convertir a los gatos en unos seres de paz. Incluso para los budistas, representan la espiritualidad.

 

Los gatos tienen su cuento. Viven la vida sin angustia y su mayor éxito es conseguir la comida del día. Por eso parecen relajados y lochudos. Obviamente no tienen un concepto moral de lo que está bien o está mal y por eso recurren al instinto. A diferencia de los perros, los gatos no renuncian a su libertad, ni siquiera a cambio de los cuidados que puedan darle. Son egoístas y caprichosos, pero también saben que les fascinan a sus dueños y por eso “abusan”. Sin embargo, al final terminan por necesitar el contacto personal y buscan un lugar para dormir sobre la cama de sus dueños o incluso, encima de ellos.

 

No tienen siete vidas, pero parece, porque la que tienen, la viven lentamente. Las personas, en cambio, todo el tiempo están a las carreras y solamente encuentran paz cuando un gato caprichoso se le sube a la barriga

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