El apellido de mi madre

El apellido de mi madre

Soy Liévano de nacimiento pero la historia de mi padre será  para otro día

Quimbay no es un apellido  común  y la historia cuenta que es una derivación de los Quimbaya, algo así como su versión pobre, porque dicen que los tipos tenían mucho oro. El caso es que por cuenta de mi apellido sufrí de matoneo colegial porque  en ese tiempo bastaba tener un apellido raro, que no fuera Rodríguez o Ramírez, un directo físico o  una mala peluqueada para que a uno se la montaran de primero a sexto.

Por cuenta de mi segundo apellido sufrí matoneo colegial, porque bastaba con no llamarse Rodríguez o Ramírez

La verdad poco me importaba porque yo era un estudiante gris, casi transparente, que no me destacaba por casi nada excepto en una cancha de fútbol. El tiempo pasó y los montadores de esa época los veo hoy en Facebook  gordos calvos y con la misma mirada de hijueputicas del colegio.

El caso es que soy el menor de siete hermanos, algo así como el último suspiro de mis padres, por lo que crecí más en la calle que en mi casa a la que básicamente entraba a comer y a dormir. Estrenaba dos veces en el año: en Navidad y en mi cumpleaños y la verdad verdadera, es que apenas cumplía mi papel de hijo menor: hacer mandados y  cambiar de canal  en el viejo televisor de tubos. Cada cual vivía su vida como le daba la gana en medio de una familia normal de clase media y en ahora que lo pienso, me hubiera podido perder en una noche cualquiera y hasta hoy se hubieran dado cuenta. Y no es que mis padres fueran descuidados. Es que éramos muchos.

Fui un hijo gris, casi transparente, de esos que si se pierden nadie se da cuenta

Nunca fui el hijo modelo, pero tampoco es que diera mucha guerra, porque ¿qué preocupación podía generar un tipo que vivía para el fútbol, comía lo que le servían y se acostaba muy temprano? Es que ni la marihuana me gustó, ni ningún año me tiré.

Estudié lo que quise y donde quise y con el paso del tiempo me fui quedando como hijo único porque los otros seis  se fueron poco a poco. Sin embargo, las cosas no cambiaron porque a mi casa solo iba a  comer y a dormir y seguía estrenando las mismas dos veces en el año. Luego me casé y conocí la verdadera felicidad con la llegada de mis hijas.

Mi papá se murió de viejo y de cansancio y mi mamá sigue hoy intacta, a una edad que roza casi casi con la inmortalidad. La he amado a mi manera, no como dicen los que saben y predican, sino en forma muy bizarra: con tosquedad y sin barullo. No he sido de regalos, ni de rosas, ni tarjetas, pero qué le voy a hacer.  Así la vivo cada día, pensando en ella y orando por su salud y su alegría. Hubiera podido hacer muchas más cosas, ser un poco más cariñoso y especial, sin duda, pero en el fondo, ella sabe que la quiero, en medio de mi vida taciturna y malgeniada, porque a la larga somos iguales y no heredé de ella tan solo el apellido.

 

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