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El rugido del león de la Metro

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Juliana Rodríguez

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CULTURA

Hay un logo que lleva más de cien años abriéndole las puertas al cine y casi nadie sabe cómo llegó ahí. El de MGM. El del león. Ese que ruge antes de que empiece todo.

Howard Dietz tenía diecinueve años cuando lo inventó. Era 1916 y trabajaba en publicidad, pero antes había estudiado periodismo en Columbia, en Nueva York, esa universidad que tiene como mascota a un león y cuya canción de batalla se llama, de manera poco sutil, Roar, Lion, Roar. Cuando le pidieron que diseñara una imagen para la recién nacida Goldwyn Pictures, Dietz hizo lo que hace cualquier creativo joven con deadline encima: robó de lo que tenía cerca. Tomó al león de su universidad, le puso una cinta de película alrededor y le colgó un lema en latín. Eso fue todo. Lo que nadie esperaba es que ese garabato de universitario se iba a convertir en el símbolo más reconocible de Hollywood.

El lema, Ars Gratia Artis, también es un invento. Dietz quería traducir la frase francesa l’art pour l’art —el arte por el arte— al latín, para darle un aire de solemnidad que el cine todavía no se había ganado. El problema es que su latín era de colegio, y los académicos llevan décadas discutiendo si la frase siquiera tiene sentido gramatical. Algunos sugieren que podría leerse, con cierta ironía, como “el arte por gracia de algo externo”, que es precisamente lo contrario de lo que Dietz quería decir. A Louis B. Mayer no le importó. La adoptó como credo del estudio y la repitió durante treinta años.

En 1982, el diseñador de sonido Mark Mangini recibió el encargo de modernizar el rugido para los nuevos sistemas de audio que estaban llegando a los cines. Se puso a grabar leones reales y descubrió algo incómodo: los leones de verdad no suenan como en las películas. Gruñen. Bostezan. Hacen ruidos que, en una sala oscura con sonido envolvente, no producen ningún escalofrío. Entonces Mangini hizo lo que cualquier buen diseñador de sonido haría: mezcló. Metió rugidos de tigres, capas de otros sonidos, ajustó frecuencias. El resultado es el rugido que hoy abre cada película de MGM. Técnicamente impecable. Biológicamente deshonesto. Completamente efectivo.

Lo que poca gente sabe es que detrás de ese logo no hubo uno sino siete leones distintos, cada uno representando una era diferente del cine. El primero se llamaba Slats —aunque había nacido en Dublín con el nombre de Cairbre— y era un animal del cine mudo: en su logotipo simplemente movía la cabeza. Ni un sonido. El segundo, Jackie, fue el primero en rugir de verdad, el 31 de julio de 1928, en sincronía con el gramófono que acababa de inventarse. Jackie sobrevivió dos naufragios, dos accidentes de tren, un terremoto y un estrellamiento de avión en el desierto de Arizona. Lo dejaron encerrado en su jaula cuatro días mientras el piloto iba a buscar ayuda. Cuando lo encontraron, estaba ileso y, según los registros, había consumido ordenadamente los sándwiches que le habían dejado.

El que lleva el logo desde 1957 se llama Leo. Nació en un zoológico de los Países Bajos y era tan joven cuando lo filmaron que su melena todavía no había crecido del todo. Eso explica por qué el león del logotipo moderno tiene menos pelo que sus predecesores. Leo lleva sesenta y seis años en ese círculo de celuloide, aunque desde 2021 ya no es un animal de verdad. Ese año, MGM lo reemplazó por una versión de CGI que, aseguran, mantiene su apariencia exacta pero puede adaptarse a pantallas de 8K, realidad virtual y cualquier formato que venga después.

Hoy MGM le pertenece a Amazon, que la compró en 2022 por 8.450 millones de dólares. El estudio que alguna vez se declaró en bancarrota —en 2010, aplastado por una deuda que acumuló durante las décadas en que Kirk Kerkorian la usó más para sus hoteles de Las Vegas que para hacer películas— es ahora el brazo de contenido de una de las corporaciones más ricas del planeta. Para 2026, Amazon MGM Studios tiene presupuestados dos mil millones de dólares: mil para producción, mil para mercadeo, con la meta de estrenar quince películas en salas de cine al año. La apuesta es que el “prestigio del león” sirva para atraer directores que todavía exigen ver su trabajo en pantalla grande antes de que llegue al streaming.

Todo esto arranca con un universitario de diecinueve años que no sabía mucho latín pero sí sabía cómo se construye una imagen. El león que inventó Howard Dietz en 1916 para que el cine pareciera más serio de lo que era tiene hoy más poder que nunca, aunque el rugido sea de tigre y el animal sea código.

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