Elefantes en un carro de dos puertas

Elefantes en un carro de dos puertas

Poco nos gusta aceptarlo pero somos clasistas, racistas y arribistas. Me incluyo. Acá todo lo que huela, tenga color, volumen, acento  y haga ruido, nos fastidia. Nos  encanta burlarnos de los otros, de sus tristezas, de sus miserias, que no son más que perspectivas de lo que queremos ver. Pero además, somos  cobardes y tapados, porque nos gusta posar de libertarios, de librepensadores, de mente abierta, cuando en realidad, somos lo opuesto.

Todo lo que huela, tenga color, volumen, acento  y haga ruido, nos fastidia.

Nos gusta la inclusión, siempre y cuando lo hagan lejos de nuestra casa y nos gusta la igualdad pero no la parte que nos toca. Somos revolucionarios de nevera llena y proletarios con ropa de marca. Creemos en el capitalismo mientras tengamos con qué, las marchas por televisión y gafa oscura, los plantones mientras no nos metan en un trancón. Toda nuestra rebeldía se nos va en frases y en trinos disonantes, que nos crean un aura de intocables.

Nuestro espíritu libertario depende de lo que haya en nuestros bolsillos

Por eso, vivimos en medio de la esquizofrenia de no aceptar lo que somos, porque en la otra orilla están los que comen mierda y eructan langosta, los nadies, los arrancados que viven de la apariencia y de la facha, del arribismo prendido con babas, que se deshace entre las manos al pronunciar  mal el inglés o el francés o al mirarse los bolsillos en el cóctel y no tener ni para un pasaje en Transmilenio.

 

En realidad, somos (soy)   héroes de comedia, actores de reparto, una caricatura, un desdibujo, una parodia y un sarcasmo incapaz de mirarnos a los ojos y de reconocer lo que vemos en el espejo. Egos maltrechos, elefantes intentando entrar en un carro de  dos puertas.

 

 

 

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