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Había algo en Frank Sinatra que incomodaba a la gente decente. No era el perfume caro ni los sombreros de ala ancha. Era que actuaba como si el mundo ya le debiera algo desde antes de nacer, y la historia, con esa injusticia suya tan característica, le terminó dando la razón.

Francis Albert llegó al mundo el 12 de diciembre de 1915 en Hoboken, Nueva Jersey, con fórceps y mala suerte: las cicatrices en la cara y el cuello lo acompañaron toda la vida, igual que el apodo “Scarface” que le colgaron de niño. Su madre Dolly era de esas mujeres que mueven piezas en silencio. Su padre Marty ponía cervezas detrás de un mostrador y apagaba incendios ajenos. Del colegio lo echaron. De los astilleros se fue. Lo único que no abandonó fue el micrófono.

Empezó cantando en el bar de la familia, como quien practica un vicio, y para 1935 ya estaba en la radio con los Hoboken Four. Cuatro años después se coló en la orquesta de Harry James, luego en la de Tommy Dorsey y con él grabó en 1940 el primer número uno de su vida: I’ll Never Smile Again, que se quedó trece semanas en lo alto del Billboard. Las adolescentes americanas —las llamaban “bobby soxers”— se desmayaban en sus conciertos con una intensidad que hoy parecería exagerada y en ese entonces era completamente real. Frank Sinatra fue, antes que Elvis, antes que los Beatles, el primer fenómeno de masas de la música popular.

Pero la fama tiene una crueldad particular: se va sin avisar. A finales de los cuarenta, la voz falló, los contratos se cayeron y los periódicos empezaron a escribir sobre él en pasado. Lo que vino después es una de esas historias que Hollywood no se habría atrevido a inventar porque nadie le creería: en 1953, Sinatra ganó el Óscar al Mejor Actor de Reparto por De aquí a la eternidad, firmó con Capitol Records y comenzó, con Nelson Riddle en los arreglos, a grabar los discos que lo convertirían en inmortal.

Fue en esa segunda vida donde construyó su catálogo más duradero. In the Wee Small Hours en 1955 —considerado el primer álbum conceptual del pop moderno— fue seguido por Songs for Swingin’ Lovers! en 1956, Come Fly with Me en 1958 y Only the Lonely ese mismo año. No era un regreso. Era otra cosa: la versión más fina, más oscura, más sabia de sí mismo. En total grabaría 59 álbumes de estudio y 297 sencillos a lo largo de su carrera, una cifra que por sí sola dice algo sobre un hombre que no sabía quedarse quieto.

Los números cuentan parte de la historia. Strangers in the Night en 1966 le dio un Grammy. It Was a Very Good Year ese mismo año, otro. My Way en 1969 se convirtió en algo más que una canción: fue un manifiesto, una declaración de principios que el mundo entero adoptó como suya aunque hablara de un solo hombre. New York, New York en 1979 cerró el ciclo con la misma arrogancia cariñosa con que lo había empezado todo. Once Grammys en total, más un Premio a la Trayectoria en 1995, cuando ya no había mucho que demostrar, pero el gesto igual importaba. Al final de su vida, las cuentas arrojaban cerca de 150 millones de discos vendidos en todo el mundo, una cifra que lo coloca en la conversación de los artistas más escuchados del siglo XX sin que nadie pueda discutirlo demasiado.

Las Vegas fue su reino natural. Con el Rat Pack —Dean Martin, Sammy Davis Jr. y un par más— convirtió el Sands Hotel en algo que no era exactamente un espectáculo ni exactamente una borrachera, sino las dos cosas al mismo tiempo y con traje. Cantaban, se insultaban con afecto, bebían en serio y cobraban fortunas. En 1961 fundó su propio sello, Reprise Records, junto al resto del grupo, como quien decide que si el negocio es bueno mejor tenerlo propio. Sinatra at the Sands de 1966 quedó como documento de esa época: un álbum en vivo que suena menos a concierto y más a una noche que se salió de control de la mejor manera posible.

En cine participó en más de 60 películas. Además del Óscar por De aquí a la eternidad, dejó trabajos notables en El hombre del brazo de oro en 1955, donde interpretó a un adicto con una honestidad incómoda para la época, y en Ocean’s 11 en 1960 con el Rat Pack, que era básicamente lo mismo que hacían en Las Vegas pero con cámaras. Una Nominación al Óscar, un Globo de Oro, y la certeza de que nunca fue solo un cantante que actuaba sino alguien que entendía las dos cosas desde adentro.

De las mujeres se puede decir mucho, aunque él prefería que se dijera poco. Nancy Barbato le dio tres hijos y catorce años de matrimonio antes de que Ava Gardner llegara a romperlo todo. Con Ava fue otra historia: tormentosa, apasionada, del tipo de relación que deja a ambos peor de lo que estaban. Luego Mia Farrow, treinta años menor, con quien duró dos. Y por último Barbara Marx, que lo acompañó hasta el final.

Lo que los biógrafos documentaron con más cuidado —y él negó con más energía— fueron sus vínculos con el crimen organizado. Lucky Luciano, Sam Giancana, Joe Fischetti: nombres que aparecen en su historia con demasiada regularidad para ser casualidad. Se dice, y hay evidencia de que es cierto, que la mafia le ayudó a salir del contrato con Dorsey en 1943. Actuó en casinos de Meyer Lansky en Cuba. Apoyó la campaña de Kennedy con el respaldo implícito de Giancana. Cuando Bobby Kennedy empezó a investigar al crimen organizado, la relación con los Kennedy se rompió de golpe. Sinatra siempre dijo que eran amigos, que él no sabía nada, que lo malinterpretaban. Puede que fuera verdad. Puede que no.

Murió el 14 de mayo de 1998, de un infarto, a los 82 años. Tres estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood —una por música, una por cine, una por televisión— como si una sola no alcanzara para contenerlo. La Medalla Presidencial de la Libertad en 1985, entregada por Reagan, que era otro hombre que sabía muy bien cómo proyectar una imagen.

Lo que queda de Frank Sinatra no es solo la voz, aunque la voz basta. Es esa sensación de que algunas personas no piden permiso para existir de cierta manera. Simplemente existen así, con todo lo bueno y todo lo turbio, y el mundo termina acomodándose alrededor de ellas. Sinatra fue eso: un hombre que llegó con cicatrices, sin diploma, con las manos en lugares oscuros a veces, y aun así —o quizás por todo eso— encontró la manera de que su voz sonara como si viniera de un lugar más honesto que el de casi cualquier otro.

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