Saber en cuerpo ajeno

Me gusta dar consejos, sobre todo, los que yo no me aplico. En ese me parezco a muchos, porque soy de esas personas que sabe (cree saber) todo, o casi todo, acerca de la solución a los problemas de los otros.

 

Y es que un consejo es una prueba de laboratorio que generalmente le explota en la cara a los demás. Dar consejos es de esos placeres gratuitos, que siempre tienen la ventana de atrás para salir huyendo en caso de que no salga bien o la puerta grande para recibir las agradecimientos. Y todo, sin correr ningún riesgo.

 

“Un consejo es una prueba de laboratorio que generalmente le explota en la cara a los demás”

 

Y es que algo va de una opinión objetiva sobre algo, es decir en sustantivo, a la arenga arrogante en forma de verbo. Decirle a los demás que hagan o no hagan, que digan o no digan, tiene su tonito de soberbia, de condescendencia. Hay una escala superior- a la que aún no llegó- que son los que aconsejan y critican por la espalda. Esos son peores.

Yo suelo tener mi vida revuelta, hecha un caos, con pequeñas grietas por donde a veces entra el sol. Sin embargo, a la hora de opinar sobre otros, me olvido de todo y pretendo posar de lucida, de alumbrada, de tranquila y sosegada, de genio de la lámpara que aparece sin siquiera ser frotada. Soy una especie de Twitter ambulante que sabe de todo, opina de todo y especula sobre todo. Y no digo que no tenga buenas intenciones, porque sí, generalmente las tengo, pero la verdad verdadera, es que mis opiniones sobre otros, habitualmente desconocen los detalles, omiten fragmentos que suelen ser fundamentales, excluyen consecuencias y sobre todo, olvidan el hecho simple que los que van a saltar hacia el vacío son los que se acercan a pedirme algo de ayuda.

 

“El consejo es una arenga arrogante en forma de verbo”

 

En cambio, yo suelo no pedir consejos. Escucho opiniones sobre algo que ya tengo decidido. Y así me va, porque esa actitud arrogante y poco humilde, generalmente me ha conducido hacia el abismo.

No suelo ser popular por lo que digo, pero prefiero ser altanera que morronga. En el fondo tengo claro que debo cambiar. ¿Algún consejo?

 

 

 

Flore Manfrendi

Ecléctica y bizarra. Codirectora y bloguera

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