Sin joder a nadie

 

En algún momento pretendimos ser la aristocracia del barrio. Creímos ser lo mejor de nuestra especie y por eso cometimos errores sin recato y sin siquiera una gota de arrepentimiento simulado. Algunos fuimos orgullosos, engreídos, vanidosos, fatuos, pedantes y fantoches. Otros, un poco tontos y aburridos, sosos, anodinos, baladíes y casi, casi, insubstanciales.

Nos apegamos a las personas, a las cosas, a las mascotas por inseguros, por arrogantes, o por físico culillo de intentar nuevos caminos. Le transferimos a los demás, la responsabilidad de hacernos felices, de darnos satisfacciones, gozos y deleites. Creemos que nuestros sueños y nuestras esperanzas, están en manos de los otros. Creamos falsas esperanzas sobre las personas, porque no las queremos como son sino como queremos que ellos sean. Las idealizamos y les colgamos virtudes que no tienen y por eso, los golpes de realidad suelen ser muy fuertes. Terminamos por creer que los apegos son una forma de amor, cuando resultan ser todo lo contrario. Hemos sido criados para entender que todo es vitalicio: familia, trabajo, cosas y relaciones. Y no. Los hijos se van por decisión propia, las parejas dicen adiós porque están en su derecho, los padres algunas veces se mueren antes que nosotros, los perros se pierden y las cosas, son cosas.

Sin embargo, la vida no se queda con nada, y tarde o temprano, se encarga de ponernos en nuestro propio sitio. Llega el momento en que el sueño de tener dinero y fama no nos llena, en que entendemos, por fin, que todo lo importante en nuestra existencia, respira o suda, en que la corbata o el trabajo son apenas momentos, pero no la vida entera, en que la envidia y el afán de ponernos zancadillas, nos agotan más de lo que lo nos satisfacen y que la buena o mala suerte no son más que perspectivas de eso se conoce como esfuerzo .

Al principio pudo parecernos duro, porque nadie nace atardescente. Nos vamos haciendo con los años, entendiendo que un día de más siempre será un día de menos. Eso que llamamos golpes de la vida, no son más que maneras de romper el cascarón, de abrirnos una grieta, para que por fin nos llegue el sol.

Es entonces cuando entendemos el verdadero sentido de la vida, el ikigai de los japoneses y por eso, la atardescencia no necesariamente tiene que ver con la edad, sino que se traduce en una forma de entender nuestra propia existencia.Nos despojamos, por fin, de todos nuestros lastres, porque aunque todo nos importa, nada nos afecta. Nos gozamos las nostalgias, vivimos plenos nuestros sueños y hacemos un poco de los que nos da la gana, sin joder a nadie, para empezar a arañar eso que llaman felicidad.

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