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La vieja torre y el farero

El olor salobre golpeaba con fuerza las paredes del viejo faro apremiado por la amenaza de derrumbe. Luego de la muerte del farero anciano, todo cayó en ruinas, como si la historia también hubiera decidido convertirse en polvo de escombro. ¿Qué es el tiempo sino un triturador ciego que reduce todo a cenizas sin preguntar? La existencia se derrumba porque tal vez faltan los cimientos que la aten.

Los marinos de los barcos pesqueros encomendaban su regreso a la experiencia, porque la luz del viejo faro dejó de guiarlos hace tiempo. Sin embargo, las leyendas que contaban las maltrechas putas del bar donde todos peroraban sus hazañas no probadas, decían que, en las noches, alumbraba el camino de los barcos de turistas que pasaban por el frente para conducirlos a la muerte en los acantilados ásperos y abruptos. La leyenda estaba acabando con el pueblo, un pueblo que terminó por convertirse en un montón de ilusiones apiladas, esperando que el mar las devorara antes que se ahogaran en la nada.

El cura, el alcalde y los catorce comerciantes de los almacenes de abarrotes decidieron contratar a un oscuro mercenario que algún día llegó al pueblo a refugiarse de sus deudas judiciales, para que él averiguara tal misterio. ¿Resolver algo? Absurdo. La vida en ese pueblo no era más que un enigma sin respuesta, un grito perdido en el vacío. Huir o quedarse, todo daba igual en ese juego sin reglas.

La noche estaba oscura. Llovía. Donaldo Do Nascimento era un tipo rudo y sus cicatrices no cabían en su cara ya maltrecha. El miedo para él era un recuerdo desde que tuvo que matar un marrano salvaje a cachetadas para salvar la vida de su madre. Muchos creían que sus manos estaban llenas de sangre de inocentes. Sus brazos fuertes llevaron la vieja balsa de dos remos hasta la orilla donde el mar golpeaba fuerte la puerta casi en ruinas del viejo faro. Todo estaba oscuro. La oscuridad era la única verdad. No prometía, no consolaba. Solo estaba. El resto eran espejismos que los hombres tejían para no volverse locos.

Como pudo, entró. Tres ratas se asustaron. Tomó un trago del ron barato que cargaba. Se sentía la tensión, no el miedo. Trastabilló tres veces. Al final y por instinto pudo alcanzar las escaleras. Subió. Jadeaba. Las gotas de sudor surcaban su cara ya gastada. Cada escalón, un desafío a la nada, un paso que no llevaba a ningún lado porque el destino era una broma cruel del universo.

Al llegar a la cima se encontró con un espejo roto y entonces lo entendió. El espejo reflejaba claramente el paso de las estrellas fugaces que pasaban por el cielo: Las Perseidas en agosto, las Leónidas en noviembre y las Gemínidas en diciembre. No había luz, no había maldición, solo un reflejo roto de chispas que cruzaban la nada y se apagaban. La existencia no era un faro, era un naufragio eterno porque  vivimos para estrellarnos y el universo ni siquiera  nos voltea a mirar. Donaldo soltó una risa seca: si todo es absurdo, ¿para qué seguir remando?

 

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