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Hay un momento que nadie te anuncia. No llega con carta notarial ni con diagnóstico médico. Aparece un martes cualquiera, cuando tu papá te llama tres veces para preguntarte lo mismo o cuando tu mamá se pierde en el barrio donde vivió cuarenta años. Ahí, mientras finges que todo está bien y que «son cosas de la edad», se te cae encima una certeza brutal: tus viejos ya no son invencibles.

Y entonces empieza el circo. Porque resulta que cuidar a quien te crió no es simplemente devolverle el favor con paciencia y cariño. Es un safari legal, un maratón financiero y una montaña rusa emocional que te deja preguntándote por qué nadie te preparó para esto.

Durante décadas nos vendieron un cuento bonito: cuando tus padres envejezcan, simplemente invertirás los roles. Tú serás el adulto responsable y ellos volverán a ser como niños. Fácil, ¿no? Pues resulta que no. Y además es peligroso.

Los expertos en gerontología tienen un nombre más elegante para lo que deberías buscar: madurez filial. Nada de tratarlos como bebés grandes. Se trata de ayudarlos sin anularlos, de protegerlos sin infantilizarlos, de acompañarlos sin decidir por ellos.

Tu mamá con Alzheimer no es un niño de tres años. Es una mujer de setenta y cinco con una historia de vida, con gustos formados, con una dignidad que no se evapora aunque ya no recuerde dónde dejó las llaves. Tratarla como bebé no solo es ofensivo: acelera su deterioro. Los estudios lo confirman. Cuando despojas a alguien de su capacidad de decidir, lo hundes más rápido.

Pero claro, alcanzar esa madurez filial justo cuando estás viviendo tu propia crisis de los cincuenta es como pedirte que aprendas a hacer malabares mientras te caes de un acantilado. Porque resulta que cuidar a tus viejos coincide perfectamente con ese momento en que tus hijos adolescentes te odian, tu cuerpo empieza a cobrarte facturas y te preguntas si valió la pena haber estudiado ingeniería industrial.

Bienvenido a la Generación Sándwich: ese club no exclusivo de gente entre los 40 y los 60 años que cuida padres arriba e hijos abajo, mientras intenta no volverse loca en el medio.

Y luego está lo más retorcido de todo: el duelo anticipado. Ese estado extraño donde lloras a alguien que sigue respirando frente a ti, pero que ya no es quien era. Los psicólogos lo llaman «pérdida ambigua» y es tan cruel como suena. Tu papá está ahí, ocupando espacio en el comedor, pero el que te ayudaba con las tareas o te regañaba por llegar tarde ya no existe.

Es como tener un fantasma en casa, excepto que el fantasma todavía necesita que le cambies el pañal.

Las familias que logran sobrevivir esto sin matarse entre ellas son las que procesan cuatro cosas al mismo tiempo: aceptan que lo perdido no vuelve (olvídate de que «mejore»), trabajan sus propias emociones sin exigirle a los demás que sientan igual, reorganizan la dinámica familiar sin crear vacíos de poder y, lo más difícil, encuentran nuevas formas de conectar con ese familiar enfermo que ya no puede sostener una conversación coherente pero todavía responde a un abrazo.Suena agotador porque lo es.

El error número uno es esperar a que pase algo grave para tener «la conversación». Ya sabes cuál: la del testamento, la de quién va a decidir qué si papá queda en coma, la de si prefieren que los enchufes o los dejen ir en paz.

Nadie quiere tener esa charla. Es incómoda, da mala suerte, «todavía están bien». Hasta que un día ya no pueden hablar y entonces te toca adivinar qué habrían querido mientras firmas papeles en urgencias.

Los especialistas recomiendan algo que suena a sentido común pero que casi nadie hace: hablarlo antes, en frío, cuando todavía están lúcidos. Y no con tono de ultimátum sino con opciones. No les digas «ya no puedes manejar». Diles «entiendo que dejar de conducir se siente como perder tu libertad» y luego ofrece alternativas. No impongas «mañana viene la enfermera». Pregunta «¿prefieres que venga en la mañana o en la tarde?».

Pequeñas cosas que hacen que sientan que todavía tienen voz, aunque el mundo se les esté achicando.

Ahora viene la parte kafkiana del asunto. En 2019, Colombia dio un salto histórico con la Ley 1996: se acabó la interdicción judicial, ese proceso medieval donde declarabas legalmente muerto en vida a tu familiar con demencia para poder cobrar su pensión.

La nueva ley dice algo revolucionario: todas las personas tienen capacidad legal, siempre. Si no pueden decidir solas, no las sustituyes, las apoyas. Puedes firmar un «Acuerdo de Apoyo» ante notario donde tu mamá te autoriza formalmente a ayudarle con sus cuentas. Limpio, digno, moderno.

El problema es que los bancos colombianos no leyeron el memo.

Llegas con tu Acuerdo de Apoyo, perfectamente legal, y el funcionario de turno te mira como si le hubieras presentado un billete de Monopolio. «No señor, necesito que su mamá esté declarada interdicta». «Pero es que eso ya no existe». «Ah bueno, entonces traiga una sentencia judicial». «Pero los jueces ya no las dan porque LA LEY CAMBIÓ». «Pues entonces no puedo hacer nada».

Y mientras tanto, tu mamá sin plata para comer porque su pensión está bloqueada en una cuenta que nadie puede tocar.

La Corte Constitucional ha tenido que meter la mano decenas de veces protegiendo a familias vía tutela. La Superintendencia Financiera ha sacado circulares hasta el cansancio explicándoles a los bancos que sí, que los Acuerdos de Apoyo son válidos, que los tienen que aceptar. Pero la maquinaria es lenta y el sistema financiero colombiano parece programado para desconfiar de todo.

La ruta de supervivencia: llevar el Acuerdo de Apoyo más la Circular 008 de 2021 de la Superfinanciera impresa, meter derecho de petición si te niegan el servicio y, si persisten, tutela directa. Porque cuando no pueden cobrar la pensión, se mueren de hambre. Así de simple.

Mientras todo esto pasa, hay un dato que lo cambia todo: las que están cargando con este peso son, en su mayoría, mujeres. Las estadísticas en Bogotá son brutales: ellas dedican más de seis horas diarias a cuidar sin cobrar un peso. Seis horas que no pueden usar para trabajar, para estudiar, para vivir.

Y entonces llega el burnout del cuidador, ese colapso silencioso donde la persona que cuida se agota tanto que empieza a tratar mal, sin querer, a quien cuida. Primero es el cansancio. Luego el aislamiento social porque ya no puedes salir. Después la irritabilidad, la apatía. Y al final, la culpa por sentir que estás fallando.

El 2025 trajo dos leyes que intentan cambiar esto. La Reforma Laboral (Ley 2466) ahora obliga a las empresas a dar horarios flexibles a quien tenga que cuidar a un familiar. Y la Ley 2456 creó un fondo para darle plata a los cuidadores más pobres: entre un cuarto y un salario mínimo mensual, dependiendo del caso.

¿Es suficiente? No. ¿Es un avance? Enorme. Porque es la primera vez que el Estado colombiano reconoce oficialmente que cuidar es trabajo, que tiene un costo y que no puede seguir siendo invisible.

Y entonces llega la decisión más dura: ¿dónde los cuidas? En Bogotá, un hogar geriátrico básico cuesta entre millón y medio y dos millones de pesos al mes. Por ese precio te dan cama, comida y poco más. Si quieres algo decente, con enfermería 24 horas y terapias, estás hablando de tres millones para arriba. Y si quieres lo mejor, con geriatra de planta y nutrición clínica, prepárate para soltar más de tres millones y medio.

¿Cuidado en casa? Un acompañante sin formación médica te cuesta entre millón y medio y dos y medio. Pero si necesitas enfermería real, con alguien que sepa manejar medicamentos, movilizar pacientes y controlar signos vitales, un servicio 24/7 se te va a cinco millones fácil.

Hay una tercera vía que poca gente conoce: los Centros Día. Tu papá o tu mamá duermen en casa, desayunan contigo, pero pasan el día en un centro donde los estimulan cognitivamente, les dan terapia física, los activan socialmente. Llegan cansados en la tarde, duermen bien, y tú pudiste trabajar tranquilo. No es barato, pero es más humano que el encierro total.

Eso sí: si vas a meter a tu familiar en un geriátrico, audita como si fueras inspector de la Superintendencia. La Resolución 055 de 2018 establece estándares mínimos: un cuidador certificado por cada 15 residentes, pisos antideslizantes, baños adaptados, actividades dirigidas mínimo una hora y veinte al día. Si llegas y ves a todos sentados frente al televisor como zombis, sal corriendo. Si los baños no tienen barras de apoyo, sal corriendo. Si solo hay una persona cocinando y cuidando a la vez, sal corriendo.

Algunas cosas que deberías saber antes de que te toque:

Los ojos viejos necesitan tres veces más luz. Si tu papá se cae de noche yendo al baño, probablemente no es que esté tonto: es que no ve. Pon luces con sensor de movimiento. Las alfombras sueltas son trampas mortales. Quítalas todas. Sí, eran bonitas. También son peligrosas.

Si tu mamá tiene demencia y se te escapa de la casa, no pongas candados complicados. Camufla las puertas: píntalas del mismo color de la pared o pégales un póster. Su cerebro no las registra como salida.

Y lo más importante: cuídate tú primero. No es egoísmo, es supervivencia. Si te colapsas, ¿quién va a cuidar a quién? Los servicios de respiro existen: en Bogotá, las Manzanas del Cuidado te dan algunas horas libres. Úsalas. Sin culpa.

Al final, cuidar a los que te cuidaron es una mezcla rara de amor, logística, papeleo y aguante. No es poético, no es lineal y definitivamente no es como te lo pintaron las películas.

Pero hay herramientas. Están las leyes nuevas, aunque los bancos se resistan. Están los acuerdos de apoyo, aunque tengas que pelear por cada firma. Están los centros día, los subsidios, las tutelas.

Y está, sobre todo, la posibilidad de hacerlo distinto: sin infantilizar, sin despersonalizar, sin matarte en el intento. Respetando su historia mientras proteges su presente. Siendo hijo adulto, no padre sustituto.

Porque el día que tu mamá olvide cómo se paga un taxi, no necesita que la trates como niña. Necesita que le pagues el taxi y le digas, con cariño, que ustedes dos van a estar bien. Aunque sea mentira. Aunque ya no esté segura de quién eres. Aunque te toque inventar la respuesta todos los días.

Eso, al final, es la madurez filial: sostener el mundo de alguien que ya no puede sostener el suyo, sin aplastarle lo poco que le queda.

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