Es un pueblo triste, de esos donde nada pasa afuera, pero todo pasa adentro, donde los inviernos son simples gotas de agua que golpean contra el suelo, pero las goteras de las casas son discusiones y peleas, gritos y trifulcas porque las vasijas ya no alcanzan. A lo lejos, el farol del muelle brilla, una luz terca que nunca se ha terminado de apagar, como si supiera algo que este pueblo se ha resignado a olvidar. Siempre me ha mirado, desde niño, como si esperara que yo también brillara de algún modo.
En realidad, odio este pueblo. Nunca pude irme. Siempre quise y por eso cada noche me maldigo cuando me quito el sarro de los dientes y me miro en el espejo. Mis días se van mientras escribo una novela. Los ahorros de la herencia de mi padre algún día acabarán y entonces mis sueños literarios los tendré que reemplazar por monedas de propina en un bar.
Salgo a caminar y aunque ya conozco cada calle, siempre encuentro algo nuevo. Se avecina una tormenta. Emilio, el gato de la esquina me acompaña en mi paseo. No sabe dónde ir. Yo tampoco. Ambos sabemos donde terminará nuestra aventura. Emilio, con su pelaje raído y sus ojos que parecen entender más allá de las canecas, camina a mi lado, rozando mis piernas como si quisiera decirme que no estoy solo en realidad. Lo miro y pienso que él también es un superviviente, un farol pequeño que sigue andando en este pueblo que nos aplasta cada día.
Al final de estas calles está el viejo muelle en plena decadencia. Solamente lo ilumina el farol antiguo que nunca se apaga, incluso cuando todo lo demás falla. La gente del pueblo dice que está ligado a una promesa olvidada. No sé. Pero yo sí lo siento: ese farol es como una luz que prometía llevarnos lejos. Cada noche está ahí, brillando, como si me retara a no rendirme.
Me siento con mis pies mirando al mar. Emilio me acompaña. Se acurruca contra mí. Su calor suave apacigua el viento frío. Me mira con esos ojos que no piden nada, pero tal vez lo esperan todo. Su ronroneo es lo único que acalla el rugido de la tormenta que se acerca. Pienso en mi vida y en lo poco que me quiero. Desde niño cuando mi padre nos golpeaba, me tuve que esconder para proteger a mis hermanos. Para ellos me inventaba unas historias de barcos y piratas hasta que el sueño nos vencía. Me entregué del todo a ellos hasta que yo mismo me perdí para terminar enterrado es este pueblo miserable sin saber el sentido de mi vida.
El viejo farol ha empezado a parpadear. Es raro. Que yo sepa nunca pasa. Su luz titila, débil, como si dudara de seguir brillando, igual que yo. Me acerco. Emilio me sigue con su cola alta como una bandera rota. Toco el poste frío del farol, y siento que me habla de las promesas que hice de niño, de los barcos que nunca llegaron, de la novela que aún no termino. Emilio maúlla, fuerte, como si quisiera despertarme, como si supiera que este parpadeo no es el fin. Tal vez es el universo queriéndome decir que ya es tiempo que me vaya, que escriba mi novela en otras calles y que busque mi destino.
Y entonces pienso que la vida es como este farol: una luz que parpadea, pero no se rinde. No se trata de encontrar un gran sentido, sino de brillar, aunque sea un poquito, tal vez como Emilio, que camina sin rumbo pero nunca se detiene.