Durante mis últimos treinta y cinco años, tuve la maravillosa y hermosa oportunidad de acompañar a varias generaciones de niños en su proceso de formación escolar. Día a día comprobé que la educación desde el afecto realmente sí surte efecto. Asimismo, constaté que la cotidianidad atravesada por una filosofía tan necesaria como lo es la disciplina de confianza arroja dividendos importantes en la estructura de hombres tanto autónomos como libres y de pensamiento crítico. El camino no fue nada fácil, especialmente cuando tuve que enfrentarme a generaciones «pantalleras»:niños y adolescentes totalmente esclavizados por un móvil, una tableta o un tétrico videojuego. Categóricamente sí: fueron generaciones que olvidaron que en el juego, en el contacto físico, en la aproximación al otro y en el goce al establecer conexiones humanas más cálidas se construyen las mejores relaciones humanas.
En lo personal, viví una época envidiable. Cuando era niño, las relaciones con los demás casi siempre estuvieron permeadas por la lúdica y el juego. Podría afirmar que, en buena medida y en el mejor sentido de la palabra, crecí en la calle. El juego siempre nos proporcionó diferentes alternativas en nuestro desarrollo psicomotriz, divididas en las siguientes facetas:
Agilidad y destreza: ¿Quién, al lanzar el trompo, jugar con el yo-yo o tratar de «embocholar» la coca en el palito, no debía tener precisión y motricidad fina o gruesa para lograrlo? Mejor aún si la idea era lucirse ante los amigos y las niñas en los maravillosos concursos de Yo-yo Russell organizados por la gaseosa más famosa de todos los tiempos. Allí resultaba vital hacer «el dormilón», «el perrito paseador», «la vuelta al mundo», «la torre Eiffel», «el columpio», «el trébol» o lograr la mayor cantidad de «vueltas y vueltas» posibles.
Convivencia, respeto e integración: Los juegos colectivos, en su mayoría, nos permitían conformar equipos sin que mediara la conveniencia. Dos capitanes o capitanas se paraban frente a frente, separados por unos pocos metros, y caminaban paso a paso el uno hacia el otro hasta que uno pisaba, sutil o firmemente, al contrincante. Esto nos permitía escoger poco a poco a los integrantes de cada grupo. Esta dinámica nos acercaba y evitaba que jugáramos siempre con los mismos; prácticamente en muy pocos casos se caía en la exclusión o la «rosca». Las reglas se respetaban y tras ellas existía, tácitamente, un código de ética. Pisar la raya en la «golosa» implicaba perder; en los «quemados» o «ponchados», ser tocado por el balón, así fuera mínimamente, significaba salir del juego y nadie lo discutía. Jugar a «la lleva» se convertía en un compromiso sagrado cuando el encargado, al tocar a alguien, le transfería el turno, a menos que este se encontrara a salvo en el «tapo». No hubo época de vacaciones en la que, desde muy temprano en la mañana y a veces hasta altas horas de la tarde, no se cumpliera la cita para jugar.
La curiosidad: Nada era más natural y espontáneo en un niño que aquello que lo llevaba a descubrir y comprender el mundo. La mayoría de nuestros juegos contenían una buena dosis de exploración. Así ocurría en las escondidas o en «el tarro» al buscar a los amigos en sus escondites. Para lograrlo, desarrollamos la capacidad de observar cuidadosamente con el fin de «cuclillar» a los adversarios, pero también nos esforzamos por encontrar el mejor, más original y osado escondrijo.
La creatividad y la estética: Algo tan espontáneo y natural, que no siempre desarrollamos en la vida adulta, fue casi una necesidad y una obligación a la hora de jugar. Muchas de nuestras distracciones surgieron de la originalidad y la puesta en escena que les imprimimos. Por ejemplo, resultaba fascinante diseñar un juego tan original como la Vuelta a Colombia sobre el asfalto. Conseguíamos piedra caliza o, en su defecto, traíamos del colegio unas barras de tiza (ojalá de colores) y trazábamos en plena calle un meticuloso y bien estudiado circuito que emulaba el recorrido de la más famosa carrera de bicicletas de la época. Los «ciclistas» no eran otra cosa que tapas metálicas de gaseosa rellenas con parafina o, en el mejor de los casos, con cáscaras de naranja o mandarina. Además, recortábamos los números de los almanaques y los colocábamos en las tapas para diferenciar a un competidor de otro. Teníamos la extraña creencia de que al pulir la base exterior de las tapas, frotándolas una contra otra, los corredores viajarían más rápido cuando los impulsáramos con el dedo índice apoyado en el pulgar. De igual manera, alguien ingenioso ideó recorrer el filo del andén a lo largo de la manzana impulsando carritos a escala marca Matchbox o Majorette, como si la rugosidad del cemento fuese el terreno apropiado para un rally.
La aventura y el riesgo: Pasando a otra escala, gracias a la ubicación estratégica del Polo por su relativa cercanía a los cerros orientales, incursionamos en el campo del diseño y la aerodinámica. Buscar las calles más empinadas, como la del Liceo Francés, la calle 76 o la vía interna del Museo del Chicó, nos llevó a diseñar y construir con nuestras propias manos los bólidos de la época, antepasados de los karts o de la Fórmula 1: los carros de balineras. De entrada, ya era toda una odisea y una aventura llegar al sitio desde el barrio, turnándose el vehículo con el copiloto elegido. Una vez allí, en la parte más alta de la calle, se requería osadía, coraje y berraquera para lanzarse cuesta abajo. Tuvimos muchas contusiones y más de una rodilla raspada se curó con Merthiolate, pero milagrosamente ni una sola fractura.
La simplicidad e inocencia: Nunca hubo conflicto, pero sí competencia; nunca existió el egoísmo, pero sí la camaradería; nunca sentimos rechazo, aunque sí una enorme integración. Jugar «piquis» o canicas era todo un ritual. Coleccionar las «ojo de gato», las «potas» o las «maras» formaba parte de la logística. Abrir un hueco en el suelo o dibujar un rectángulo en el asfalto permitía jugar «a las buenas» (es decir, sin trofeo para el ganador) o «de verdad», modalidad en la que se podía perder absolutamente todo.
Al final de cuentas, todos los que habitamos ese universo de las calles del Polo sobrevivimos invictos a una infancia de bólidos sin frenos, rodillas ensangrentadas y sobredosis de Merthiolate. Aquella inolvidable temporada terminó la tarde en que la última «ojo de gato» se perdió en una alcantarilla y un fuerte aguacero borró el circuito de tiza de nuestra Vuelta a Colombia. El último en llegar a casa, por supuesto, pagó la penitencia de la noche, pero no sin antes escuchar un último grito que retumbó en la penumbra: «¡Un, dos, tres por mí y por todos mis amigos, y el que quede de últimas le ayuda a lavar los platos a la mamá!». Así, con el corazón acelerado y la certeza de haber ganado el día, cerramos la puerta, dejando nuestra infancia a salvo, oculta en el mejor escondrijo del barrio.
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