Parte 1
En esta serie de relatos sobre mi querido Polo, de ninguna manera podía faltar la evocación de algunos sitios emblemáticos que, con el paso del tiempo, construyeron la memoria viva de varias generaciones y que, poco a poco, fueron desapareciendo del barrio.
Al iniciar el recorrido por la carrera 30, desde la esquina de la calle 85 hacia el norte, se levantaron, aproximadamente en 1962, unos edificios de cuatro pisos conocidos como los Edificios Centro Colombia. En su planta baja funcionaron varios locales comerciales que, con el transcurso de los años, fueron ocupados por diferentes negocios.
Pan Dorado. La primera panadería se llamó Pan Dorado y, con el tiempo, cambió su razón social por la emblemática Pancolombia. Fue una de las pocas panaderías del barrio y terminó convirtiéndose en un verdadero punto de encuentro, al que llegábamos siendo muy jóvenes para pasar las tardes. En su interior tenía una particularidad: una ventana a través de la cual podíamos observar el proceso de elaboración del pan y de uno de sus productos más famosos: el Negro. Había quienes aseguraban haber visto que la materia prima de aquel manjar provenía de los residuos del pan viejo que quedaban en la estantería. El lugar era atendido por un séquito de señoritas impecablemente uniformadas, quienes pasaban buena parte del tiempo regañándonos porque ocupábamos las mesas durante horas consumiendo muy poco.
¿Cómo olvidar a Tránsito? Era una mujer de no más de metro y medio de estatura, de cuerpo macizo, cejas pobladas, cabello corto y un carácter tan recio que imponía respeto y mantenía el orden. Sin embargo, cuando nuestras madres nos enviaban a comprar el pan para el desayuno o para las onces, Tránsito terminaba compadeciéndose de nosotros y nos regalaba “el vendaje”, es decir, la ñapa, que casi siempre consistía en un Negro recién salido del horno.
Idalith. A continuación de la panadería funcionó, durante algún tiempo, una sala de belleza atendida por su propietaria, una mujer madura de particular atractivo, muy frecuentada por las señoras del vecindario. Sobre ese atractivo habría sido mejor preguntarle a uno de los personajes más pintorescos del barrio: Muchilanga, o simplemente Muchi, quien jamás perdía la oportunidad de manifestarle su admiración.
A los hombres los atendía un peluquero tradicional, excelente conversador —tal vez más conversador que peluquero—, gran futbolista, amigo de todos y fiestero empedernido. Entre nosotros era conocido simplemente como Navarrete; creo recordar que su nombre era Carlos. Después de trabajar varios años con Idalith, abrió su propia peluquería por la calle 85, arriba de la carrera 15, donde lo siguieron todos sus clientes adolescentes y muchos más.
La Danesa. Unos pasos más al norte llegó un buen día Kristian Olsen, proveniente de Dinamarca, y abrió uno de los establecimientos más visitados del norte de Bogotá: La Pastelería Danesa. Aquel local se convirtió en un auténtico tesoro de la época gracias a los inolvidables conos daneses, elaborados con un exquisito hojaldre de suave masa danesa. Se horneaban en moldes metálicos y, una vez fríos, se rellenaban generosamente con helado, crema chantilly o crema pastelera artesanal. Para rematar, los bañaban con una deliciosa salsa dulce. Todavía recuerdo la romería de vecinos, los interminables trancones de carros y las largas filas que se formaban para conseguir tan preciado manjar. Por supuesto, además de los famosos conos, disfrutábamos una extraordinaria variedad de pasteles y bizcochos daneses. La historia de aquella receta la conocí directamente por Kristian, un hombre bonachón, de apariencia vikinga, ojos verdes profundos, barba rojiza y larga cabellera recogida en una cola de caballo. Era un magnífico conversador y estaba casado con una colombiana de rasgos profundamente ancestrales. Olsen había llegado a Bogotá después de la Segunda Guerra Mundial, durante el período en que numerosos profesionales, técnicos y maestros artesanos procedentes de Dinamarca, Alemania y Suiza se establecieron en el país.
Chapín. Comenzó siendo un salón con varias mesas de futbolín, donde pasábamos las tardes de vacaciones disputando memorables torneos de fútbol de mesa. Más adelante se convirtió en una miscelánea donde podía encontrarse absolutamente de todo: desde un alfiler hasta la cuerda para el yoyo, la piola para las cometas, cajas de balines para las pistolas de aire, pistolas de agua, piquis o canicas, el yaz, la pirinola, trompos, soldados y vaqueros de plomo, caucheras, el Estralandia —antecesor del Lego—, la coca e, incluso, recibían el calzado para remonta.




