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Las calles de mi barrio

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Gabriel Lievano

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Relatos de Koco

En mi calle hay una acera gris donde se pegan las miradas del que mira adonde vá…

En mi calle hay un banco que es tan largo y blanco como el mármol donde iremos a parar…

Yo no sé por qué son tan altas las blancas ventanas que miran al cielo…

Si yo no viviera en la ciudad quizás vería el árbol sucio donde iba yo a jugar…

                                                                                                                                     EN MI CALLE. Silvio Rodriguez

En este ejercicio de recuperación de la memoria viva —de mirar hacia atrás y traer al presente los más exquisitos pero olvidados recuerdos— no podría faltar una mirada retrospectiva a esos lugares, personajes, situaciones e historias callejeras que vivimos en otra época. Porque, claro está, vivíamos y hacíamos parte de un barrio. Por su nombre nos diferenciábamos de otros, similares pero nunca iguales. Las fronteras eran invisibles y, de una cuadra a otra, ya había diferencias. Era algo así como West Side Story (la película de 1961 ganadora del Óscar), pero vista de una manera muy «cachaquizada».

Para ser más preciso, cómo olvidar en nuestra querida Bogotá esos nombres emblemáticos de barrios que, incluso, determinaban las rutas del transporte público: Chicó-Miranda, Olaya-Quiroga, Kennedy-Banderas, Trinidad-Galán, Perseverancia-Germania, Fontibón-Versalles, Suba-Rincón, Usaquén-Lijaca, Chapinero-Unicentro, Niza-Pasadena, El Lago-Gaitán, Antiguo Country-Santa Paula o Polo Club-La Castellana. Sería interminable la lista de destinos. A mí, en particular, me correspondió la transición de la infancia a la adolescencia en el Polo Club.

«El Polo», como cariñosamente le decíamos, fue un barrio diseñado y construido en los terrenos de la Hacienda Buenavista, donde antiguamente funcionaba un club de polo. Fue edificado por el Banco Central Hipotecario (BCH) —que bien podría decirse fue de las primeras constructoras de vivienda del país— y diseñado para la clase media trabajadora y profesional. Algunos aseguran que el gran arquitecto Rogelio Salmona tuvo que ver con los inicios del barrio; no obstante, en la emblemática esquina de la calle 87 con carrera 24, Salmona construyó una unidad residencial (de los primeros conjuntos cerrados) que hoy es considerada patrimonio arquitectónico de Bogotá. Así, El Polo se consolidó como un sector residencial, cívico y patrimonial.

Vivir en El Polo nos marcó a muchos. Allí se tejieron la camaradería, la buena convivencia, la amistad y los lazos para toda la vida. A pesar de que internamente el barrio estaba sectorizado por plazoletas, cada una con un nombre referencial (la plazoleta de los Scouts, la de Electro-Polo, la de La Danesa o la de la capilla), al final todos nos conocíamos. Nos encontrábamos en vacaciones y participábamos en unas olimpiadas inventadas por el padre Cruz, párroco de la iglesia.

Era normal que en esta época la calle fuera el escenario predilecto para los encuentros: jugar un buen partido de «banquitas», un torneo de «piquis» o lo más espectacular, la Vuelta a Colombia. Esta última no era otra cosa que un croquis dibujado con tiza sobre el asfalto, emulando los recorridos de la carrera de bicicletas más apasionante de la época. Tapas de gaseosa rellenas de parafina o cáscaras de fruta fungían como los ídolos del momento: Martín «Cochise» Rodríguez, Pedro Sánchez, el «Ñato» Suárez, Álvaro Pachón, «Pajarito» Buitrago y tantos otros. La calle era el escenario de juegos animados como «Soldados libertados», «Quemados» y, obviamente, la tradicional «Escondidias».

A todo esto, sumemos el maravilloso y surrealista sonido de los voceadores de prensa; del señor que arreglaba la olla de presión o «pitadora»; del que afilaba tijeras y cuchillos; del que compraba libros y el tradicional grito de «¡Boteeeellaaaas, papeeeel!», que no fallaba a diario. Salir al encuentro de un carruaje tirado por un caballo percherón para recibir las botellas de leche Timaná era todo un ritual. La «bulla» de la calle era sinónimo de vida: nuestros gritos al jugar y el «¡Negro, éntrese ya!» que decía mi mamá desde la ventana. Al llegar a la casa de un amigo no se golpeaba ni se timbraba; teníamos códigos auditivos, señas sonoras particulares de cada vecindario: el silbido. Ya en la proximidad de los más amigos hablábamos de «la cuadra», es decir, la coordenada urbana en la que se situaba la casa: «los de la cuadra de arriba», «los de la 27», «tres cuadras más allá» y así sucesivamente.

Fueron los años maravillosos, los años de la inocencia (ya perdida y bien refundida). Fueron años de crear vínculos y de mantenerlos aún hoy, después de tanto tiempo. Significaba saber el nombre y apellido de cada vecino; estrechar y fortalecer los lazos de noviazgos con las hermanas de los amigos, al punto de que hoy varias de aquellas relaciones se mantienen vivas y han dado frutos.

Ahora bien, cómo olvidar algo tan cercano y familiar, tan íntimo y vinculante, como fueron los apodos: los «Chapetes» (Turriago-Posada); el gran «Chacha» (hoy exiliado en Venezuela), su hermano «Fifí» y Lope, el menor (los Ramírez); Nano, Nacho, Toño, Abundio y Tata (Moreno Tribín); el «Enano Chambón» (Torres, casado aún con una de las Moreno Tribín). Hubo dos «Monos»: el Mono Osorio (gran futbolista),  y el Mono Rincón (gran ciclista amateur); El Pote Lega (quien, al igual que Nano Moreno, tenía un clinch de derecha que noqueaba a cualquiera); El Gordo (Pulecio) Polo(Laspriella); El Flaco(Hoyos, casado con Tata);Larry (Martinez); El Jimmy(Altamar);También estaban los «Platanitos» (Liévano-Quimbay); Pachulí(Jimenez);Mincho(Sarta); Ojitos(Bernal);El Paisa (Saldarriaga o Uribe); Huilita (Flórez) «Muchilanga», «Bernabé» o «Muchi», el flaco (Currea Chamás); Mayito (Ortiz); Balalo (Harker)… y el mejor de todos: «Batman» (el padre Cruz, párroco de la iglesia de San Luis Beltrán), un apodo asignado por algún agnóstico inconforme con la capa negra que lo caracterizaba, especialmente de noche.

Todo pasa y nada queda. Los tiempos son diferentes, la ciudad ha cambiado y los barrios, en su mayoría, han desaparecido. Esos pequeños pueblos incrustados en la urbe ya no existen. Y pienso en pueblos porque, si algo caracterizaba al barrio, era el campanario de la iglesia en torno al cual sucedía casi todo. Nuestras casas han sido reemplazadas por grandes torres, por «conjuntos cerrados» custodiados por vigilantes extraños que hacen las veces de dueños de nuestra libertad. Vivimos aislados en nuestro pequeño espacio y no hablamos con nadie, ni siquiera en las reuniones de copropietarios, donde cada uno tira para su lado.

Describimos a los vecinos de una manera impersonal: «los del 301», «la viuda del 404», «la parejita del 205» o «el solterón del penthouse». La soledad y el silencio de los pasillos se tornan deprimentes, y llegar tarde en la noche da tristeza. Confieso que en más de una ocasión, en medio de la nostalgia que a veces me invade y de esa espeluznante soledad de los pisos de mi edificio, he estado tentado a jugar «Ring, ring… corre, corre».

¿Sabrán que fui yo?

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