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Hoy decidí sacar a pasear a mis insomnios que son esa especie de tíos borrachos a quien nadie quiere y de los que todos hablan mal. Por eso quiero acariciarlos, entenderlos, amarlos, consentirlos, madurarlos, masturbarlos, abrazarlos, escucharlos y tal vez dejarlos ir.

Los míos son pacientes, duraderos, fieles, constantes, leales, atentos, ruidosos, cálidos, firmes, generosos, estables, presentes, amorosos, irrespetuosos, honestos, perseverantes, protectores y sinceros. Mis insomnios  son un bar abierto a las tres de la mañana donde entran los tristes, los rotos, los que pensamos demasiado. No quieren destruirme. Tal vez tan solo conversar.

Unos tienen nombre propio porque ese cuerpo lo he recorrido muchas veces. Otros, son inventos míos y por eso solo en mí tienen sentido. Solo. En mí. Tienen sentido. Algunos tienen cara de recuerdos, de miedos, de angustias, de besos y caricias, de melancolías, de tristezas, de deseo, de deudas sin pagar, de palabras que he dicho y de aquellas que aún no, de ese olor tuyo que nunca se me va, de canciones que retumban, de vecinos gimiendo de placer, de gatos extraviados y perros callejeros, de gastritis y de ganas de orinar a media noche.

Quisiera preguntarles tantas cosas porque preguntar es conocer, es aprender, es indagar, es comparar, es la posibilidad de llenarme de motivos. Si pudiera preguntarles, con seguridad abriría una ventana para oler un nuevo aire o para escuchar otros sonidos. Pero no. No creo que contesten porque son mudos, inefables, insondables o simplemente porque no les da la gana explicarme su presencia,

A veces tengo la idea que los insomnios son una especie de ángeles caídos, pequeños Luciferes o Luzbeles de bolsillo, que creyeron ser iguales a los sueños y por eso fueros expulsados a la oscuridad de las tinieblas para vagar errabundos sin destino para mortificar a las almas tristes que abundan por ahí- que abundamos por ahí-.

Son gratis, aunque a veces cuestan mucho. Van y vienen. Vas y vienes. Suelen ser un perro bóxer que muerden y no sueltan. Inesperados, sorpresivos, detallistas, no piden permiso y disculpas mucho menos y como en el Amor 77 de Cortázar… después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten y, así progresivamente, van volviendo a ser lo que no son.

En fin, esos son mis insomnios. De mis sueños ya hablaremos otro día. O no, porque dicen que los sueños que se cuentan no se cumplen…

COMMENTS

  1. Me quedo con la enseñanza de empezar a disfrutarlos porque francamente, cada vez vivo más insomnios detestables

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