Nada grave

La máquina de café del tercer piso escupió el líquido con un sonido asmático, como si también estuviera cansada de las madrugadas. Eran las dos y diecisiete —lo sé porque el reloj digital del pasillo estaba adelantado seis minutos y alguien había pegado una nota que decía “NO TOCAR”— y yo llevaba cuatro horas sentado