Los inquilinos de su propio matrimonio

La noche en que decidieron separarse, Marlene sacó la calculadora del cajón de la cocina —esa vieja Casio solar que solo funciona bajo el bombillo de la estufa— y se puso a sumar. Édgar, sentado al otro lado de la mesa con la camisa desabotonada hasta el tercer botón, esperaba el veredicto con la misma