Hay una edad en la que uno ya debería tener ciertos aprendizajes claros. Que el cuerpo no perdona. Que el azúcar cobra. Que una mala almohada puede arruinar una semana. Y que después de los cincuenta hay una regla casi universal en la amistad masculina: amigo que se cuadra, amigo que se pierde. No siempre,
Hay una escena que cualquier persona nacida entre mediados de los sesenta y mediados de los setenta guardas en algún cajón de la memoria, intacta, con el olor exacto de esa época. El teléfono de la casa suena en mitad de la tarde, un timbre metálico y necio que no perdonaba, y alguien corre descalzo[…..]







