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El círculo de los corazones rotos

En el viejo salón comunal de paredes derruidas se reunían los lunes y los jueves. Cada uno llegaba con su dolor a cuestas, con el rosto pesaroso y el alma adolorida. Un cartel descolorido anunciaba las tormentas que venían: «Bienvenid@s a Despechados Anónimos». Sillas plásticas gastadas, tinto aguado entre dos termos y galletas rancias que una mano bondadosa trajo como muestra de cariño.

Juan conducía la sesión. Era un psicólogo, un adicto en remisión que algún día decidió ayudar a los otros de la forma más primigenia que los hombres inventaron: escuchar a los demás.

  • ¿Cómo les va?. Veo caras conocidas, que bien. Acá pueden sentirse tranquilos. Acá no se juzga, no se califica. La moral se queda afuera. ¿Hay alguien que quiera comenzar? Yo soy Juan y soy un despechado”
  • Hooola Juan, contestaron en coro

El silencio llenó toda la sala. Un viento frío se coló por la ventana rota y mal pegada.

  • ¿Nadie se anima?
  • .. soy Andrés y soy un despechado.
  • [Coro grupal: «Hola, Andrés»]

Tomó un respiro profundo sopesando cada palabra que diría:

-«Bueno, yo… mi historia es rara. Se llama Valentina y llevábamos seis meses saliendo. Todo iba perfecto, ¿saben? Habíamos planeado un viaje a Cartagena, ella había dejado su cepillo de dientes en mi apartamento, conocía a mi mamá… incluso habíamos hablado de adoptar un perro.

La frustración se apoderó de tono de su voz

  • El último día que hablamos fue un martes. Me mandó un mensaje a las 10:47 AM que decía: ‘Buenos días, mi amor, soñé contigo anoche’. Yo le respondí con emojis de corazón y le pregunté si quería almorzar. Nunca me contestó.

Al principio pensé que se le había dañado el celular. Luego que había tenido un accidente. Llamé a hospitales, ¿pueden creerlo? Después pensé que tal vez su ex había vuelto y la había secuestrado. Sí, ya sé que suena loco, pero mi mente se volvió un enredo sin salida.

Lo peor es que sigue activa en redes sociales. Postea fotos de desayunos, de sus plantas, de atardeceres… pero es como si yo nunca hubiera existido. Como si esos seis meses hubieran sido una alucinación mía. He escrito como 200 mensajes que nunca envío. Tengo carpetas en mi celular: ‘Mensaje casual’, ‘Mensaje preocupado’, ‘Mensaje enojado’, ‘Mensaje de cierre’. Pero no puedo enviar ninguno porque… ¿qué tal que está muerta y yo parezco un psicópata mandándole mensajes al cadáver? Ahora sé que vive en Uruguay y que fingió su muerte para esquivar las deudas sin pagar»

 [Suspiro colectivo de comprensión]

  • Gracias Andrés. ¿Quién más?
  • Hola, soy Lina y soy una despechada
  • [Coro grupal: «Hola, Lina»]
  • Hace tres meses me separé. Fue mi tercer intento. En cuestión de fracasos matrimoniales me estoy convirtiendo en un verdadero caso de éxito. Conocí a Mario en Instagram. Era uno de esos feos no tan feos. Hablaba rico y escribía mejor. Al poco tiempo empezamos a salir y de a poquitos nos fuimos encontrando. Se quedaba en mi casa o yo en la suya. Al final nos fuimos a vivir. Todo iba bien, éramos una pareja normal. A él le incomodaba su calvicie, hasta casi convertirse en obsesión.

La voz de Lina se llenó de resignación.

  • Un día a mí se me ocurrió la gran idea de regalarle un tratamiento para el pelo en Turquía, sin saber que ese era el principio de mi fin. Al poco tiempo, la calvicie se esfumó y del feo no tan feo pasó a ser de los lindos no tan lindos. Ganó en confianza y su cuenta de Instagram se volvió muy visitada.

Una lágrima cayó por su mejilla

  • Hace cuatro meses me dijo que se había enamorado de Mónica, una influencer 30 años menor y que quería separarse”
  • Gracias Lina, dijo Juan con un gesto de apoyo
  • Mucho hijueputa, se alcanzó a escuchar
  • Tranquilos – dijo Juan– recuerden que acá no se juzga.El desamor nos confronta con la fragilidad que creemos inquebrantable, pero también nos frece la oportunidad de redescubrir nuestra propia fortaleza. A veces el amor es el trampolín de nuestra propia destrucción. 
  • Hola soy José y también soy despechado
  • Hoola José
  • Yo escribo poemas que leo en Transmilenio. Hace poco me encontré con la mujer más hermosa de la vida. No sé su nombre, no sé su vida, pero desde que la vi, me enamoré: Recuerdo haber leído mi Poema Agonía:

Si me olvidas no era tanto

Si no te arriesgas no era mucho

Si me odias son tus miedos

Si no perdonas son tus rabias

Si no lo ves es tu ceguera

Si no agradeces son tus dudas

Y si te vas son tus caminos.

Ella sonrió, sonrió con una sonrisa que enamora. Se bajó en la estación y nunca más la he vuelto a ver, aunque y me la paso viajando entre portales.

  • Gracias José. ¿Y e sigues escribiendo poemas?
  • Todos los días. Tengo un cuaderno lleno. Le escribo como si fuera a encontrarla mañana. Uno se enamora de fantasmas y luego se pregunta por qué los abrazos no se sienten
  • Bueno, ya se nos está acabando el tiempo- dijo Juan- ¿Alguien quiere hablar?
  • Hola a todos, yo soy Eusebio y digamos que también soy despechado
  • Hooola Eusebio
  • Bueno, mi historia ya la saben. Mi esposa se fue hace 35 años, mis hijos no me hablan y vivo en una piecita en el barrio Santa fe. Como no tengo televisión, ni internet ni Nesflis, me gusta venir a escucharles sus historias, a tomar tintintico y a comer de esas galletas que me gustan…

Juan miró su reloj y suspiró.

 —Bueno, es hora de cerrar. El desamor no es fiebre que se cura, es el eco de haber amado en vano. No busquen cura para el corazón herido, que el desamor no es mal que se combate.Es el precio que paga quien ha amado,la marca que en el alma nos abate.. Nos vemos el jueves.

Uno a uno  fueron saliendo del salón comunal, cada quien con su dolor un poco más liviano, no porque hubiera desaparecido, sino porque había encontrado eco en otros corazones rotos.

Afuera, la ciudad seguía su rumbo indiferente, ajena a que en ese salón derruido se había librado una vez más la batalla más antigua del mundo: la lucha entre el amor y el olvido. El viento nocturno las siguió como un susurro cómplice, sabiendo que en cada esquina, en cada ventana iluminada, en cada corazón que latía detrás de las puertas cerradas, se repetía la misma historia eterna: amamos, nos rompen, sanamos a medias, y volvemos a amar. Porque el desamor, como la lluvia de ciudad, siempre vuelve a ensañarse con nosotros

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