Hay unas cosas en la vida que se resuelven. Y hay otras que naturalmente se disuelven. Por eso hay veces que sencillamente debo parar, dejar de buscar, hacer un alto en el camino, tomar aire, coger fuerzas, mirar al cielo, abrir los ojos, dar las gracias y simplemente recoger lo que he sembrado, porque en la orilla en la que estoy, sin importar cuál sea, siempre será la correcta.
Sembrar, buscar, esperar, plantar, cultivar, regar, rastrear, perseguir. En eso se me ha ido parte de mi vida. Qué fatiga. Qué mareo. Viajar, viajar, sin mirar por la ventana, tal vez huyendo de mí mismo, mirando los atardeceres de los otros sin disfrutar las puestas de sol de mi ventana, parloteando con ajenos para evitar las conversaciones que me debo, escuchar ruidos que no me pertenecen sin oír el silencio de mi falta de palabras.
Sin embargo y pese a todo, la vida me enseñó a los golpes y a totazos que llegó el tiempo de disfrutar de lo que tengo y no esperar lo que nunca llegará. Parar. Parar. Es momento de parar. Separar la mierda del abono, apartar la verdura de la carne, la ceniza del olvido, disociar el error de la experiencia, la nostalgia del recuerdo, distinguir el miedo de las heridas por sanar y el amor de los apegos. Reconocer la cara a la abundancia y no acumular más de lo que tengo, gozar la riqueza de lo justo y necesario, respirar la paz de agradecer lo que pasó y vivir el amor al bendecirte cada día. Aprender del roce suave de las cosas simples, del café que se enfría mientras contemplo la mañana, del abrazo que doy sin esperar uno de vuelta, de amar a quien acepta mis defectos, porque tal vez los milagros están disfrazados de rutina y vida diaria y no de explosión multicolor.
Y es que después de tanto correr en busca de las sombras, de agotarme peleando mil batallas, entendí-por fin- que existir no es una negociación permanente con la vida. Llegó el momento de la serenidad, de la contemplación, del valor y la entereza.
No es renunciar, no es entregarme. Es sentarme a disfrutar, exprimirle a la vida hasta que ya no quede nada, patear los charcos, mascar el chicle y hacer bombitas que me exploten en los labios, silbar una canción caminando por la calle, reírme sin motivo, quedarme solo con lo bueno, dejarme llevar por el olor a pan caliente, botar a la mierda lo urgente y perentorio, orar hasta que Dios me haga un guiño. Respirar, esperar a que la tierra sane para volver a ser semilla porque el agua algún día lloverá.