Hay algo inquietante en ver un objeto volando sin piloto. No es solo la novedad tecnológica —esa ya pasó de moda hace rato— sino esa sensación primitiva de que algo anda mal con el orden natural de las cosas. Los pájaros vuelan porque nacieron para eso. Los aviones vuelan porque hay alguien adentro que sabe lo que hace. Pero estos aparatos, estos drones que zumban por ahí como avispas metálicas, vuelan porque alguien más, desde algún lugar, decidió que tenían que hacerlo.Y así, sin mucho aspaviento, los cielos dejaron de ser territorio exclusivo de Dios y los pilotos.
La cosa empezó, como tantas otras, con ganas de matar sin mancharse las manos. En 1849, los austriacos ya andaban mandando globos cargados de bombas sobre Venecia. Doscientos globitos de muerte flotando hacia la ciudad de los canales como una postal macabra del futuro. Pero el verdadero padre de esta criatura no fue un militar sino un tipo llamado Abraham Karem, que en los años setenta, desde California, se puso a diseñar máquinas que pudieran volar durante horas sin cansarse, sin quejarse, sin pedirle al comandante que parara en el próximo aeropuerto porque necesitaba ir al baño.
Karem no lo sabía entonces, pero estaba pariendo una revolución que iba a cambiar desde la forma de hacer la guerra hasta la manera de filmar una boda.
Los militares se enamoraron perdidamente de estos juguetes letales. Era amor a primera vista: la posibilidad de eliminar objetivos sin arriesgar soldados propios, de patrullar territorios extensos sin gastar en combustible de helicópteros, de convertir la guerra en algo parecido a un videojuego. El MQ-9 Reaper puede cargar misiles Hellfire y bombas guiadas por láser. El Winglung 2 chino lleva hasta doce proyectiles. Los drones «kamikaze» como el Lancet-3 ruso se autodestruyen contra sus blancos, en una especie de hara-kiri tecnológico.
Pero hay algo más siniestro en todo esto: la «mentalidad PlayStation». Así le dicen los expertos al fenómeno por el cual un operador, sentado cómodamente en una base militar a miles de kilómetros de su objetivo, aprieta un botón y convierte a una persona en humo y escombros. La distancia física se vuelve distancia emocional. El acto de matar se aseptiza, se despersonaliza, se convierte en un clic más en la pantalla.
Pero como en toda carrera armamentística que se respete, por cada arma nueva aparece una contramedida. Los sistemas antidrones (C-UAS) operan como una especie de servicio secreto aéreo: detectan, rastrean, identifican y neutralizan. La técnica más sofisticada es el «spoofing» de GPS, que no es otra cosa que mentirle al dron sobre dónde está. En lugar de bloquearlo —eso sería muy burdo—, le mandan señales falsas de navegación. El aparato cree que está volando hacia Moscú cuando en realidad se está estrellando contra una montaña en Siberia.
Mientras los militares perfeccionaban sus máquinas de muerte, algo curioso empezó a pasar en el mundo civil. Los mismos sensores que servían para detectar tanques enemigos resultaron perfectos para encontrar plagas en los cultivos. Las cámaras térmicas diseñadas para operaciones nocturnas se convirtieron en herramientas ideales para detectar personas perdidas en montañas. La tecnología de estabilización que permitía disparar misiles con precisión milimétrica hizo posible que cualquier bodorrio de clase media tuviera tomas aéreas dignas de Hollywood.
Los agricultores adoptaron la agricultura de precisión: drones que sobrevuelan sembradíos enteros, detectan exactamente qué plantas necesitan agua o fertilizante, y permiten aplicar agroquímicos solo donde se necesitan. Es eficiencia pura, optimización de recursos que habría hecho llorar de emoción a cualquier ingeniero industrial.
Los cineastas se volvieron locos con las posibilidades creativas. Planos que antes requerían helicópteros carísimos ahora se podían lograr con un aparato del tamaño de una pizza. El DJI Inspire 3 graba en 8K —una resolución que ni siquiera sabíamos que necesitábamos— y ha democratizado la filmación aérea. Cualquier aspirante a director puede ahora hacer tomas que parecen sacadas de «Lawrence de Arabia».
Los servicios de emergencia encontraron en los drones a sus nuevos mejores amigos. Búsqueda y rescate en tiempo real, evaluación de desastres sin exponer equipos humanos, entrega de suministros médicos en zonas inaccesibles. La misma tecnología que sirve para bombardear sirve para salvar vidas.
Pero claro, cuando todo el mundo puede tener un objeto volador, empiezan los problemas. Los reguladores europeos se las ingeniaron para crear un sistema de clasificación que va del C0 al C6, dependiendo del peso y las capacidades del aparato. Los más pequeños —menos de 250 gramos— prácticamente no tienen restricciones. Los más grandes requieren permisos, certificaciones, y toda la parafernalia burocrática que caracteriza a la Unión Europea.
El tema de la privacidad es más espinoso. Un dron puede ser una herramienta periodística invaluable o un dispositivo de espionaje doméstico, dependiendo de quién lo maneje y con qué intenciones. Los códigos de conducta profesional intentan poner límites: no volar sobre propiedad privada sin permiso, avisar cuando se está grabando, minimizar la retención de datos. Pero en un mundo donde cualquiera puede comprar un dron por internet, hacer cumplir estas reglas es como tratar de regular el chisme de barrio.
Los drones han demostrado que la innovación militar y civil no son mundos separados sino vasos comunicantes. La inteligencia artificial los está volviendo más autónomos, la tecnología 5G mejorará su conectividad, y los enjambres de drones prometen revolucionar desde la construcción hasta la inspección masiva de infraestructuras.
Pero tal vez lo más fascinante de todo esto es cómo una tecnología nacida para la guerra se convirtió en una herramienta de creatividad, eficiencia y hasta salvación. Los mismos principios aerodinámicos que permiten que un Reaper elimine un blanco en Afganistán hacen posible que un agricultor colombiano optimice el riego de su finca de café.
Es la dualidad perfecta de nuestro tiempo: la misma tecnología que nos mata nos salva, la que nos espía nos entretiene, la que destruye también construye.
Los cielos ya no son de Dios. Tampoco son de los pilotos. Ahora son de todos nosotros, para bien o para mal. Y esa, quizás, es la verdadera revolución.
