La psicóloga Sonia Vaccaro lo dice sin rodeos: cuando un maltratador recurre a la violencia vicaria, busca asegurarse de que la mujer «no se recuperará jamás». Y tiene razón. Porque hay pocas cosas más crueles que utilizar a los propios hijos como armas para destruir a quien en algún momento se amó, o al menos se decía amar.
La violencia vicaria es eso: el arte de la crueldad refinada. Una estrategia calculada y milimétrica donde el agresor elige el blanco perfecto para infligir el máximo daño posible. Ya no necesita pegar. Ya no necesita gritar. Simplemente toma a los hijos y los convierte en su herramienta más eficaz de tortura psicológica.
El término lo acuñó Vaccaro en 2012, pero el fenómeno es tan viejo como la humanidad misma. Lo que pasa es que antes lo llamábamos de otras maneras, o simplemente no lo llamábamos de ninguna. Era parte del paisaje doméstico, una más de esas tragedias familiares que se cocinaban a fuego lento en la privacidad del hogar.Pero ahora sabemos lo que es: violencia vicaria. Esa que se ejerce sobre los hijos con el único propósito de hacer sufrir a la madre. Una venganza servida fría, meticulosamente planeada, que aprovecha el vínculo más sagrado para convertirlo en el más doloroso.
Las manifestaciones son tan variadas como retorcidas. Desde las amenazas de llevarse a los niños hasta la manipulación emocional más sutil. «Les mete ideas en contra de ella», como dice una de las madres entrevistadas para el informe. El agresor habla mal de la madre frente a los hijos, los utiliza como espías, interrumpe tratamientos médicos o simplemente los pone en peligro como una forma de angustiar a quien ya no puede controlar directamente.
Ahí está la precisión quirúrgica de la violencia vicaria: no solo daña a la mujer, sino que también destroza a los niños. Es lo que los expertos llaman «doble victimización». Los menores no son espectadores inocentes; son víctimas directas de una guerra que no pidieron y que no entienden.Las consecuencias son devastadoras. En las madres: depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático, ideación suicida. Ese sentimiento de fracaso y culpa que el agresor cultiva con paciencia de jardinero malévolo. En los hijos: agresividad, miedo, tristeza, trastornos somáticos. Un «clima de terror doméstico» que los mantiene en estado de alerta permanente.
En el tema Colombia, sigue en el limbo. La violencia vicaria no existe en nuestro marco jurídico, lo que significa que oficialmente no existe en absoluto. No hay registros, no hay estadísticas, no hay protocolos específicos. Las víctimas quedan en la orfandad legal más absoluta.El proyecto de ley «Gabriel Esteban» llegó lejos – fue aprobado en primer y segundo debate en el Senado – pero terminó archivado por «tránsito de legislatura». Esa frase tan técnica que esconde una realidad brutal: las víctimas siguen esperando.
Tal vez lo más doloroso de todo este panorama es cómo el propio sistema judicial se convierte, muchas veces, en herramienta del agresor. Jueces que no entienden las dinámicas de poder, que separan la violencia contra la mujer de la relación del agresor con los hijos, que otorgan regímenes de visita sin considerar el riesgo.Es la violencia institucional: esa que perpetra o tolera el propio Estado. El sistema que debería proteger se convierte en enabler, en facilitador del maltrato. Y mientras tanto, los niños siguen siendo utilizados como munición en una guerra que nunca debería haberse declarado.La conciencia social sobre la violencia vicaria está creciendo. Los testimonios se multiplican, las organizaciones de víctimas se fortalecen, los medios empiezan a hablar del tema con la seriedad que merece. Pero la ley sigue siendo una asignatura pendiente.
Hasta que no tengamos un marco legal específico, hasta que no capacitemos a jueces y fiscales con perspectiva de género, hasta que no entendamos que un maltratador jamás podrá ser un buen padre, las víctimas seguirán navegando en la más absoluta indefensión.
