«Escucho llover. No es lluvia, es el tiempo cayendo gota a gota.»
Alejandra Pizarnik
Entre las muchas manías que tengo, he descubierto que siempre que escribo, llueve. O siempre que llueve, escribo. El caso es que amo la lluvia. Siempre he sentido una fascinación especial por ella. Como siempre he tenido alma de gamín, de niño disfrutaba salir a patear charcos con mis tenis Croydon medio rotos. Luego ya grande, salía con Manuela, mi hija menor, a hacer lo mismo. Ella se volvió una mujer de bien. Yo aún disfruto de los charcos. No sé cuál de los dos tuvo mejor suerte.
Y es que hay tardes en las que la lluvia no cae: conversa. No golpea los tejados, sino que los acaricia con la paciencia de quien ha aprendido a llegar sin prisa. Tal vez la lluvia sabe cosas que yo ignoro. El mundo se vuelve un susurro, y yo —que siempre ando corriendo detrás de algo— me descubro quieto, hipnotizado por ese desfile de gotas que lavan el polvo del día y también del alma. Entonces entiendo que ver llover es un privilegio antiguo, una ceremonia privada entre el cielo y mis nostalgias, donde lo único que se exige es mirar… y dejarse mojar por dentro.
Y es que la lluvia es cuestión de perspectiva. La lluvia de un poeta no es la misma que la de un conductor de Transmilenio. Algunos se entristecen, algunos se acojonan, algunos la maldicen, algunos la padecen. Otros, la convertimos en un motivo. En una excusa perfecta para el delirio o la melancolía, que al final no son lo mismo pero un poco se parecen. Y por eso, hoy que llueve afuera, te recuerdo. El sonido del agua contra el vidrio era apenas un pretexto para acercarnos más y más. Afuera diluviaba. Adentro ardía. Las gotas golpeaban la ventana mientras yo recorría tu cuerpo de los pies hasta tu pelo. Y es que algo va de la brizna a la llovizna y de la llovizna al aguacero, del aguacero al temporal y del temporal a los diluvios.
Cae un rayo. Suena un trueno. Se va la luz y escribo a oscuras. Una gota en el marco de la ventana tiembla mientras se aferra al aluminio recién pintado. Se niega a caer. Se agarra con las uñas, se agarra con los dientes. Conoce el vértigo y lo pospone deliberadamente. Sabe que caer es una forma de morir. Va a caer, va a caer. Plaf!! grita mientras se estrella contra el suelo. Como los momentos. Como los instantes. Como la vida. Como yo, que hoy quiero ser de agua.
La lluvia se lleva las calles, se lleva los nombres, se lleva hasta el recuerdo de tu piel sobre la mía. Pero hoy llueve, carajo, y eso es suficiente. Hoy llueve y escribo o escribo y llueve, qué más da. Manuela eligió los zapatos limpios y un puñado de certezas. Yo me quedé con la lluvia y las preguntas. No sé cuál de los dos tuvo mejor suerte.