Hay quien entra a un probador convencido de que el fucsia es su color y sale enfrentando una verdad incómoda: parece recién salido de una gripe de tres días. Otros juran que el negro les adelgaza, pero lo que realmente consiguen es verse diez años más viejos. No es mala suerte ni los espejos de las tiendas conspirando contra la autoestima. Es física pura, esa misma que explica por qué el cielo es azul y que ahora resulta que también tiene opiniones bastante precisas sobre el guardarropa.
La colorimetría —ese término que suena a clase de química del colegio— viene diciéndole a la gente desde hace décadas que vestirse no es solo cuestión de gustos. Es una ecuación donde entran melanina, hemoglobina, caroteno y las leyes de la luz rebotando contra la piel como si fuera un partido de tenis microscópico. Albert Munsell, un profesor estadounidense de principios del siglo XX, se cansó de que la gente hablara de «azul cielo» o «rojo vino» como si eso significara algo concreto y armó un sistema tridimensional para clasificar los colores con la precisión de quien cataloga especies en un laboratorio.
Lo que Munsell descubrió —y que después aprovecharon los asesores de imagen— es que el color tiene tres dimensiones independientes: matiz (si es cálido o frío), valor (si es claro u oscuro) y croma (si es brillante o apagado). Y resulta que cada persona viene de fábrica con una combinación única de esas tres variables grabadas en la piel, determinadas por cuánta melanina heredó de sus padres, qué tan cerca están sus capilares de la superficie y cuánto caroteno decidió almacenar su cuerpo.
El truco está en que cuando alguien se pone una camisa naranja, la luz que refleja esa tela no se queda quieta. Rebota hacia el rostro y se mezcla con la luz que refleja la piel, como dos pinturas que se echan una encima de la otra. Si la camisa tiene base amarilla y la piel tiene base azulada, el cerebro del que mira entra en pánico tratando de procesar esa contradicción visual y termina proyectando sombras grises sobre la cara. Es el mismo fenómeno que un químico francés llamado Michel Eugène Chevreul descubrió en el siglo XIX cuando trabajaba tiñendo tapices y notó que los colores no se comportaban solos sino en relación con sus vecinos.
A esto le llaman «contraste simultáneo» y es la razón científica por la que hay gente que con ciertos colores parece recién levantada de una siesta de borracho. El ojo humano, en su afán por equilibrar lo que ve, inventa colores donde no los hay. Si rodean un rostro de naranja intenso, el cerebro proyecta azul sobre la piel para compensar. Y si esa piel ya de por sí tiene subtono frío, el resultado es una cara que parece recién descongelada.
Los sistemas de clasificación han evolucionado desde las cuatro estaciones básicas —Primavera, Verano, Otoño, Invierno— que Carole Jackson popularizó en los ochenta con su libro Color Me Beautiful, hasta modelos más refinados de doce estaciones que reconocen que no todo el mundo cabe en una caja. Está el Invierno Brillante, que puede usar neón sin parecer un semáforo descompuesto. El Verano Suave, condenado a los colores empolvados porque cualquier cosa muy intensa lo hace invisible. El Otoño Verdadero, ese que nació para usar mostaza y terracota y se ve enfermo con cualquier cosa que tire a rosa chicle.
Cada estación responde a una lógica específica de las tres dimensiones de Munsell. Los Inviernos necesitan contraste alto y temperatura fría porque su piel rechaza químicamente cualquier pigmento dorado. Los Veranos requieren colores lavados con gris porque su apariencia es difusa y los tonos brillantes los aplastan. Las Primaveras viven para los colores que parecen tocados por el sol y los Otoños son dueños de todo lo que huela a tierra y especias.
Pero la cosa no se queda en si alguien es Primavera o Invierno. La psicología del color entra al juego cuando se trata de elegir qué ponerse para una entrevista de trabajo o una presentación importante. El azul marino transmite confianza sin agresión, por eso es el uniforme corporativo universal. El rojo aumenta el ritmo cardíaco del que lo ve —literalmente, es física del ojo procesando longitudes de onda largas— y por eso funciona para captar atención pero puede ser contraproducente en una negociación. El negro absorbe toda la luz y por eso proyecta autoridad, pero también puede leerse como barrera emocional o, peor aún, envejecer a cualquiera que no sea Invierno puro.
El diagnóstico profesional no es adivinación. Es un protocolo que exige luz natural o lámparas calibradas con índice de reproducción cromática superior a 90, rostro sin maquillaje, cabello cubierto si está teñido y una serie de telas de precisión que se prueban en secuencia para determinar temperatura, valor y croma. Oro contra plata para ver si la piel tiene base amarilla o azul. Negro contra beige para medir cuánto contraste soporta el rostro. Rojo bombero contra rojo teja para evaluar si la persona necesita colores limpios o amortiguados.
Claro que el sistema tiene sus críticos. Meter a toda la humanidad en doce categorías suena a reduccionismo, y durante años los sistemas estuvieron tan sesgados hacia fenotipos caucásicos que diagnosticaban a cualquier persona de piel oscura como Invierno u Otoño por default, ignorando matices sutiles. Las aplicaciones de celular que prometen hacer el análisis son una trampa: las pantallas no están calibradas y las cámaras ajustan automáticamente el balance de blancos, falseando por completo el resultado.
Pero cuando funciona, funciona. Conocer la estación personal permite armar un guardarropa donde todas las prendas combinan entre sí porque responden a la misma lógica cromática. Menos compras impulsivas que terminan arrumbadas porque «no pegan con nada», menos tiempo perdido cada mañana tratando de armar un outfit coherente, más dinero ahorrado y, de paso, menos ropa desechada al basurero.
Al final, la colorimetría no restringe. Proporciona un mapa. Y ese mapa está dibujado con las mismas leyes que rigen cómo la luz rebota en una pared o por qué el atardecer es naranja. No es magia. Es solo física jugando con la vanidad humana, y funcionando sorprendentemente bien.
