La velocidad se volvió sinónimo de éxito y ahí empezó todo el problema. Uno va por la vida como si llegara tarde a su propio funeral, midiendo el tiempo en notificaciones, en semáforos en rojo, en segundos que se escurren mientras carga una página web. La multitarea dejó de ser una habilidad para convertirse en una condena: comer viendo televisión mientras se responde un chat y se revisa el correo. Todo al tiempo. Todo de afán. Como si el día tuviera que rendirse ante la cantidad de cosas que logramos tachar de una lista interminable.
Nos colamos en las filas porque esperar es para los ingenuos. Adelantamos en curva porque la paciencia es un lujo que ya nadie puede pagar. Tenemos sexo rápido porque hacer el amor requiere una lentitud que se siente obscena en estos tiempos. Preferimos el delivery a las sobremesas largas, esas donde las conversaciones se estiran entre sopa y sopa, sin prisa, sin destino. El WhatsApp reemplazó las palabras y los emojis ahora dicen lo que antes tomaba párrafos enteros.
Y en medio de esa carrera sin línea de meta, odiamos todo lo que nos frena: los computadores lentos, las conexiones que tardan, los viejos que caminan despacio por la acera. Queremos respuestas inmediatas, dinero antes de ganarlo, fama antes de merecerla, reconocimientos que ni siquiera sabemos por qué deberíamos recibir. La mayor tragedia de nuestros días no es la soledad ni el desamor: es que se caiga la señal del wifi.
El culto a la velocidad
El afán es la marca registrada de esta época, un sello que nos agobia y nos consume. Existe un yoga que promete iluminación espiritual en veinte minutos. Existen funerales drive-thru donde uno puede presentar sus respetos sin bajarse del carro. Existen cenas que se devoran de pie frente al microondas. Todo tiene que ser expreso, incluidas las cosas que por naturaleza necesitan demora.
Larry Dossey acuñó en 1982 el término «enfermedad del tiempo» para describir esta condición: la creencia obsesiva de que el tiempo se nos escapa, de que nunca hay suficiente y de que la única forma de sobrevivir es acelerar. Carl Honoré, ese canadiense que se convirtió en el gurú del Movimiento Slow sin quererlo, lo dice mejor: nuestra cultura nos enseña a temer perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida. Y ahí está el truco perverso: creemos que vamos más rápido, pero en realidad estamos dejando pasar todo lo importante.
La anécdota fundacional de todo esto ocurrió en la rutina más banal. Honoré les leía cuentos a sus hijos antes de dormir, pero no como un momento de conexión, sino como una tarea más en su lista de pendientes. Leía a toda velocidad, saltándose párrafos enteros. Una noche su hijo le preguntó por qué Blancanieves solo tenía tres enanos en lugar de siete. En su prisa, Honoré había sacrificado a Gruñón y a sus compañeros en el altar de la eficiencia.
El punto de quiebre llegó en un aeropuerto—ese no-lugar que simboliza la transitoriedad moderna—cuando Honoré leyó sobre una serie de libros llamada «Cuentos de un minuto para dormir». Su reacción inicial fue de euforia: había encontrado la solución perfecta para optimizar la crianza. Pero segundos después, una ola de repulsión lo golpeó. Se dio cuenta de que estaba dispuesto a despachar a su propio hijo con un fragmento sonoro al final del día. Esa epifanía fue el germen de su libro y de toda una filosofía.
La velocidad correcta
Es cierto que la línea recta es el camino más corto. Pero también es el más aburrido. La diversión, esa que de verdad importa, está en las curvas. Y hay cosas que solo se pueden ver cuando uno se detiene: las formas caprichosas de las nubes, el ritmo particular de una ciudad en domingo, la textura de una conversación que no va a ninguna parte y por eso mismo es perfecta.
El núcleo del movimiento reside en el concepto musical de tempo giusto: la velocidad correcta sugerida por la naturaleza intrínseca de cada actividad. No se trata de hacer todo a paso de tortuga. Una cirugía de emergencia requiere velocidad. Un partido de hockey requiere velocidad. El problema surge cuando se aplica la velocidad de la sala de emergencias a la crianza de un hijo, a la cocción de un estofado o a la intimidad sexual.
El Movimiento Slow nació en Italia, cuando McDonald’s anunció la apertura de un local cerca de la Plaza de España en Roma. Para muchos, esto no era simplemente un negocio más, sino una profanación cultural. Carlo Petrini organizó una protesta singular: en lugar de gritar consignas violentas, los manifestantes llevaron grandes cuencos de pasta fresca y los compartieron con la multitud. La defensa de la cultura debía hacerse a través del disfrute, no del conflicto amargo.
La filosofía de Slow Food se estructura en tres pilares: bueno (calidad que da placer a los sentidos), limpio (producción que no daña el medio ambiente) y justo (retribución digna para los productores). Lo que empezó como una reivindicación gastronómica se expandió a las ciudades, al trabajo, a la crianza de los hijos.
La rebeldía de ir despacio
En un mundo obsesionado con la velocidad, ir despacio se volvió un acto de rebeldía. Una subversión silenciosa contra el mandato de la productividad. Porque el mundo no es lento ni rápido, no está ocupado ni reposando. La vida simplemente fluye. Somos nosotros los que decidimos correr como desesperados o adoptar un ritmo más sereno, más humano.
La razón necesita demora; la prisa, en cambio, nos llena de sesgos y prejuicios, nos vuelve torpes. Tratamos al cerebro como una máquina que puede correr a altas revoluciones indefinidamente, pero el trabajo cognitivo requiere pausas, silencios, tiempo para que las ideas fermenten. Trabajar menos puede significar, paradójicamente, lograr más.
Hay empresas que ya lo entendieron. Volkswagen configuró sus servidores para dejar de enviar correos electrónicos a los empleados media hora después de terminar su turno. Google instaló espacios para la siesta. No por altruismo, sino porque el tiempo de recuperación es biológicamente necesario para mantener el rendimiento.
Y los niños. Los niños de hoy son tratados como proyectos de gestión, con agendas micromanipuladas diseñadas para maximizar su currículum desde la guardería. Clases de mandarín, violín, fútbol y codificación llenan cada minuto de vigilia. Honoré defiende el aburrimiento como el preludio necesario de la creatividad, el espacio vacío donde el niño inventa sus propios juegos y mundos.
El derecho a detenerse
La conclusión es tan simple que duele: necesitamos ir más despacio para poder vivir. Tal vez lo único que nos salve sea cuestionar nuestras urgencias, renunciar a la perfección, mirar al cielo sin ninguna razón válida.
Se acusa al movimiento de ser una fantasía pastoral para la clase media alta, un lujo de privilegiados. Y es cierto que comprar tomates orgánicos es más caro que la comida procesada. Pero Honoré insiste en que el núcleo del movimiento es una mentalidad, no una transacción comercial. Apagar el teléfono móvil, dar un paseo, leer un libro, pasar tiempo conversando con la familia: todo eso tiene costo cero. Recuperar la soberanía sobre la propia atención es un acto revolucionario disponible para cualquiera.
En un mundo obsesionado con la velocidad, la lentitud no es el enemigo del progreso. Es la condición necesaria para que el progreso sea humano, sostenible y significativo. La verdadera revolución no es ir más rápido, sino tener el coraje de detenerse para asegurarse de que estamos yendo en la dirección correcta.
Y dormir. Y de pronto, darnos el lujo de soñar un poco más.
