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Hay algo perturbador en la imagen de una niña de once años que se niega a comer. No es rebeldía adolescente ni capricho pasajero. Es algo mucho más inquietante: una huelga de hambre involuntaria contra la hipocresía del mundo adulto. Greta Thunberg perdió diez kilos en dos meses porque su cerebro, ese cerebro autista que procesa todo de forma literal, no podía digerir la contradicción fundamental de nuestra época: todos sabemos que la casa se está quemando, pero seguimos ordenando domicilios y planeando las vacaciones de verano.

La madre, Malena Ernman, cantante de ópera acostumbrada a los escenarios del mundo, la veía «desaparecer lentamente en una especie de oscuridad». Dejó el piano. Dejó de reír. Dejó de hablar. Y cuando finalmente volvió a hacerlo, lo hizo con la fuerza acumulada de años de silencio. El mutismo selectivo tiene eso: cuando decides que algo vale la pena decirlo, lo dices sin anestesia.

Lo primero que hizo Greta no fue sentarse frente al parlamento sueco. Lo primero fue convencer a su propia familia. Con la paciencia de quien memoriza tablas periódicas, se aprendió de memoria las estadísticas de emisiones, los ciclos de carbono, los presupuestos climáticos. Bombardeó a sus padres con datos hasta que cedieron. La madre dejó de volar, sacrificando contratos internacionales. El padre se hizo vegano. Antes de intentar cambiar Europa, Greta cambió su sala de estar. Esa fue su primera victoria, y probablemente la que más le costó.

El 20 de agosto de 2018, en pleno verano sueco —el más caluroso en 262 años—, una chica de quince años se saltó la escuela. Pintó un cartel de madera, imprimió unos folletos en casa y se sentó sola frente al Riksdag. La primera semana fue puro desierto. Transeúntes indiferentes, políticos apurados, el ruido sordo de una democracia que funciona en piloto automático. Pero las redes sociales tienen memoria fotográfica, y esa imagen —la niña contra el muro de piedra del poder— era demasiado potente para ignorarla.

Lo que vino después fue un efecto dominó que nadie anticipó. Fridays for Future no tuvo manual de operaciones ni estructura jerárquica. La instrucción era de una simpleza brutal: siéntate frente a tu ayuntamiento cada viernes, toma una foto, publícala. Código abierto moral. En marzo de 2019 ya eran un millón y medio de personas en 125 países. En septiembre del mismo año, entre cuatro y siete millones salieron a las calles en la que probablemente sea la protesta climática más grande de la historia. Greta no organizó nada de eso. Solo encendió el fósforo.

Su filosofía es incómoda porque es simple. «No me escuchen a mí, escuchen a los científicos», repite hasta el cansancio. Cuando testificó ante el Congreso de Estados Unidos en 2019, no leyó un discurso. Simplemente presentó el informe del IPCC como evidencia y dijo: «Este es mi testimonio». Es una estrategia brillante: atacarla a ella es atacar el consenso científico. Y cuando en Davos, frente a una audiencia de multimillonarios con relojes de oro, les dijo «quiero que entren en pánico», no estaba siendo dramática. Estaba siendo literal. Para ella, la casa realmente está en llamas, y nosotros estamos discutiendo el color de las cortinas.

Cruzar el Atlántico en velero en 2019 fue puro teatro político, pero teatro necesario. Dos semanas sin inodoro (usaban un cubo), comiendo comida liofilizada, mareada hasta las tripas. Llegó a Nueva York recibida por diecisiete veleros de la ONU y demostró algo que todos intuíamos: vivir una vida baja en carbono en este mundo es técnicamente posible pero jodidamente difícil. Cuando la COP25 se movió de Chile a Madrid y quedó varada en el continente equivocado, tuvo que mendigar un aventón de regreso en un catamarán de YouTubers australianos. La logística del activismo verde es, en sí misma, una crítica al sistema.

La pandemia le dio tiempo para radicalizarse. Ver cómo los gobiernos movilizaban billones y restringían libertades para combatir el COVID mientras ignoraban el colapso climático fue la confirmación que necesitaba: no es un problema de capacidad, es un problema de voluntad. En 2021, en Milán, su tono ya no era de súplica sino de burla: «Build Back Better, bla bla bla. Green Economy, bla bla bla. Net Zero, bla bla bla». Las palabras bonitas se habían convertido en lemas institucionales, y ella ya no estaba dispuesta a ser la mascota del sistema.

Para 2023, Greta ya no hablaba solo de carbono. Se unió a los Sámi en Noruega para bloquear un parque eólico —sí, de energía verde— que violaba sus derechos de pastoreo. Estableció un principio incómodo: la transición energética no puede construirse sobre colonialismo pintado de verde. En Alemania, la policía tuvo que cargarla físicamente en Lützerath mientras protestaba contra una mina de carbón autorizada por un gobierno de coalición que incluía a Los Verdes. El mensaje era claro: los compromisos políticos moderados ya no le interesaban.

Y entonces llegó Gaza.

En octubre de 2023, Greta hizo lo impensable para una activista climática occidental: abrazó públicamente la causa palestina. «No hay justicia climática en tierra ocupada», declaró, y con esas palabras rompió el frágil consenso que la había mantenido dentro de los límites aceptables del activismo. Alemania, con su responsabilidad histórica a cuestas, la repudió. La sección alemana de Fridays for Future se distanció. En Ámsterdam, un activista le arrancó el micrófono gritando que había venido a una marcha climática, no política. Pero Greta ya había cruzado la línea.

En 2025 intentó romper el bloqueo naval de Gaza. Dos veces. En junio, la marina israelí abordó el Madleen en aguas internacionales usando aerosoles químicos. La deportaron. En octubre lo intentó de nuevo. La volvieron a detener. Denunció torturas en la prisión de Ketziot: celdas con chinches, falta de agua, humillaciones con banderas israelíes. Israel lo negó todo. Para ese momento, Greta ya no era una activista climática. Era una disidente global dispuesta a enfrentar fuerza militar estatal.

El final de 2025 la encontró arrestada en Londres bajo la Sección 13 de la Ley de Terrorismo. Su crimen: sostener un cartel que decía «Apoyo a los prisioneros de Palestine Action. Me opongo al genocidio» frente a una aseguradora vinculada a empresas de defensa israelíes. No la arrestaron por obstruir la vía pública. La arrestaron por el contenido político de sus palabras, clasificándola como partidaria de una organización terrorista. Fue un momento bisagra: una de las primeras veces que una figura occidental de alto perfil era detenida bajo legislación antiterrorista por sostener un cartel en una protesta pacífica.

Mientras tanto, boicoteó la COP29 en Bakú —»hipocresía extrema en un petroestado autoritario»— y la COP30 en Brasil. El proceso de la ONU que la hizo famosa ya no le interesa. Las conferencias climáticas son teatro, y ella ya no quiere actuar en esa obra.

Greta Thunberg en 2026 es algo que nadie anticipó en 2018. Ya no es la niña que pedía a los adultos que escucharan a la ciencia. Es una mujer de veintitrés años que cuestiona la legitimidad del capitalismo colonial, que arriesga su libertad en flotillas hacia Gaza, que es perseguida por leyes antiterroristas en democracias liberales.

La niña que dejó de comer a los once años porque no podía procesar la hipocresía del mundo adulto encontró, finalmente, su apetito. Pero lo que ahora devora no es comida. Es la ilusión de que el cambio puede llegar sin incomodar a nadie, sin sacrificar nada, sin nombrar las estructuras de poder que nos están matando.

Y eso, resulta, es mucho más difícil de digerir que un plato vacío.

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