Hay lugares que se niegan a ser solo lugares. El Salto del Tequendama es uno de esos sitios tercos, incómodos, que persisten en la memoria colectiva como una astilla clavada en el pulgar de la historia nacional. No es simplemente una cascada de 157 metros, aunque lo es cada vez menos, Tampoco es solo un edificio blanco abandonado al borde del precipicio —aunque durante décadas fue exactamente eso, y los grafitis en sus paredes aún lo recuerdan—. El Tequendama es, ante todo, un espejo roto donde Colombia se ha mirado con fascinación y horror durante siglos.
La cosa empieza mucho antes de que hubiera hoteles o trenes o suicidas en gabardina. Los muiscas, esos ingenieros del agua que cultivaban maíz donde hoy hay semáforos, tenían su propia versión del Génesis. Según contaban —y los cronistas españoles, con más curiosidad que respeto, lo anotaron—, la Sabana de Bogotá no siempre fue esa llanura gris que uno atraviesa maldiciendo el tráfico. Hace mucho, muchísimo, era un lago enorme. Un mar interior atrapado entre montañas.
La culpa, naturalmente, la tuvo un dios enojado. Chibchacum, patrón de labradores y comerciantes, se hartó de ver a su pueblo corrompido, olvidadizo de las buenas costumbres. Así que desató un diluvio bíblico —bueno, andino— que inundó todo. Tres días y cuatro noches de lluvia. Los bohíos bajo el agua, las cosechas perdidas, los sobrevivientes trepados en los cerros, muertos de hambre y de miedo.
Entonces apareció Bochica. Siempre aparece un Bochica cuando las cosas se ponen feas. Lo describen como un anciano de piel clara —detalle que alimentó después todo tipo de teorías fantasiosas sobre vikingos perdidos o astronautas precolombinos—, con barba blanca hasta la cintura, túnica y sandalias. Un profeta con pinta de Gandalf tropical. Bochica subió a lo alto, alzó su vara de oro y, con un golpe seco y divino, partió la roca. Las aguas se precipitaron al vacío con un rugido que debió escucharse hasta Tunja. La Sabana quedó seca, fértil, salvada. Y Chibchacum, castigado a cargar la tierra sobre sus hombros. Cuando se cansa y cambia de lado, tiembla.
Esa es la versión oficial del mito fundacional. El Salto como acto de ingeniería divina. Como puerta de escape. Como válvula que impide que todo se vaya al carajo otra vez.
Avancemos unos cuantos siglos. Llega la república, llega el progreso, llega la manía de copiar a los europeos. A finales del siglo XIX, la élite bogotana estaba obsesionada con el Grand Tour, esa costumbre aristocrática de viajar para contemplar paisajes sublimes y sentirse culturalmente superiores. Humboldt ya había pasado por aquí, había medido el Salto, había escrito sobre él con ese tono de científico deslumbrado que usaba para todo. El Tequendama estaba en el mapa de lo exótico.
Así que construyeron un ferrocarril. El Tren de la Sabana se extendió hasta el borde mismo del abismo. No era solo transporte; era una declaración de principios. La tecnología domando la geografía salvaje. Y en 1923, bajo la presidencia de Pedro Nel Ospina, alguien tuvo una idea todavía más ambiciosa: construir un hotel.
Le encargaron el proyecto a Pablo de la Cruz, arquitecto influyente con debilidad por el neoclasicismo francés. Lo que diseñó fue una locura hermosa: un château del Valle del Loira incrustado en el bosque de niebla andino. Cinco pisos, fachada blanca inmaculada, balcones que se asomaban al vacío como quien se asoma a la muerte. El salón principal tenía piso de ajedrez, blanco y negro, porque la elegancia era eso: contrastes dramáticos y ventanales enormes enmarcando la cascada como si fuera un cuadro del romanticismo alemán.
Entre 1927 y mediados de los años cuarenta, el Hotel del Salto fue el lugar. Ir al Tequendama era demostrar que uno pertenecía. Las fotografías de la época —Gumersindo Cuéllar las inmortalizó— muestran señoras con vestidos de seda y guantes largos, hombres en trajes de paño inglés, todos posando con esa despreocupación estudiada de quien puede permitirse el lujo de estar al borde de un precipicio. Se celebraban bodas, banquetes políticos, bailes donde se danzaba minué. La ironía de bailar sobre el abismo no se les escapaba. De hecho, era parte del encanto. Un frisson de peligro controlado, de belleza melancólica envuelta en niebla.
Pero algo cambió. O quizás no cambió nada, y simplemente el Salto comenzó a revelar su verdadera naturaleza.
A partir de mediados del siglo XX, el Tequendama se convirtió en otra cosa. En el suicidadero más famoso de América Latina. No es exageración. Durante décadas, lanzarse al vacío desde ese punto específico fue una especie de moda trágica, un fenómeno sociológico que los expertos llaman «efecto Werther» —en honor a la novela de Goethe que desató una ola de suicidios en la Europa del siglo XVIII—.
¿Por qué el Tequendama? Había algo en la combinación de elementos que resultaba irresistible para las mentes en crisis. Primero, la estética. Morir en el Salto no era como pegarse un tiro en un cuarto sórdido. Era una muerte romántica, teatral. Te perdías en la niebla, te volvías parte del paisaje mítico. Había una dignidad trágica en eso, una forma de reclamar protagonismo en el último acto.
Pero el factor determinante fue otro: la prensa. Y más específicamente, un periodista llamado José Joaquín Jiménez, conocido como «Ximénez». Este tipo escribía crónica roja para El Tiempo, pero lo que hacía no era periodismo convencional. Era literatura del horror cotidiano. Ximénez no informaba; narraba. Sus textos detallaban los últimos momentos del suicida con una prosa cargada de adjetivos y sentimentalismo barato pero efectivo. Describía qué comían en su última cena, cómo vestían, transcribía sus cartas de despedida.
«Se negó sus pecados; quizás se sintió pura y redimida de lodo, de torpeza, de malas moscas, de pésimos olores. Fue sola, solitaria, orgullosamente sola, hacia lo alto…»
Así escribía. Y la gente lo leía. Y los vulnerables, los rotos, los desesperados, encontraban en esas crónicas un guion a seguir. Ximénez, queriendo o sin querer, estaba creando un manual del suicida ejemplar. La fama póstuma que ofrecía una de sus crónicas era un incentivo poderoso para quien se sentía invisible en vida.
Se estableció un ritual. Un protocolo casi litúrgico. Primero, el viaje en tren o en automóvil, contemplativo, a través de la niebla del páramo. Luego, la última cena en el hotel o en los estaderos cercanos: comida copiosa, aguardiente, whisky para darse valor. Después venía el testimonio: la carta de despedida culpando al amante ingrato o explicando la ruina financiera. Y aquí viene el detalle más macabro: muchos contrataban a los fotógrafos turísticos del mirador. Se hacían tomar una foto posando elegantemente ante la caída. Dejaban dinero e instrucciones para que la imagen fuera enviada a sus familias o a los periódicos. Aseguraban así su legado visual, su última aparición pública.Algo así como un reto de Instagram.
Finalmente, se dirigían a un punto conocido como «la Piedra de los Suicidas», un saliente rocoso sin barandas. Y saltaban.
Recuperar los cuerpos era casi imposible. El fondo del abismo formaba una poza que los bomberos llamaban «el Lago de los Muertos». La fuerza hidráulica, las rocas afiladas, los remolinos: todo conspiraba para atrapar o desmembrar los cadáveres. Muchos nunca recibieron sepultura cristiana. Y eso, en una sociedad profundamente católica, generaba un trauma adicional. Las almas quedaban atrapadas, decían. Vagando eternamente en la niebla.
Cuando acumulas suficientes muertes violentas en un solo lugar, la realidad se vuelve porosa. El Tequendama dejó de ser solo un sitio geográfico y se convirtió en un locus horribilis, habitado por entidades que reflejan los miedos culturales más profundos.
La figura más recurrente es la del Monje Sin Cabeza. Los vigilantes nocturnos del hotel, durante las décadas de abandono, juraban verlo: una silueta con hábito franciscano recorriendo los bordes del precipicio o los pasillos vacíos. Las versiones varían. Algunos dicen que era un cura que cayó al abismo, otros que custodia el lugar, otros que intenta advertir a los suicidas —aunque su aspecto terrorífico logra el efecto contrario—.
Está también la Monja Decapitada. La leyenda cuenta que una religiosa cayó al vacío en un accidente automovilístico en la curva cercana al hotel, o quizás se suicidó por un amor prohibido que la llevó a romper sus votos. La violencia de la caída la decapitó. Ahora su espectro aparece en la carretera o en los balcones, buscando eternamente su cabeza perdida.
Y están los Novios Eternos: parejas que sellaron pactos suicidas, lanzándose juntos al vacío atados de las manos o abrazados, cuyos espíritus son vistos caminando hacia el borde en noches de niebla espesa.
Pero el fenómeno más inquietante era otro. Durante las décadas de ruina total —entre 1980 y 2010—, cuando el edificio era apenas un cascarón vandalizado, los testimonios hablaban de algo que los investigadores paranormales llaman «grabación fantasma». Celadores y visitantes atrevidos reportaban escuchar música de salón antigua emanando del salón de baile vacío. Risas, brindis, el tintineo de cristalería. Como si la élite de 1920 continuara su fiesta en un bucle temporal eterno, ajena a la decadencia que los rodeaba. Había también llantos de niños, puertas que se azotaban solas, una opresión física en el pecho al entrar a ciertas habitaciones.
El lugar no solo estaba embrujado. Era un vampiro. Drenaba la voluntad de vivir.
Pero los fantasmas no fueron lo único que arruinó el hotel. Hubo algo mucho más tangible y prosaico: el olor.
A partir de mediados del siglo XX, Bogotá creció sin plan, sin piedad para con su río. El Bogotá, que en tiempos muiscas era fuente sagrada, se convirtió en la alcantarilla de una ciudad industrial. Desechos de curtiembres, aguas residuales sin tratar, basura de millones de habitantes. Al llegar al Salto del Tequendama, el agua está biológicamente muerta, cargada de metales pesados y patógenos.
Cuando esa agua putrefacta se precipita 157 metros, el impacto la pulveriza, creando un aerosol tóxico. El resultado: un hedor nauseabundo, mezcla de huevo podrido y descomposición orgánica, que impregnaba el hotel y todo a su alrededor. Nadie quería bailar minué envuelto en miasmas fétidas. El turismo aristocrático huyó. El hotel cerró como alojamiento de lujo en los años cincuenta, intentó sobrevivir como restaurante, y terminó abandonado por completo en los ochenta.
La joya arquitectónica se convirtió en ruina. Vándalos levantaron los pisos de ajedrez buscando tesoros que no existían. Las paredes se cubrieron de grafitis. El lugar era un no-lugar, visitado solo por suicidas, habitantes de calle y buscadores de emociones fuertes.
Pero aquí es donde la historia se tuerce y, contra todo pronóstico, se vuelve esperanzadora.
En 2011, la Fundación Granja Ecológica El Porvenir, liderada por María Victoria Blanco, hizo algo que parecía absurdo: compró la casa en ruinas. Con apoyo de la Unión Europea —cerca de 300.000 euros— y entidades nacionales, iniciaron una restauración científica. No querían reabrir un hotel. Querían crear un centro de conocimiento: la Casa Museo Tequendama.
En 2018, el Ministerio de Cultura declaró el edificio Bien de Interés Cultural del ámbito nacional. La narrativa cambió radicalmente. El museo desplaza el foco de los suicidios hacia la biodiversidad. Porque resulta que, a pesar de todo —de la contaminación, de las muertes, del abandono—, el ecosistema de bosque de niebla circundante es sorprendentemente rico. Hay especies endémicas de insectos, mamíferos como el oso de anteojos en zonas altas de la cuenca, una variedad impresionante de aves que anidan en los acantilados.
Y hay un detalle irónico, casi poético: la turbulencia de la caída oxigena el agua del río Bogotá, reduciendo levemente su carga contaminante antes de que continúe su curso. El Salto, en un eco de su función mítica original, sigue intentando limpiar el desastre humano. Bochica no se ha rendido.
