Andrés tiene 56 años y un MacBook Air. Cada mañana, antes de que Bogotá despierte del todo, se prepara un café orgánico de comercio justo que compra en una tienda del barrio, abre el computador y revisa sus correos mientras suena un playlist de Silvio Rodríguez en Spotify. Luego se pone los tenis Nike —que odia, pero le salvaron las rodillas— y sale a trotar por la ciclorruta. Lleva el celular porque le gusta usar Strava para medir sus kilómetros. A veces se encuentra con otros cincuentones que también corren, y se saludan con esa complicidad de quien sabe que el cuerpo ya no es el mismo, pero se niega a rendirse.
Andrés estuvo en Ancón cuando era un niño. Bueno, casi niño: tenía catorce años y se coló con su hermano mayor. Recuerda el barro, la música, esa sensación de que el mundo podía ser distinto. Creció viendo a su hermano meterse de lleno en la movida hippie de los setenta, y él absorbió todo eso, pero con una diferencia: cuando le tocó escoger, no se fue al campo. Se quedó. Estudió diseño, montó un estudio de publicidad, tuvo hijos, se divorció, se volvió a casar. La vida, pues, pero nunca dejó de ser hippie. O eso cree él. Lo que pasa es que ser hippie a los cincuenta y pico, en plena ciudad, es un ejercicio de equilibrismo. Porque cómo le explicas a tus clientes que factures por PayPal pero que también creas fervientemente que el dinero es una construcción capitalista que nos esclaviza. Cómo cuadras que uses Uber pero odies la contaminación. Cómo justificas el iPhone último modelo cuando predicas sobre el consumismo.
«Yo no me contradigo», dice Andrés mientras edita un logo en su pantalla de veintisiete pulgadas. «Yo negocio. Es distinto. Uso las herramientas del sistema para no morir dentro del sistema».
Carolina tiene 52 años y es profesora de yoga. Empezó a los cuarenta y algo, cuando su vida corporativa se le vino encima como una avalancha de estrés y sinsentido. Trabajaba en una multinacional, ganaba bien, tenía carro del año. Un día se miró al espejo y no se reconoció. Renunció. Se inscribió en un curso de yoga en India —pagó con la tarjeta de crédito, cinco millones de pesos que todavía está terminando de pagar—. Volvió convertida.
Ahora vive en un apartamento en La Macarena. Chiquito, amoblado con cosas de segunda que compró en el mercado de las pulgas. Tiene treinta plantas. Todas tienen nombre. Les habla. Les pone música clásica porque leyó en internet que las hace crecer mejor. Da clases en su sala, máximo cinco personas por sesión. Cobra cien mil pesos la hora, que es lo que necesita para pagar arriendo, servicios, comida. No es mucho, pero es suficiente.
Tiene Instagram, obvio. Todos sus estudiantes la encontraron por ahí. Postea fotos haciendo asanas en su balcón, con los cerros de fondo. Los hashtags correctos: #yogabogota #namaste #mindfulness #vidaconsciente. Tiene tres mil seguidores. No es influencer ni aspira a serlo, pero entiende que en este mundo, si no estás en redes, no existes.
«Yo no vendí mi alma», dice mientras revisa los mensajes de WhatsApp Business donde la gente le pide cupos. «Yo adapté mi mensaje. Antes tenías que repartir volantes en la calle. Ahora tienes que estar en Instagram. Es lo mismo, solo que más efectivo».Pero también hay contradicciones que la atormentan. Como que pide domicilios de Rappi cuando está cansada. Como que compra su ropa en Zara porque en las tiendas de comercio justo todo cuesta el triple. Como que a veces, cuando el mes está duro, hace clases privadas para gente que le cae mal pero que paga bien.»La pureza es un privilegio», dice. «Y yo no me lo puedo dar».
Hay toda una generación de cincuentones que son hijos directos de esa explosión contracultural de los setenta, pero que les tocó vivir su adultez en un mundo que se volvió brutalmente pragmático. Los ochenta y noventa en Colombia fueron décadas jodidas: violencia, Pablo Escobar, carros bomba, toques de queda. No había espacio para comunas hippies. Había que sobrevivir.
Muchos de ellos hicieron lo que Andrés: estudiaron, trabajaron, tuvieron familias. Pero guardaron algo. Una brasa. Y cuando llegaron a los cincuenta, cuando los hijos crecieron o cuando el cuerpo empezó a mandar señales de alarma, esa brasa volvió a arder.
Diego tiene 58 años y es abogado. Especializado en derecho ambiental. Durante treinta años defendió empresas mineras porque pagaban bien y tenía una familia que mantener. Se odiaba cada vez que entraba a una corte a argumentar que una mina a cielo abierto no era tan grave. Pero pagaba el colegio de los hijos, las cuotas del apartamento, las vacaciones una vez al año.
Hace tres años se cambió de bando. Ahora litiga para ONGs ambientalistas. Gana una quinta parte de lo que ganaba. Pero duerme mejor. Usa su expertise legal —toda esa maquinaria jurídica que aprendió defendiendo lo indefendible— para tumbar proyectos extractivistas. «Tardé treinta años en llegar a donde quería estar a los veinte», dice. «Pero llegué. Y llegué con herramientas. Si me hubiera ido a sembrar yuca a una finca, no podría hacer lo que hago ahora».
Diego vive en Cedritos. Apartamento de clase media. Divorciado. Los hijos ya son independientes. Su vida es monástica en cierto sentido: trabaja, hace ejercicio, lee, medita. Los fines de semana va a caminatas por los cerros. No bebe alcohol desde hace diez años. Come vegano entre semana, carnívoro los domingos porque «la perfección es aburrida».
Tiene todos los aparatos. Computador último modelo, celular bueno, tablet para leer. «La tecnología no es el enemigo», repite. «El enemigo es la inconsciencia. Yo uso todo esto para hacer mi trabajo. Para documentar. Para denunciar. ¿Qué tiene de malo?»
Hay un patrón en estos cincuentones urbanos: casi todos pasaron sus treintas y cuarentas sintiéndose impostores. Trabajando en cosas que no les llenaban, acumulando cosas que no necesitaban, viviendo vidas que no habían elegido del todo. Y cuando llegaron a los cincuenta, cuando la muerte dejó de ser una abstracción y se volvió algo palpable —el primer infarto de un amigo, el cáncer de un conocido, las rodillas que crujen—, algo hizo clic.
«Los cincuenta son como un segundo chance», dice Marcela, 54 años, periodista freelance. «Ya hiciste todo lo que te dijeron que tenías que hacer. Ya fuiste responsable. Ya cumpliste. Ahora puedes empezar a vivir como realmente quieres».
Marcela trabajó veinte años en medios tradicionales. Televisión, radio, periódicos. Le pagaban bien, tenía prestaciones, vacaciones. Pero la noticia que cubría era siempre la misma: violencia, corrupción, violencia, corrupción. Se fue quemando por dentro.
Hace cuatro años renunció. Ahora escribe sobre medio ambiente, sobre comunidades indígenas, sobre proyectos de paz. Para revistas pequeñas, blogs, medios alternativos. Gana menos, obvio. Mucho menos. Pero escribe lo que quiere. «Es raro», dice. «Toda mi vida quise seguridad económica. Y ahora que la tengo medianamente resuelta —los hijos ya están grandes, el apartamento ya está pago— descubrí que no me importa tanto el dinero. Me importa el tiempo. Me importa levantarme sin angustia».
Vive en Chapinero. Apartamento viejo, techo alto, ventanales grandes. Lleno de libros, plantas, fotos de sus viajes. Trabaja desde la casa, lo cual para ella es un privilegio enorme. Se despierta sin alarma. Escribe en pijama hasta el mediodía. Sale a almorzar a restaurantes veganos del barrio —hay como seis ahora, cuando ella llegó no había ninguno—. En las tardes lee, investiga, ve documentales en Netflix.
«La gente cree que uno traicionó los ideales porque tiene Netflix», dice. «Pero ¿qué ideales traicioné? Yo no estoy trabajando para una corporación. No estoy consumiendo por consumir. Estoy pagando diez dólares al mes por acceso a todo el cine del mundo. Eso es ganancia, no pérdida».
El hippie urbano de cincuenta y pico años es una especie de mutante. Conoce el código del sistema porque vivió dentro de él durante décadas, pero lo usa para subvertirlo, para crear pequeñas grietas de libertad. Paga impuestos pero dona a causas radicales. Tiene tarjeta de crédito pero compra en mercados campesinos. Usa redes sociales pero para difundir mensajes antisistema.
Son pragmáticos de una manera que sus predecesores no podían ser. Entienden que la pureza es imposible en el mundo contemporáneo. Que no puedes vivir completamente por fuera del sistema a menos que te vayas a una montaña sin internet. Y la mayoría no quiere irse. Quieren quedarse, pelear desde adentro, contaminar el sistema con sus ideas.
Gustavo tiene 59 años. Es chef. Pasó treinta años cocinando en restaurantes de lujo, haciendo comida francesa, italiana, fusión asiática. Ganó premios. Salió en revistas. Se cansó.
Hace dos años abrió su propio lugar en San Felipe. Pequeño, veinte puestos. Solo comida de la región, solo productos locales, solo de temporada. Nada de salmón importado ni quinua del Perú. Yuca, plátano, achiote, panela, bocadillo. Cocina colombiana, pero elevada, sofisticada. Los platos cuestan lo mismo que en un restaurante de lujo pero todo es consciente: de dónde viene, quién lo produce, cómo llegó hasta su cocina.
«No voy a salvar el mundo con mi restaurante», dice mientras pica cilantro. «Pero al menos no estoy perpetuando un sistema donde el salmón viaja diez mil kilómetros para llegar al plato de un bogotano. Es mi pequeña revolución. Chiquita, pero mía».
Gustavo tiene iPhone, iPad, laptop. Su restaurante tiene Instagram, Google Maps, página web. Acepta pagos por datafono, por PSE, por Nequi. «Todo eso es tecnología», dice. «Yo uso la tecnología. La tecnología no me usa a mí. Esa es la diferencia».
Lo que une a todos estos cincuentones es que llegaron a un punto donde se dieron cuenta de que el tiempo se está acabando. No dramáticamente, no con pánico, pero sí con claridad. Ya no tienen cuarenta años por delante para inventarse. Tienen veinte, veinticinco si les va bien. Y entonces la pregunta se vuelve urgente: ¿cómo quiero vivir estos años que me quedan?
Y la respuesta, casi siempre, es: de una manera que me haga sentido. Sin mentiras. Sin máscaras. Sin pretender ser quien no soy.
Patricia tiene 55 años. Es arquitecta. Construyó edificios, centros comerciales, conjuntos residenciales. Le pagaban muy bien. Odiaba cada proyecto. «Yo destruía el paisaje por dinero», dice sin dramatismo. «Así de simple. Tomaba un lote verde y lo convertía en concreto».
Hace cinco años se especializó en bioconstrucción. Ahora solo hace casas pequeñas, sostenibles, con materiales locales. Cobra menos, trabaja más, porque cada proyecto es prácticamente artesanal. Pero está feliz.
«A esta edad ya no puedo mentirme más», dice. «Ya no puedo decir ‘es solo trabajo’. No es solo trabajo. Es mi vida. Y si mi vida consiste en destruir lo que amo, entonces qué sentido tiene».
Vive en La Soledad. Apartamento de los años cincuenta que ella misma remodeló con criterios de sostenibilidad: ventilación cruzada, luz natural, materiales reciclados. Tiene Alexa, pero solo porque se la regalaron y le da pereza devolverla. Pide domicilios, ve series, usa Uber cuando llueve. Vive en la contradicción sin angustia.
«¿Que si soy hippie?», dice cuando le pregunto. «No sé. Creo en la comunidad, en la tierra, en vivir con menos. Pero también me gusta el agua caliente y la fibra óptica. ¿Eso me descalifica? Que me descalifiquen entonces. Me da igual. Ya no estoy en edad de buscar aprobación».
Tal vez esa sea la mayor diferencia entre el hippie joven y el hippie de cincuenta y pico: el segundo ya no necesita demostrarle nada a nadie. No necesita ser puro. No necesita ser consistente todo el tiempo. Puede usar Rappi y seguir creyendo en el decrecimiento. Puede tener iPhone y hablar de espiritualidad. Puede ser todo eso al mismo tiempo porque la vida le enseñó que la perfección es enemiga de lo posible.
Son hippies adaptados, domesticados quizás, pero no vencidos. Siguen creyendo que otro mundo es posible, solo que ahora entienden que ese otro mundo tiene que construirse con lo que hay. Con las herramientas disponibles. Con las contradicciones incluidas.Tal vez no cambien el mundo. Pero es algo. Es resistencia. Es una grieta en el muro. Y a veces, eso tiene que ser suficiente.
