El mundo se derrumba.Trump y Putin se frotan las manos y Europa mira para otro lado.Hay algo inquietante en ver morir a un gigante en cámara lenta. Europa, esa idea que durante décadas pareció el destino inevitable de la civilización —próspera, culta, ordenada—, está perdiendo la partida sin que nadie dispare un solo tiro. No hay invasiones ni colapsos espectaculares. Solo números que no cuadran, fábricas que cierran, y una sensación creciente de que el futuro se está escribiendo en otros lugares.
Los datos son implacables, aunque con poco glamur. En el año 2000, Estados Unidos y la Unión Europea jugaban en la misma liga económica. Hoy, la economía estadounidense se proyecta en 30,5 billones de dólares mientras la europea apenas alcanza los 20 billones. Más humillante aún: China, que hace un cuarto de siglo era una economía modesta de 1,2 billones, está a punto de empatar con toda la UE con sus 19,2 billones. No es que Europa haya colapsado; simplemente dejó de crecer al ritmo del resto del mundo, como un corredor que se detiene a mitad de carrera para revisar si llevó bien atados los zapatos.
Mario Draghi, el exbanquero central que salvó al euro con una frase («haré lo que sea necesario»), ha vuelto con un diagnóstico que nadie quiere escuchar pero todos saben que es cierto. Su informe sobre competitividad europea es demoledor: el continente necesita invertir 800.000 millones de euros adicionales cada año —sí, cada año— solo para mantenerse relevante en tecnología, defensa y transición energética. Es más dinero del que representó el Plan Marshall en términos relativos. Y la pregunta que nadie se atreve a responder con franqueza es: ¿de dónde va a salir?
La guerra en Ucrania destapó una verdad incómoda: Europa construyó su modelo industrial sobre cimientos que no le pertenecían. Durante décadas, el gas ruso barato alimentó las fábricas alemanas y los hogares polacos. Ese grifo se cerró, y lo que vino después ha sido una pesadilla para cualquier ejecutivo de manufactura.
BASF, el gigante químico alemán, está cerrando plantas. ArcelorMittal apaga altos hornos. Volkswagen, el símbolo del poder industrial germano, mira hacia Estados Unidos y China para sus nuevas inversiones. La razón es simple y brutal: la electricidad en Europa cuesta el doble que en Estados Unidos, y el gas natural puede ser hasta cinco veces más caro. Es como competir en una carrera donde tu auto arranca con el tanque a la mitad.
La paradoja es cruel. Europa apostó todo a ser el líder de la transición verde, pero su estrategia del hidrógeno se tambalea entre retrasos regulatorios y costos prohibitivos. Alemania tenía planes de instalar 10 gigavatios de capacidad de electrólisis para 2030; a principios de 2025 apenas llegaba a 181 megavatios. Mientras tanto, Estados Unidos reparte subsidios simples y directos, y China construye plantas enteras antes de que Bruselas apruebe los permisos.
Silicon Valley y Shenzhen definen el futuro; Europa lo regula. Es un chiste que se cuenta en los círculos tecnológicos, pero está dejando de ser gracioso. En la carrera de la inteligencia artificial, el continente ni siquiera aparece en las fotos. Amazon, Microsoft y Google controlan la nube que sostiene la economía digital europea. Los modelos de IA más avanzados se entrenan en servidores estadounidenses con chips diseñados en California y fabricados en Taiwán.
Europa tiene una joya tecnológica: ASML, la empresa holandesa que fabrica las máquinas que permiten hacer los chips más sofisticados del planeta. Pero ni siquiera eso le pertenece del todo. Washington decidió que ASML no puede vender sus equipos más avanzados a China, y Holanda obedeció. No hubo debate, no hubo compensación. Europa sacrificó los ingresos de su campeón tecnológico en el altar de una disputa geopolítica ajena.
Cuando Rusia invadió Ucrania, Europa despertó de golpe y prometió armarse. El gasto militar se disparó hasta los 381.000 millones de euros. Suena impresionante hasta que revisas en qué se gasta ese dinero: el 78% de las compras de defensa entre 2022 y 2023 fueron a proveedores fuera de la UE, y el 63% directamente a Estados Unidos.
Europa está comprando aviones F-35, misiles Patriot y sistemas HIMARS. Equipos excelentes, pero estadounidenses. Cada compra refuerza una dependencia que durará décadas: repuestos, actualizaciones de software, municiones. Todo pasa por Washington. La autonomía estratégica que promete Bruselas se diluye en contratos firmados con Lockheed Martin y Raytheon.
Hasta en el espacio, ese dominio que alguna vez dominó con el programa Ariane, Europa depende ahora de Elon Musk. La Agencia Espacial Europea tuvo que contratar a SpaceX para lanzar satélites de Galileo, su propia constelación de navegación. El Ariane 6 finalmente voló, pero llegó tarde y caro a un mercado que ya habla en términos de cohetes reutilizables y lanzamientos semanales.
Nada de esto se arregla porque el motor político europeo está agripado. Francia vive en parálisis legislativa desde que Emmanuel Macron disolvió la Asamblea y se encontró con un parlamento fragmentado incapaz de aprobar presupuestos coherentes. Alemania, mientras tanto, atraviesa su transición post-Merkel sin rumbo claro, dividida entre la nostalgia del freno de deuda y la urgencia de invertir.
Y luego está Viktor Orbán. El primer ministro húngaro ha perfeccionado el arte del chantaje institucional: usa su veto para bloquear ayuda a Ucrania, sanciones a Rusia o cualquier iniciativa que no le convenga, hasta que Bruselas suelta los fondos europeos que le tienen congelados por problemas de estado de derecho. Un solo país puede secuestrar a todo el bloque, y esto no va a cambiar porque reformar los tratados requiere… unanimidad.
Detrás de todo esto hay un problema que ningún plan de inversión puede resolver: Europa se está quedando sin gente. La población de la UE alcanzó su pico y ahora declina. Para 2100, podría caer de 750 millones a 590 millones. Alemania perderá millones de trabajadores en la próxima década cuando los baby boomers se jubilen. Menos gente trabajando significa menos crecimiento, menos innovación, menos recaudación fiscal para pagar pensiones cada vez más abultadas.
La solución lógica es la inmigración, pero Europa ha decidido que políticamente es impresentable. Los partidos de extrema derecha avanzan en las urnas, los gobiernos centristas endurecen las fronteras, y países como Francia, Irlanda y Finlandia aprueban leyes más restrictivas. Necesitan trabajadores, pero no quieren extranjeros. Es un problema sin salida.
Hacia 2040, Europa puede terminar en alguno de estos lugares. El primero es el «museo a cielo abierto»: rica, hermosa, irrelevante. Especializada en turismo, vino y bolsos de lujo, pero sin peso en las decisiones que importan. Dependiente de Estados Unidos para su seguridad y de China para todo lo que necesite fabricar.
El segundo es la «fortaleza asediada»: fragmentación total. El mercado único se rompe, los estados vuelven a las fronteras y las barreras comerciales. Europa deja de ser un bloque y se convierte en un tablero de ajedrez donde Washington y Pekín mueven piezas.
El tercero, el menos probable, es el «renacimiento federal». Un momento de lucidez colectiva donde los líderes europeos aceptan emitir deuda común, eliminar el veto nacional y construir una defensa e industria propias. Europa mantiene su lugar como tercer polo global, más pequeño que antes pero autónomo.
