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La locura del vino barato

El vino ya no es cosa de ricos: cómo D1 y Ara le cambiaron el trago a Colombia.Hay algo raro pasando en los carritos de compras de este país. Entre el arroz, los huevos y el papel higiénico, cada vez más colombianos están metiendo botellas de vino. No cualquier vino, claro. No esos que vienen con nombres franceses imposibles de pronunciar ni los que cuestan lo mismo que un mercado completo. Hablamos de vinos que parecen ser demasiado baratos para ser buenos, pero que están ahí, en las góndolas de D1 y Ara, cambiándole la cara al negocio.

Para 2026, el vino dejó de ser ese lujo aspiracional que uno compraba solo para las fechas especiales o para impresionar a alguien. Ahora es parte de la rutina, del miércoles cualquiera, del domingo en chanclas. Y la clave de esta democratización etílica tiene nombre y apellido: el modelo de hard discount, ese invento que consiste en vender barato, muy barato, sin tantos adornos ni marketing inflado.

Pongámoslo así: mientras en el Éxito o en Carulla una botella de Gato Negro te puede salir entre $36.000 y $67.000, en D1 te llevas un Quinta Las Cabras por $16.950. El mismo formato, los 750 mililitros de siempre, pero con una diferencia de precio que en algunos casos supera el 200%. No es que uno sea champán y el otro vinagre. Es que el modelo de negocio es otro.

D1 y Ara se saltaron a los intermediarios, fueron directo a las bodegas —chilenas, portuguesas, argentinas, españolas— y les dijeron: «Dennos volumen, nosotros les damos mercado». Así de simple y así de brutal. Las marcas propias les permiten vender sin pagar la pauta publicitaria que sí tienen que pagar los Casillero del Diablo de la vida, que por cierto en las tiendas tradicionales andan por los $84.000.

Si hay un vino que merece su propia serie de Netflix en este país, ese es Pinta Negra. Hecho por la bodega portuguesa Adega Mãe, este tinto se convirtió en el héroe silencioso de las mesas colombianas. Tanto, que Colombia terminó siendo el principal mercado de exportación de esa viña. Sí, leyó bien: una bodega portuguesa que vende más acá que en su propia tierra.¿La razón? D1 lo metió por todas partes. Lo hizo ubicuo, inevitable. Y a $22.950 la botella, o $64.950 el Bag-in-Box de 3 litros (ese invento genial que mantiene el vino fresco después de abierto), la gente lo probó, le gustó, y no paró.

El Pinta Negra es frutal, amable, no te complica la vida. Uvas Castelão y Tempranillo que saben a cereza y mora, con taninos medios que no te rascan la garganta. Es el tipo de vino que acompaña una pasta cualquiera un martes en la noche sin pretensiones de grandeza. Y eso, en un país que históricamente le ha tenido más cariño al aguardiente que a la uva, es decir bastante.

La columna vertebral de D1 sigue siendo chilena. Quinta Las Cabras, producido por Viña La Rosa en el Valle de Cachapoal, específicamente en Peumo —uno de esos terruños que los entendidos pronuncian con reverencia—, es el caballo de batalla. Son vinos industriales, sí, hechos en cantidades masivas bajo la supervisión de gente que sabe cómo sacarle consistencia a un viñedo del tamaño de varias fincas cafeteras juntas.

¿Son complejos? No siempre. Las versiones de entrada, como el Cabernet Sauvignon 2023, pueden ser un poco planas, con una acidez que a veces pide a gritos que abras la botella media hora antes de servirla. Pero las versiones Reserva ya son otro cuento: ahí entra madera, vainilla, especias, y el vino empieza a portarse como debe.

Del lado argentino, el Compadre Gran Malbec se robó el show. Mendoza en una botella de $25.950, con ese color profundo y esos aromas a frutos negros maduros que hacen que uno entienda por qué Argentina no para de hablar de su Malbec. Es el vino para el asado, para la parrilla del domingo,para cuando uno le está cayendo a  una vecina, para cuando uno quiere algo con presencia sin vaciarse los bolsillos.

Tiendas Ara decidió jugar otra carta. Mientras D1 se quedó con Chile como base, Ara se fue más para el lado portugués y exploró rincones menos obvios. Terras do Pó, de Casa Ermelinda Freitas —una bodega con más de un siglo en la Península de Setúbal—, es su estandarte. A $14.400, es casi un regalo. Y no es un vino cualquiera: Syrah, Castelão, Touriga Nacional, un blend complejo que tiene más cuerpo y estructura de lo que uno esperaría por ese precio.

Pero la joya escondida de Ara es el Eira dos Mouros, un blanco español de Ribeiro, en Galicia, hecho con uva Treixadura. Uno lo ve ahí, entre los vinos de $15.000, y no entiende qué hace algo así en una tienda de descuento. Tiene notas de frutas tropicales, mango, esa mineralidad salina de los suelos gallegos que te hacen pensar en el mar. Es el tipo de vino que rompe todos los prejuicios que uno pueda tener sobre el hard discount.

Acá viene la parte incómoda pero necesaria. Mucha gente abre una botella de Quinta Las Cabras o de Pinta Negra y lo primero que le llega es un olor raro. Como a jabón, a químico, a algo que definitivamente no debería estar en una copa. Y el reflejo inmediato es pensar: «Me vendieron veneno».

Respire hondo. No está envenenado. Lo que pasa es que estos vinos, por su producción industrial y el uso de sulfitos para estabilizarlos durante el viaje desde Europa o Chile, a veces desarrollan compuestos de azufre que se quedan atrapados en la botella. Técnicamente se llama «reducción». Suena feo, huele peor, pero la solución es ridículamente simple: dejar respirar el vino.Quince minutos. Media hora si tiene paciencia. O agítelo en la copa como si estuviera lavando platos. El oxígeno hace su magia, esos olores raros se evaporan, y lo que queda es la fruta, la uva, el vino como debe ser. Es el consejo que cualquier sommelier le daría, pero que casi nadie le dice al que compra en D1: no juzgue el vino en el primer trago.

Otro error clásico: servir el vino tinto a temperatura ambiente en un país donde «temperatura ambiente» puede significar 28 grados en Cali o 30 en Barranquilla. Eso no es temperatura ambiente, eso es sopa.Los tintos jóvenes, esos Pinta Negra, Los Ríos Malbec, Alto Los Romeros, hay que servirlos entre 14 y 16 grados. Meta la botella al refri una media hora antes. Los blancos, más fríos todavía: 8 a 10 grados. Los espumosos, en el congelador un rato corto, que lleguen a 6 u 8 grados.Bajar la temperatura no es un capricho de sommelier esnob. Es que el alcohol, cuando está caliente, se siente más agresivo, más rasposo. Y en vinos industriales, donde no todo está perfectamente balanceado, esa frescura ayuda a que el trago se sienta más redondo, más amable.

Lo interesante de todo esto no es solo que el vino sea más barato. Es que se está integrando a la cultura gastronómica del país de una manera que antes no existía. El Compadre Gran Malbec va perfecto con un asado huilense. El Vinho Verde o el Eira dos Mouros son ideales para pescado y mariscos. El Pinta Negra no compite con una pizza o una pasta con salsa de tomate, sino que la acompaña sin estorbos.

Y los espumosos, esos Proseccos y rosados burbujeantes que antes parecían reservados para bodas y graduaciones, ahora están en las reuniones de cualquier tarde, con aperitivos y bocadillos, sin tanta ceremonia.

Hacia el final de 2026, el panorama se ve más o menos claro. Los formatos alternativos están llegando: vinos en lata para consumo individual, presentaciones más pequeñas, certificaciones de sostenibilidad que antes nadie pedía pero que ahora empiezan a importar. Las bodegas están reduciendo el peso del vidrio de las botellas para bajar la huella de carbono del transporte. El discurso verde está llegando incluso a las góndolas del hard discount.

Y mientras la cerveza y el aguardiente se han encarecido con la inflación, el vino en D1 y Ara se ha mantenido relativamente estable. Eso lo ha convertido en una alternativa no solo accesible sino estratégica para el bolsillo del colombiano promedio.

Al final, lo que D1 y Ara lograron no fue solo vender vino barato. Fue quitarle al vino esa aura de inalcanzable, de cosa de gente con plata o con apellidos europeos. Le dieron un lugar en la mesa de todos los días, en la nevera al lado de la Coca-Cola, en el carrito de compras junto a las lentejas.

¿Son vinos perfectos? No. ¿Vas a encontrar matices y complejidades que te hagan llorar de emoción? Probablemente tampoco. Pero son honestos, técnicamente sólidos, y cumplen. Y si uno aprende a servirlos bien, a darles su tiempo para respirar, a no juzgarlos por el precio, resulta que $18.000 pueden dar mucho más de lo que uno imagina.

Porque al final, el mejor vino no es el más caro ni el que tiene la etiqueta más bonita. Es el que uno puede tomar sin culpa, sin endeudarse, y que acompaña bien la vida. Y eso, en 2026, Colombia lo entendió.

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