Mad Men es de esas series que retratan, todo lo que hoy estaría mal: Machismo, misoginia, bullying , cigarrillos y tragosQuince años después de su estreno, la serie sigue siendo una herida abierta en la televisión moderna, un espejo incómodo que refleja no solo los años sesenta, sino todo lo que fingimos haber superado.
Matthew Weiner escribió el piloto en el año 2000, cuando trabajaba en Becker y se sentía profundamente insatisfecho. Ese guion, «Smoke Gets in Your Eyes», era su boleto de salida: una carta de amor obsesiva a la Madison Avenue de los sesenta, pero también una autopsia despiadada del sueño americano.
HBO lo rechazó. Luego David Chase —el cerebro detrás de Los Soprano— lo contrató para escribir en su serie, pero se negó a producir Mad Men. Fue solo hasta que AMC, desesperada por tener contenido original, le dio luz verde, que la serie finalmente encontró su hogar.
El 19 de julio de 2007, cuando se estrenó, nadie imaginaba que una serie sobre publicistas bebiendo whisky y fumando sin parar iba a convertirse en la primera producción de cable básico en ganar el Emmy a Mejor Serie Dramática. Lo hizo cuatro veces consecutivas.
Lo que Weiner entendió desde el principio es que la nostalgia vende, pero solo si está contaminada. Mad Men no es un ejercicio romántico sobre tiempos mejores. Es, como él mismo lo definió, «ciencia ficción en el pasado»: usar la década del sesenta como una máquina del tiempo para hablar de todo lo que hoy nos incomoda. El racismo casual. El machismo estructural. La soledad disfrazada de éxito.
Don Draper, interpretado por Jon Hamm con una mezcla de magnetismo y vacío existencial, es el centro gravitacional de todo. Es el hombre que todos quieren ser y que nadie debería imitar. Bajo el traje impecable y la mandíbula cuadrada se esconde Dick Whitman, un impostor que robó la identidad de un teniente muerto en Corea para escapar de un pasado miserable. Don vende sueños porque él mismo es uno: una invención pulida que se desmorona cada vez que se mira al espejo.
A su alrededor orbitan personajes igual de complejos. Peggy Olson, interpretada por Elisabeth Moss, empieza como secretaria y termina siendo directora creativa, pero el camino no es una fábula inspiradora. Es doloroso. Entrega a su hijo en adopción, soporta humillaciones constantes y aprende que para subir en ese mundo hay que tragarse pedazos de una misma.
Joan Holloway, con Christina Hendricks en uno de los papeles más sutiles de la serie, usa su conocimiento de las dinámicas masculinas para sobrevivir, hasta que finalmente se abre paso hacia la libertad empresarial. Pete Campbell, Roger Sterling, Betty Draper: todos son arquitecturas de contradicciones.
La serie avanza cronológicamente por los sesenta, usando eventos históricos como puntos de quiebre. Las elecciones de 1960. La crisis de los misiles. El asesinato de Kennedy. El de Martin Luther King Jr. Cada uno de estos momentos no es un adorno, sino una grieta que expande la fisura interna de los personajes. Cuando Neil Armstrong pisa la luna, Don Draper está más perdido que nunca.
Mad Men se despliega en siete temporadas, cada una con su propia temperatura emocional. La primera es la del descubrimiento: esta gente es horrible, pero no podemos dejar de mirarlos. La cuarta, con el episodio «The Suitcase», alcanza su punto más alto: una conversación nocturna entre Don y Peggy que funciona como el corazón latente de toda la serie. La séptima, partida en dos, es la del desenlace inevitable: la agencia independiente es absorbida por el gigante McCann Erickson, y los personajes se dispersan en oficinas grises y despersonalizadas.
El final sigue siendo tema de debate. Don, después de un viaje errático por el país, termina en un retiro espiritual en California. Medita en un acantilado. Sonríe. Y luego aparece el anuncio de Coca-Cola «Hilltop», el más icónico de la historia. La pregunta es simple y brutal: ¿encontró Don la paz o simplemente convirtió su crisis existencial en la mejor campaña de su vida? Weiner nunca responde. Y esa ambigüedad es perfecta.
La serie ganó16 Emmys, 5 Globos de Oro y fue nombrada Programa del Año por el American Film Institute casi todos los años que estuvo al aire. The Guardian la ubicó como la tercera mejor serie del siglo XXI, solo detrás de The Sopranos y The Wire.
Hace poco, con el relanzamiento en 4K, hubo un pequeño escándalo: por un error técnico, algunas escenas mostraron elementos de producción que no debían verse. El más famoso fue el «hombre de la máquina de vómito» visible en la escena donde Roger Sterling vomita ostras. Los fans enloquecieron. Diez años después del final, seguimos obsesionados con los detalles.
Mad Men no es solo una serie sobre publicidad. Es un tratado sobre la impostura. Sobre cómo todos somos, en cierta medida, Don Draper: vendiendo una versión retocada de nosotros mismos, tratando de convencer al mundo —y a nosotros— de que sabemos lo que estamos haciendo. La imagen de los créditos iniciales, ese hombre cayendo entre edificios, sigue siendo la metáfora perfecta. Todos caemos. La diferencia está en cómo aterrizamos.
