Hay imágenes que trascienden su momento. Que se pegan a la retina colectiva y ya no salen más. La del Che Guevara mirando al horizonte con esa mezcla de rabia y dolor es probablemente la más reproducida de la historia. Está en camisetas de adolescentes que no saben quién era, en carteles de protesta, en muros de bares hipsters, hasta en bikinis. Una paradoja ambulante: el rostro del revolucionario anticapitalista convertido en una de las marcas más rentables del planeta.
Pero esa foto no nació en un estudio. Tampoco fue posada. Surgió de la tragedia.
El 4 de marzo de 1960, un barco francés llamado La Coubre llegó al puerto de La Habana cargado con 76 toneladas de municiones y granadas que venían desde Bélgica. Cuba necesitaba armamento. Estados Unidos ya le había cerrado las puertas y la paranoia de una invasión no era infundada—un año después vendría Bahía de Cochinos.
A las tres y diez de la tarde, mientras los estibadores descargaban la bodega, el barco explotó. La detonación se escuchó en media ciudad. Pero lo peor vino después: treinta minutos más tarde, cuando bomberos, soldados y civiles se amontonaban en el muelle tratando de rescatar sobrevivientes, hubo una segunda explosión. Una trampa clásica. El saldo final fue devastador: entre 75 y 100 muertos, más de 200 heridos.
El Che estaba en una reunión del Instituto de Reforma Agraria cuando vio la columna de humo. No lo pensó dos veces. Manejó directo al desastre. Durante horas atendió heridos entre el fuego y el caos, con el uniforme manchado de sangre. Esa noche el Che no durmió con las certezas de un guerrillero victorioso. Durmió con la cara del imperialismo grabada en las quemaduras de los obreros cubanos.
Al día siguiente hubo un funeral masivo. Fidel habló desde una tribuna en la calle 23, frente al Cementerio de Colón. Ahí estaban Sartre y Simone de Beauvoir, fascinados con el proceso revolucionario. Y también estaba Alberto Korda.
Korda no era un fotoperiodista de guerra. Era un tipo de moda. Antes de la revolución tenía un estudio exitoso en La Habana, fotografiaba modelos elegantes.El triunfo de los barbudos lo sedujo. Ofreció sus servicios al periódico Revolución y llevó consigo algo que otros fotógrafos no tenían: un ojo entrenado en la belleza, en la composición, en capturar no solo el momento sino la estética del momento.
Ese 5 de marzo llevaba su Leica M2 con un lente de 90mm. Película Kodak Plus-X Pan, blanco y negro, grano fino. Korda estaba ahí para fotografiar a Castro y a los franceses ilustres. El Che se mantenía en segundo plano. Pero en un instante—apenas unos segundos—Guevara dio un paso hacia adelante, se asomó a la barandilla y miró hacia la multitud. O quizás hacia el puerto donde yacían los restos de La Coubre.
Korda vio esa expresión y disparó dos veces. Rápido. Instintivo. Después el Che retrocedió y desapareció entre los demás líderes.
Cuando reveló los negativos, Korda se topó con un problema: en el encuadre aparecían el perfil de un periodista argentino y las ramas de una palmera. Pero la mirada del Che era tan potente que decidió hacer un recorte en el cuarto oscuro. Eliminó lo que sobraba, enderezó el horizonte. Lo que quedó fue el Che aislado contra un cielo gris, sin contexto, sin tiempo, sin lugar. Puro ícono.
Los editores de Revolución no la usaron. Prefirieron una foto de Fidel. La imagen del Che quedó archivada. Korda hizo una copia para él y la colgó en la pared de su estudio. Ahí se quedó durante siete años.
No fue sino hasta 1967 que la foto salió al mundo. Y lo hizo de la mano de un millonario comunista italiano llamado Giangiacomo Feltrinelli. Este tipo era una contradicción viviente: heredero de una fortuna industrial, editor brillante—publicó Doctor Zhivago desafiando a la URSS—y militante radical que terminaría muriendo en circunstancias extrañas mientras intentaba volar una torre eléctrica.
En agosto de ese año, Feltrinelli llegó a La Habana buscando una imagen potente del Che para una campaña de solidaridad. El guerrillero estaba desaparecido, peleando en Bolivia. Feltrinelli visitó el estudio de Korda con una carta de recomendación del gobierno. Korda señaló la foto en la pared: “Esta es mi mejor foto del Che”. Le imprimió dos copias de 30×40 y se las entregó.
—¿Cuánto le debo? —preguntó Feltrinelli.
—Nada. Como amigo de la revolución, es un regalo.
Esa generosidad ideológica le costó cara a Korda. Feltrinelli se llevó las copias a Milán sin ningún contrato, sin restricciones. Cuando el 9 de octubre de 1967 el Che fue ejecutado en Bolivia, Feltrinelli mandó a imprimir miles de carteles con la foto. Les puso su propia marca: “© Libreria Feltrinelli 1967”. La imagen inundó Europa.
Pero hubo otro jugador clave: Jim Fitzpatrick, un artista irlandés que había conocido al Che de pibe, cuando Guevara hizo escala en un hotel donde Fitzpatrick trabajaba de barman. Tras la muerte del revolucionario, Fitzpatrick quiso rendirle tributo. Consiguió una copia de la foto—probablemente a través de la revista anarquista holandesa Provo—y la transformó. La pasó por un filtro de alto contraste, la redujo a negro y rojo, elevó la mirada, alargó el pelo. La convirtió en un gráfico pop perfecto para serigrafía barata, para camisetas, para stencils callejeros.
Y lo mejor: Fitzpatrick decidió no registrar el copyright. Quería que se reprodujera “como conejos”. Esa versión—la de Fitzpatrick basada en Korda—fue la que se convirtió en el estandarte de las protestas de 1968 en París, Praga, México, Berkeley.
Pero aquí viene la ironía macabra: con el tiempo, esa imagen de rebeldía se volvió mercancía. La cara del Che empezó a aparecer en relojes de lujo, bikinis, bebidas energéticas, cajetillas de cigarrillos. El hombre que predicaba la austeridad y el sacrificio terminó siendo un producto más del capitalismo que tanto odiaba.
Korda nunca vio un centavo de todo eso. Vivía modestamente en La Habana. Nunca cobró por el uso político o artístico de la imagen. Pero en el año 2000, cuando vio que Smirnoff estaba usando la cara del Che para vender vodka, explotó. “El Che nunca bebió, no era un borracho”, dijo. Demandó. Ganó 50 mil dólares en un acuerdo extrajudicial. Los donó completos al sistema de salud cubano para comprar medicamentos para niños.
Korda murió en París en 2001. Sus herederos siguieron peleando batallas legales contra el uso comercial de la foto. Ganaron algunas, perdieron otras. Pero la imagen ya era imparable.
Hoy, más de sesenta años después de aquel disparo en una Leica, la mirada del Che sigue ahí. En las paredes, en las remeras, en las protestas. Despojada de contexto, convertida en símbolo flotante de rebeldía, de idealismo, de lo que sea que cada quien quiera ver en ella.
Pero en el fondo, si uno se detiene y mira bien esos ojos, todavía está la tragedia de La Coubre. Todavía está la sangre en el muelle. Todavía está ese dolor y esa rabia que Korda capturó en una fracción de segundo.
Una imagen nacida del desastre. Destinada a ser inmortal.
