Generic selectors
Coincidencias exactas únicamente
Buscar un título
Buscar contenido
Post Type Selectors

Atardescentes

¿Vamos a cine?

Picture of Gabriel Lievano

Gabriel Lievano

FECHA:

CATEGORÍA:

Relatos de Koco

Mis primeros acercamientos al maravilloso mundo del séptimo arte no fueron, exactamente, en una sala de cine. Inicialmente, lo más cercano a ello fueron los cómics.En los años 60 me divertía con las travesuras y disparates de Tuco y Tico, las urracas parlanchinas; la vida en Riverdale con Archie, Torombolo y Verónica; en el Viejo Oeste, Red Ryder y su inseparable Castorcito, un niño sioux huérfano adoptado por él; las aventuras de Toby, Lalo, Fito y Anita, los inseparables amigos de la pequeña Lulú; Linterna Verde, Aquaman y Superman, de los primeros héroes con poderes; y Tarzán, el rey de la selva, junto a su séquito de animales: Chita, la chimpancé; el malgeniado Terek, el gorila; y Tantor, el torpe elefante.

La influencia latina en los cómics vino de la mano de El Santo, el Enmascarado de Plata; el mago Kalimán y sus peripecias; y el terror hecho cuento del Dr. Mortis, todos ellos, curiosamente, en color sepia. Por otra parte, esperaba con ansiedad las lecturas dominicales del periódico, en particular la separata de tiras cómicas: El Fantasma, personaje algo andrógino que vivía en la selva en una caverna cuya entrada tenía forma de calavera; Mandrake el Mago y su inseparable Narda; Benitín y Eneas, amigos de infortunios; Pancho y Ramona, él nuevo rico y ella, esposa gruñona y engreída; los incuestionables Dick Tracy y Roldán el Temerario, acompañados del típico gamín bogotano, Copetín, y su gallada de amigos.

Hasta ahí, lo más parecido a secuencias, viñetas, diálogos y onomatopeyas. La colección de cómics que teníamos, algo así como 300 ejemplares, nos producía ganancias cuando, en vacaciones y con la complicidad de mis hermanos, los alquilábamos a los amigos en el garaje-jardín de nuestra casa por irrisorios centavos. Convertimos el lugar en una sala de lectura donde, en cualquier rincón o tirados en el césped, disfrutaban de las aventuras de los personajes. Era lo más parecido a una sala de cine.

Mi segundo acercamiento al cine tuvo que ver con las radionovelas. Me deleitaba en las tardes lluviosas escuchando las historias de Kalimán y su fiel Solín; El derecho de nacer provocó en mí varias lágrimas de emoción; disfruté cada capítulo de Kadir, el árabe y La ley contra el hampa. Los efectos de sonido a través del radio transistor hacían que mi imaginación volara a mundos inimaginables. Todo esto gracias a Eduvina Alarcón, más conocida como “Uvita”, la señora que nos acompañó durante casi 40 años y que, en sus oficios hogareños, se distraía con la radio (ni hablar de oír rancheras en Radio Metropolitana).

En mi tercer acercamiento al cine no podía faltar la “caja mágica”, que ya, en sus primeros años, hacía parte del mobiliario hogareño. Nos reuníamos horas frente a ella, sorprendidos e incrédulos ante esas imágenes en blanco y negro y en movimiento, acompañadas de sonidos indescriptibles. Cómo olvidar a Rin Tin Tin, el único perro —pastor alemán— del Viejo Oeste; o al legendario Llanero Solitario, acompañado de su fiel escudero Toro y su inseparable caballo blanco, Plata. Tampoco despegaba la mirada de Perdidos en el espacio, la primera serie intergaláctica; Simón Templar, “El Santo”, espía inglés con ínfulas de 007; El túnel del tiempo; Los vengadores, con la bella señora Peel; el único caballo que hablaba, Mr. Ed; La dimensión desconocida y tantos otros más.

Promediando los 9 o 10 años entré oficialmente en contacto con el cine. De las primeras películas en pantalla grande —en blanco y negro, mexicanas en su mayoría— recuerdo a Cantinflas, vistas gracias a la programación que esporádicamente organizaba el párroco de la iglesia. Posteriormente, y gracias a la fiebre de los cómics, se popularizó la costumbre de ir los domingos a matinal (una de las cuatro funciones que ofrecían los teatros, de 10:00 a 11:30 a. m.) a “cambiar cuentos” en la antesala de la proyección. Frecuentaba los cercanos a mi casa: La Castellana, El Almirante y El Chicó. Una vez dentro, íbamos de puesto en puesto preguntando quién quería cambiar cómics. Visitábamos la dulcería y disfrutábamos las colombinas Charms —de limón y cereza, nuestras favoritas—, los Lifesavers de sabores, dulces masticables en forma de salvavidas, y las tradicionales crispetas con gaseosa Kist.

Con el tiempo, y gracias a la buena costumbre de mis padres de ir al cine todos los domingos, empecé a acompañarlos cuando la película era apta para todo público. Íbamos a la función de la tarde, matiné (de 3:30 a 5:30 p. m.), generalmente al Teatro Scala, en la calle 72 (hoy transformado en cancha de fútbol 5), o al Teatro Libertador, en el pasaje de la calle 63 entre carrera 13 y Caracas (hoy convertido en iglesia). De vez en cuando íbamos al Teatro San Carlos, escondido en un hall en la carrera 13 con calle 62, o al Teatro Aladino, de arquitectura art déco, uno de los pocos con “gallinero” en la parte más alta, desde donde se veía la película en un ángulo de 45° (hoy funciona allí una famosa librería y papelería).

Posteriormente, ya en mi adolescencia, mis preferidos fueron el Teatro Radio City —donde vi por primera vez la técnica de Cinerama, con tres cámaras sincronizadas y una pantalla panorámica de más de 180°, acompañada de sonido Sensurround—. Allí vi La conquista del oeste. También frecuenté el Teatro Metro de Teusaquillo (hoy convertido en sala de billares y bolirana) y el Metro Rivera de Chapinero (transformado en una gran discoteca multiambiente).

Las mejores películas de la cartelera internacional se proyectaban en teatros como El Cid, Olympia, Ópera, Lucía, Embajador y Almirante, este último hoy convertido en edificio de consultorios médicos.

Cómo olvidar, en nuestra época de estudiantes, las “capadas” de clase para terminar en el único teatro que proyectaba dos películas —generalmente para mayores de 18 años— y que, con la complicidad del portero, nos permitía ingresar. También puedo confirmar que no hubo proceso de conquista que no incluyera una invitación a cine y, luego de la función, una visita a los lugares que surgían a su alrededor: salones de onces como Yanuba, Robin Hood o La Florida, y las famosas fuentes de soda.

Nombres como Cream Helado, en la calle 32 con Caracas; Tout va bien, con su terraza en la calle 72; El Chiquito, a espaldas del Teatro Almirante; y luego, en versión más moderna, Chicó Chiquito, sobre la calle 85; el infaltable Burger King; Coffee Shop, Pimm’s o Little John’s Pizza, fueron puntos de encuentro. Debo confesar que la estrategia de conquista siempre funcionó.

Cuando el plan no era el amor, iba sagradamente cada semana a ver películas. No perdía estreno. Casi siempre en compañía de Altamar, uno de esos amigos de la vida, gran crítico del séptimo arte, con quien debatía sobre contenidos, música, fotografía y actuación. De alguna manera, el gusto por el cine se fue cultivando en cada conversación con Jimmy.

Descubrimos, por ejemplo, que después de frecuentar la función vespertina (de 6:00 a 8:00 p. m.), la mejor era, sin duda, la función de noche (de 9:00 a 11:00 p. m.). El público era más selecto, más tranquilo, más conocedor. Caminábamos la ciudad después del cine —a las 11:30 p. m.— en una época en la que Bogotá era increíblemente segura. Esos largos trayectos desde el centro o Chapinero hasta casa; eran la excusa perfecta para hablar de cine y de la vida.

Fueron tiempos maravillosos. Sería interminable nombrar la infinidad de películas que vi, disfruté, con las que me enamoré, sufrí y entendí la vida misma. Surgieron los cineclubes; apareció la Cinemateca Distrital, donde el cine proyectado era más conceptual y donde, en cada cineforo, se debatían tendencias y miradas artísticas, políticas e intelectuales.

“Todo tiene su final, nada dura para siempre…”, cantaba Lavoe. Y un buen día empezó a ocurrir con las salas de cine. Hoy se han convertido en iglesias, espacios de esparcimiento, billares, canchas de fútbol o han dado paso al desarrollo arquitectónico de la ciudad: transporte público, centros médicos y vivienda.

Tal vez una de las razones de su caída fue el auge de nuevos sistemas de producción audiovisual, como el video, y de reproducción, como el Betamax, el VHS e incluso los videojuegos. Luego llegaron las tiendas de alquiler de películas, como Betatonio y Blockbuster, y hoy las plataformas digitales, que nos han acostumbrado a quedarnos en casa.

Se perdió la magia: el ritual, la fila —a veces interminable— para conseguir una entrada; ya no vemos los avances antes de la película, ni los cortometrajes, ni el consabido El mundo al instante. Ya no visitamos la dulcería en el intermedio, ni oímos Wild Safari de Ray Conniff mientras se apagaban las luces.

Ya no tengo con quién cambiar cuentos (cómics). Igual mi colección de 300 ejemplares desapareció ante la mirada cruel e injusta de una tía regañona que me los decomisó cuando descubrió que, encerrado con mis hermanos en el dormitorio, en vez de hacer tareas… los disfrutábamos.

The end.

ARTÍCULOS RELACIONADOS CON Relatos de Koco

NUNCA TE PIERDAS UN NÚMERO

Atardescentes Premium

Pronto tendrás la posibilidad de suscribirte a contenido Premium

MENÚ

Noticias

TV

Podcast

Nuestro Equipo

Contacto

CATEGORÍAS

Actualidad

Tecnología

Economía

Cultura

Buen Vivir

Deportes

ENLACES RÁPIDOS

Registro

Ingresar

Recuperar Contraseña

Mi Cuenta

Términos y Condiciones

Política de Privacidad

Descubre el pulso del mundo con Atardescentes, tu destino principal para la cobertura de noticias de última hora. Profundiza en una amplia gama de temas, que van desde acontecimientos locales hasta asuntos globales, política, tecnología, entretenimiento y más. En Atardescentes, ofrecemos artículos de noticias fiables, completos y perspicaces que te empoderan para mantenerte informado y comprometido con los problemas que dan forma a nuestro mundo.

Experimenta una perspectiva fresca sobre las noticias de última hora, análisis que invitan a la reflexión y reportajes en profundidad, todo curado con un compromiso con la precisión y la relevancia. Navega por el cambiante panorama de las noticias sin esfuerzo con Atardescentes, tu fuente de confianza para obtener información oportuna y significativa. Únete a nosotros en un viaje de descubrimiento mientras te traemos las noticias que más importan, ofreciendo una experiencia de lectura dinámica y enriquecedora.

                                                                                                                                                                   DERECHOS RESERVADOS © ATARDESCENTES