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La venganza del cuerpo

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Manolo Zota

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Manologos

Uno en los veinte vivía convencido de dos cosas: que era inmortal y que el cuerpo era un socio fiel, silencioso y bastante alcahueta. Uno lo maltrataba sin pudor y el cuerpo respondía como un empleado antiguo: aguantando, resolviendo, sin poner queja formal.

Dormir tres horas, comer a cualquier hora, mezclar licor barato con decisiones peores, trasnochar entre semana, desayunar café con culpa, fumar lo que apareciera, sentarse mal, cargar peso como si tuviera repuestos, caminar con zapatos criminales y levantarse al otro día como si nada. Esa era la arrogancia fisiológica de la juventud: creer que el cuerpo estaba para servir y no refutar.

Y el cuerpo cobraba, claro. Solo que en ese entonces era amable. Mandaba señales modestas. Un reflujo discreto. Un dolorcito en la espalda. Una gastritis tímida. Un guayabo feo pero manejable. Nada grave. Apenas advertencias. Memorandos internos. Notificaciones suaves de que algo no iba bien. Pero uno, soberbio como era, interpretaba eso como fortaleza. “Yo aguanto.”“Yo siempre he sido así.”“A mí no me pasa nada.”

Qué ingenuidad. Porque el cuerpo tiene algo que uno aprende tarde: no discute, guarda en su disco duro. No se pone a pelear con uno a los veinticinco. No hace escenas. No rompe la relación. Guarda. Toma nota. Lleva registro. Va armando un expediente silencioso con cada abuso, cada exceso, cada noche mal dormida, cada almuerzo reemplazado por ansiedad, cada “mañana descanso”. Y después, cuando ingenuamente pensamos que salimos ilesos… llega la auditoría.

Ahí empieza la verdadera adultez: el día en que el cuerpo deja de ser cómplice y se vuelve un vengador. Y entonces uno descubre que dormir mal ya no es una anécdota, sino un castigo de tres días. Que comer picante a las diez de la noche ya no es un gesto de libertad, sino una declaración de guerra. Que sentarse mal una hora basta para que la espalda escriba una carta de protesta.

Lo más ofensivo de todo es la precisión de la venganza. El cuerpo no cobra de forma teatral. Cobra con detalles. Con pequeñashumillaciones bien calculadas. Uno se para rápido y se marea.

Duerme a pedacitos y amanece destruido. Carga una caja y queda entumecido. Tose y se lastima. Estornuda y se lesiona.

Ese nivel de traición no se ve venir,porque uno creció creyendo que el cuerpo era una máquina. Y resulta que no. Era una libreta de deudas. Y ojo, no hablo solo de los excesos legendarios. No hace falta haber vivido como estrella de rock para que el cuerpo cobre. Basta con haber sido joven. Con haber creído que la salud era automática. Con haber tratado el descanso como un lujo, la comida como una ocurrencia y el ejercicio como una conversación pendiente.

A cierta edad, el cuerpo empieza a pasar factura y uno ya no hace cosas sin consulta médica. No se acuesta tarde sin calcular las consecuencias. No come lo que quiere sino lo que puede. Y en ese punto hay que admitirlo: el cuerpo ganó. Ganó cuando toca estirar antes de bajarnos del carro. Cuando elegir una buena almohada es un acto de supervivencia.

La juventud nos hizo creer que vivir intensamente era no cuidarse. Qué idea tan estúpida. Hoy uno entiende que la verdadera rebeldía no era amanecer destruido, sino llegar funcional, con el hígado, la columna y la dignidad relativamente intactos. Pero claro, esa sabiduría llega cuando ya el cuerpo no está para metáforas. Llega cuando la factura viene con intereses, recargos y cobro jurídico. Y aun así, el cuerpo tampoco es cruel del todo. Tiene algo de padre cansado. Regaña, cobra, duele, limita… pero sigue ahí. Sigue intentando. Sigue sosteniéndonos a pesar del maltrato histórico, del abandono selectivo y de esa costumbre tan humana de exigirle rendimiento mientras le damos basura.

Tal vez por eso envejecer no sea solo ver cómo el cuerpo cambia, sino entender por fin que nunca fue nuestro sirviente. Era nuestro archivo. Nuestra memoria física. El lugar donde fue quedando guardado todo lo que hicimos, lo que no cuidamos y lo que creímos que no importaba.

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