Hubo un tiempo en que la música decía barbaridades, pero con cierto pudor.No estoy diciendo que antes todo fuera casto, puro y apto para catequesis. Tampoco exageremos. La música siempre ha estado llena de deseo, de calentura, de doble sentido y de gente cantando cosas que, dichas sin melodía, habrían terminado en una cachetada. La diferencia es que antes el descaro tenía modales. Venía vestido de etiqueta. Le daba la vuelta al asunto. Entraba por la puerta de la poesía y no por la ventana del deseo carnal explicito.
Ahí estaba Juan Luis Guerra, por ejemplo, queriendo ser un pez para meter la nariz en la pecera. Que si uno lo analiza con calma, tampoco era precisamente un himno a la contemplación de la fauna marina. Había deseo, claro que sí. Había una intención bastante evidente. Pero venía envuelta en fantasía, en metáfora, en una imaginación tropical que le daba al asunto cierto encanto. Uno sonreía. Uno entendía. Pero nadie sentía que le estaban leyendo el acta de una inspección física.
Y luego estaba Ven, devórame otra vez. Otra joya de una época en la que ya las cosas eran bastante claras, pero todavía conservaban cierto barniz de misterio. “Devórame” no era exactamente un comentario sobre sopa y cubiertos. Ahí había hambre, pasión, incendio emocional y todo lo demás. Pero había música, había tensión, había una voz casi suplicante que lograba volver elegante lo que, en otras manos, habría sido una película triple x.
Eso era lo maravilloso: antes hasta el deseo se tomaba el trabajo de seducir. Hoy no. Hoy muchas canciones no seducen: notifican. Ya no invitan, decretan. Ya no insinúan, detallan. Ya no coquetean, concretan sin anestesia. Lo que antes venía disfrazado de luna, mar, fuego o pez, ahora llega sin metáfora, sin filtro y sin ningún interés en parecer civilizado. La música actual, en demasiados casos, parece escrita por alguien que confundió el erotismo con una guía operativa.
Y claro, me dirán que eso es evolución. Que ahora las cosas se dicen de frente. Que ya no hay hipocresía. Que qué bueno tanta franqueza. Qué es una maravilla. Solo hay un pequeño problema: la franqueza no siempre es sensual. A veces es apenas pereza con ritmo. Porque una cosa es el atrevimiento y otra muy distinta la falta total de imaginación.
Antes la seducción tenía coreografía emocional. Había un ritual. Usted sacaba a una mujer a bailar y eso implicaba algo más que poner el cuerpo en modo centrifugado. Había una geografía. Una aproximación. Un lenguaje de manos, distancia, mirada, cintura, permiso y compás. La canción crecía, el cuerpo hablaba, pero nadie necesitaba convertir el momento en una escena de trámite urgente. Había una elegancia animal, si se quiere. Un instinto con elegancia.
Ahora no. Ahora el ritual, en demasiados casos, consiste en que la chica se gira y refriega el cuerpo con una eficiencia que ya no deja espacio para la imaginación, la duda ni el suspenso. Todo claro, todo directo, todo resuelto en los primeros veinte segundos. Ya no hay tensión. Hay choque. Ya no hay promesa. Hay entrega anticipada del resumen ejecutivo.
No estoy juzgando. Solo estoy observando el derrumbe con atención profesional. Porque ese cambio en la música y en el baile dice mucho más de nosotros de lo que creemos. Dice que nos cansamos de sugerir. Dice que ya no tenemos paciencia para construir deseo. Dice que queremos llegar al punto sin pasar por el placer de rodearlo. Y eso, perdón, no siempre es modernidad. A veces es pura ansiedad contemporánea bailada a 200 revoluciones por minuto.Antes la canción decía: quisiera ser un pez. Hoy la canción dice: bueno, usted ya sabe.Y entre una cosa y la otra se murió un arte. El arte de insinuar. El arte de tensionar. El arte de hacer que el otro complete la escena en la cabeza. El arte, incluso, de disimular un poquito la calentura para que pareciera romance.
Porque esa era otra la otra belleza del asunto: uno podía bailar pegado, podía entender perfectamente de qué iba la canción, podía sentir todo lo que estaba pasando… y aun así había una pequeña ficción social que nos protegía a todos. Una capa de poesía. Una cortina estilizada. Una manera de decir “sí, esto es deseo”, pero sin convertirlo en un burdo mensaje del deseo sexual.
Hoy, en cambio, la música parece haber renunciado a toda diplomacia. Ya no hay seducción: hay inventario. Ya no hay picardía: hay logística. Ya no hay doble sentido: hay una sola intención, repetida con entusiasmo industrial.Y, sin embargo, tampoco se trata de creer que el pasado fue una gala permanente de refinamiento. Claro que no. También había letras absurdas, bailes apretados y señores diciendo barbaridades con micrófono. Pero hasta en la barbaridad había una voluntad estética. Un esfuerzo mínimo por no sonar como si la canción hubiera sido escrita por una hormona desatada.
Lo más irónico es que hoy, con tanta libertad, con tanto lenguaje directo, con tanto atrevimiento sin anestesia, muchas canciones terminan siendo menos sensuales que antes. Porque la sensualidad no siempre vive en lo explícito. A veces vive precisamente en lo que se demora. En lo que se insinúa. En lo que se aproxima sin atropellar. En lo que baila alrededor del deseo antes de caerle encima.
Eso lo entendían mejor un pez, una pecera y un bolero sudado que media industria musical actual. Al final, la música no hizo más que seguirnos el paso. Pasó de la insinuación al martillazo porque nosotros también pasamos de cortejar a consumir. De bailar a embestir. De seducir a resolver. Y claro, habrá quien llame a eso progreso. Yono estoy tan seguro. Porque si me dan a escoger entre un hombre que quiere ser pez para arrimarse poéticamente a la pecera y otro que entra a la pista como si viniera a cobrar una factura, prefiero hacer burbujas de amor por donde quiera.


