El fútbol es el mismo, pero cambia. Antes, el juego lo determinaban los grandes jugadores, reyes excepcionales, a quienes se les dejaba gran parte o toda la responsabilidad de la creación. Pero con el paso del tiempo, estos superhombres le han venido dando paso al poderío de los equipos.
Pelé, Maradona, Cruyff, y en los últimos tiempos Messi y Cristiano Ronaldo han llevado la corona. Habían establecido ellos una especie de monarquías. Todo un reino girando a su alrededor. Ellos, dueños de los destinos de sus equipos. Mucho más relevantes que los entrenadores. Es decir, también los entrenadores sometidos a ellos, a sus decisiones, a sus caprichos.
Hoy ya no es así. Messi lo entiende a la perfección. Se comporta como uno más en Argentina, y como no tiene presiones, pues ya es campeón del mundo, juega con calma y sabiduría. Sabe que, en el peor de los casos, no perderá la corona.
No ocurre lo mismo con Ronaldo, que insiste en su monarquía como si los tiempos no hubiesen cambiado. No es concebible hoy que Portugal juegue para él. No cuando pasó de los 40 años, cuando su condición física ni sus reflejos son los mismos. Plantearle ese problema al portugués debe ser toda una herejía en su entorno. Decirle que el mundo cambió, que los grandes equipos no dependen de uno o dos jugadores, sino de todos, parece una gran ofensa para él.
Lo que vimos hace pocas horas fue aterrador. Portugal era incapaz de superar a la República del Congo, y todos veíamos que el problema era que Portugal seguía empecinada en jugar para Ronaldo, cuando su rey, su monarca, su Pedro I, ha perdido sus facultades y es preciso que deje el trono y se convierta en algo así como un primer ministro removible que contribuya a la causa.
Sin embargo, ha ocurrido lo impensable. Que un jugador como Vitinha, pieza clave en el hoy mejor equipo del mundo, el PSG, tuviera que abandonar el encuentro cuando Portugal naufragaba ante el cerco africano. Hubo más cambios, y Ronaldo no salió. Pero todos veíamos que no podía, que era incapaz, que sucumbía allá adelante.
Y en la transmisión escuché algo más asombroso. El comentarista Juan Pablo Varsky, gran conocedor de fútbol, afirmaba que el técnico Roberto Martínez no lo podía sustituir. Sí, que no lo podía sustituir, como si fuese una verdad indiscutible. Pero lo que Varsky quería decir es que Martínez está sometido. Su concepción de fútbol está secuestrada porque a Ronaldo no se le puede sacar. ¿Quién dice que no debía salir? ¿La Fifa, los compromisos comerciales, los patrocinadores, el presidente de la federación portuguesa de fútbol?
En Colombia tenemos un rey más pequeño, de relieve mundial, sí, pero más pequeño. Sabemos todos que James no está en condiciones de jugar el Mundial como titular. Lo sabe él también. Pero como el pobre Martínez, Néstor Lorenzo está atrapado. Pero, ¿cómo sacar a James, si vende? Si Netflix produjo un documental de James y lo encumbró, con debilidades y virtudes, pero lo encumbró. En los partidos preparatorios, supimos que los únicos que tenían que jugar, sí o sí, eran James y Díaz. La monarquía de James. La Selección soy yo, podrá decir él.
Pero ha llegado el Mundial, y todo se cae de su peso. James naufragó ante un equipo tan débil como Uzbekistán. No puede competir al ritmo infernal con que se juega. Imagino los trabajos que pasará cuando lleguen la República del Congo y Portugal.
De manera que Portugal y Colombia juegan para Ronaldo y James. Le apuestan a un sistema político desueto. En el fútbol, las monarquías son anacrónicas. Ya no es el uno que hace el todo. Es el todos crean, todos marcan. No es tiempo de tronos, ni de séquitos, ni de exagerados privilegios. El problema para Portugal y Colombia es que sus entrenadores están atados, y no se ve que el modelo cambie. O tal vez sí. Cuando se marchen del Mundial por la puerta de atrás.
Gabriel Romero Campos, autor del libro ‘Confesiones de un hincha’
