El oráculo de Chepe

 

 

 

 

 

 

 

 

Durante más de cuarenta años, don José Lisandro se dedicó a limpiar y lustrar zapatos. Sin embargo, su labor iba más allá: al hacerlo, aliviaba la conciencia de sus andariegos clientes, quienes acudían a él para descargar sus penas. Cada pie apoyado en su vetusta caja, cada confesión hecha y cada lamento compartido le permitían ofrecer sus mejores consejos. Bien podría decirse que, al igual o mejor que un sacerdote o el más reconocido psicólogo, don Chepe —como le llamaban familiarmente— no solo sabía escuchar y analizar, sino que lograba cambiar el rumbo de las vidas más afligidas. A menudo se le escuchaba relatar historias de sus propios fracasos sentimentales y de su caminar vagabundo, de cuando era joven y recorría el mundo; era poseedor de una gran sabiduría popular, obtenida por tantos años de «tirar calle», como él mismo decía.

Precisamente en una de esas andanzas, al enfrentarse durante una noche de bohemia a un músico despistado y borrachín —quien luego de recibir el embellecimiento de su calzado y un poco de consejería urbana confesó no tener dinero para pagar—, don Lisandro no tuvo más remedio que aceptar su desafinada y maltrecha guitarra como pago a sus servicios. Lo que no sabía en ese momento era que en ella encontraría a la compañera que estaría a su lado hasta el fin de sus días.

Don José Lisandro, «Chepe» para sus clientes, nunca dejó la calle. Cuentan quienes lo ven hoy en el rincón de cualquier acera que, cuando no hay cuero que embellecer, saca su maltrecha guitarra y rasguea un par de acordes. Allí, recostado en su triciclo-condominio-hogar, pasa las horas junto a sus dos grandes amores: la caja de madera y el instrumento. Ironías de la vida: el psicólogo más efectivo del barrio no recibe bonos de salud ni pensiones dignas, pero se consuela sabiendo que el destino, en su infinita generosidad, al menos le pagó las terapias con una guitarra desafinada que ni siquiera sabe tocar.

Autor: Koco Liévano

Gabriel Lievano

El goce y el disfrute de la vida, está en la naturalidad de las cosas, en el reflejo de lo vivido y lo observado. en el deleite de lo aprendido

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