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Porfiado

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Gabriel Lievano

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Relatos de Koco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Porfiado Contreras Tocade haber podido, tal vez Porfiado no habría estado de acuerdo con su propio nombre. Seguramente, su decisión habría sido otra, contraria a la de sus padres… pero así lo bautizaron. Con el tiempo, sin embargo, se acostumbró tanto a su nombre que terminó por asumirlo como una especie de destino. Llegó a adoptar posiciones radicales y a tomar decisiones bastante contradictorias, algunas de ellas con consecuencias trascendentales para su vida.

Desde pequeño, en la escuela rural La Horqueta, en jurisdicción del municipio de Togüí, Boyacá, se caracterizó por estar siempre en desacuerdo con sus profesores. Si la maestra decía que el mapa de Boyacá tenía forma de bota, él sostenía que se parecía más a un ave con las alas desplegadas. Si, por el contrario, afirmaba que el gran héroe de la Independencia había sido Bolívar, Porfiado no tenía ningún problema en asegurar que todo se lo debíamos a Santander. Así transcurrió su vida escolar, entre discusiones, desacuerdos e interminables intentos por llevar la contraria.

Años después, estudió en una universidad pública, pues en las privadas, cada vez que se presentaba a una entrevista de admisión, terminaba discutiendo los términos y, por supuesto, lo rechazaban. Finalmente, logró terminar sus estudios de Filosofía y Leyes, dos carreras en las que debatir es algo bastante normal. El problema de Porfiado era otro: él no buscaba encontrar la verdad; buscaba demostrar que los demás estaban equivocados.

Una mañana, por ejemplo, durante una clase de Historia Universal, el profesor cometió el “imperdonable error” de afirmar que la Segunda Guerra Mundial había terminado en 1945. Desde el fondo del salón, la mano de Porfiado se levantó como una declaración de guerra. —Profesor, esa es la fecha oficial que nos impusieron los historiadores —dijo, con un aire de superioridad—. Si lo piensa con  mente abierta, la guerra sigue viva cuando compramos productos alemanes. Así que, técnicamente, la fecha es un invento burgués. El profesor cerró lentamente su libro. Faltaban apenas diez minutos para terminar la clase. —Tiene razón, señor Contreras. Todo es un invento. Saquen una hoja: examen sorpresa sobre el invento de la guerra!!!. 

Y así continuó su vida durante mucho tiempo, convencido de que llevar la contraria era una forma de pensar, de existir y, sobre todo, de tener siempre la última palabra. 

Hasta que la conoció. Curiosamente, se llamaba Concordia Mancilla y era psicóloga de profesión. Su nombre parecía contradecir por completo la naturaleza y el  comportamiento de Porfiado. Sin embargo, desde el primer momento, Concordia comprendió que con él no servían las discusiones convencionales. Había que jugar con sus propias reglas. La relación terminó convirtiéndose en una verdadera lección de psicología inversa.

Si elegían ir al cine, ella hablaba mal de la película ganadora del Oscar, solamente con el objetivo de que él llevara la contraria y así terminaban viéndola. Ella ganaba. Cuando Concordia quería ir al mar de vacaciones, tampoco se lo proponía directamente. En cambio, le hablaba a Porfiado de lo insoportable que era el calor, de la arena caliente que se metía entre los pies y de lo incómodo que resultaba pasar tantos días bajo el sol. Él, por supuesto, llevaba la contraria. Y así fue como, durante muchos años, disfrutaron juntos de la playa, de la brisa y, por supuesto, del mar. Ella había descubierto algo que nadie antes había logrado entender: para llevar a Porfiado a un lugar, bastaba con decirle que no quería ir. Quizás por eso funcionaron tan bien y entre los dos encontraron una curiosa manera de caminar por la vida: ella proponiendo lo contrario de lo que quería y él haciendo exactamente lo contrario de lo que le decían.

Tal vez, después de todo, Porfiado no estaba tan equivocado. Simplemente había nacido para ir en contravía.

Autor: Koco Liévano

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