

Jairo Albeiro Pérez Pérez, de apenas cinco años y más conocido en la calle como “el Mugre”, era el líder de la gallada. A pesar de su corta edad, los demás le rendían culto y pleitesía. Nació varón entre tres hermanas y, además, con la carga de ser el menor de los cuatro hijos de la familia. El 15 de febrero de 1967 fue su fecha de nacimiento, una fecha consignada no en un documento de identificación —ya que no lo tenía—, sino en el acta de detención de su última gran fechoría. Su padre, José Gildardo, era apodado “el Bizco” debido a que la naturaleza no fue afortunada con él y sus dos ojos claramente no miraban al mismo punto al mismo tiempo; el hombre trabajaba como voceador de prensa en la carrera Séptima, desde la calle Sexta hasta la avenida Jiménez. Por su parte, su madre, María del Socorro, a quien llamaban “doña Auxilio”, era lotera de profesión y vendía desde el billete entero y la fracción, hasta el pedacito o simplemente el seco. El cuadro familiar lo completaban sus hermanas: Lucero, de doce años, alias “la Lucha”; Hermelinda, de once, conocida como “Melinda”; y Rosenda, de nueve, apodada “la Roche”.
El Mugre solía desarrollar su actividad en la parte alta del Parque Nacional, en la zona conocida como la Ciudad de Hierro. Su gallada, conformada por cinco pelafustanes, era el auténtico azote de los transeúntes. Sus rutinas diarias oscilaban entre los raponazos, el famoso “tumbis”, dormir arrunchados en la acera, colincharse en los buses, pedir con insistencia una monedita y bañarse en las piletas públicas.
El lunes 21 de abril de 1972, sobre el mediodía, el grupo dio su gran golpe. En el sector de la carrera Décima, a la altura de la calle 23, justo cuando el transporte urbano estaba en su punto más álgido, “la Roche” avistó rápidamente a su presa. Tras hacerle un guiño a “el Mugre”, este lanzó la seña de rigor para que “el Melcocha” —el más hábil y veloz de la gallada—, junto a “el Orejón”, “el Muelas” y “Cucarrón”, rodearan con sigilo a una pareja de esposos que esperaba distraída la ruta de la buseta. En sus manos, las víctimas llevaban el anhelado y sugestivo botín, deseado y esperado por los chinos después de muchas jornadas de vigilancia extrema.
Como un animal de caza, “el Melcocha” se acercó a la pareja camuflado entre los buses atestados de gente. Por su parte, “el Orejón” atisbó que no hubiera moros en la costa, mientras “el Muelas” y “el Cucarrón” interfirieron para distraer a las víctimas. En un movimiento ágil y rápido, “el Melcocha” y “el Mugre” cayeron sobre sus presas y ejecutaron el tumbis en un abrir y cerrar de ojos. ¡A correr se dijo! Nadie los persiguió.
Más tarde, en la parte alta del Parque Nacional, allá en la Ciudad de Hierro, repartieron el botín. Para el líder correspondieron la pechuga y la rabadilla; para los demás, las piernas, los muslos y las alas. Qué banquete se dieron. Saciados, quedaron a merced de Morfeo. Sin embargo, a las cuatro de la tarde, el ulular de las sirenas de los “tombos” los despertó. Había caído la gallada.
La gloriosa operación de la carrera Décima terminó como terminan los grandes negocios: con los socios fundadores durmiendo bajo techo y bajo estricta vigilancia estatal. Metidos en la patrulla, «el Melcocha», «el Orejón», «el Muelas» y «Cucarrón» miraban con resentimiento a su líder, quien, a pesar de las esposas invisibles y los mocos en la cara, mantenía la frente en alto; después de todo, el negocio había sido redondo. Los tombos podían quitarles la libertad, la calle y hasta el botín, pero nadie les iba a quitar el derecho de haber eructado a pollo asado dentro del calabozo.
Autor: Koco Liévano



