
Alirio Buscatti vivió buscando algo. Constantemente se le extraviaba alguna cosa. De niño, la búsqueda era por sus juguetes, casi siempre por el preferido, que terminaba perdiéndose por el exceso de uso. Tal fue el caso de un Mustang escala 1:64 de la marca Matchbox, de color rojo sangretoro. Por lo general, el coche aparecía en el rincón más oscuro debajo de la cama, el recóndito lugar adonde iba a parar tras coronarse en alguna carrera.
En la adolescencia comenzó a rastrear el amor en cada una de las niñas que conocía. A decir verdad, no tuvo demasiada suerte. Cada vez que una relación parecía prosperar, ocurría un percance: se le refundía el número telefónico de la muchacha, olvidaba la hora de una cita o, peor aún, dejaba pasar una fecha importante. No era falta de interés. Sencillamente, parecía tener una habilidad especial para perder de vista aquello que más le importaba. En una ocasión conoció a la mujer que pudo haberle cambiado la vida. Esta vez se propuso hacer las cosas bien. Diseñó estrategias para no olvidar lo fundamental. Memorizaba los detalles, anotaba las fechas importantes y organizaba minuciosamente cada minuto del día. Separaba con rigor las obligaciones del trabajo de los asuntos del corazón, convencido de que así evitaría confundir unos con otros. Todo estaba previsto, cada cosa tenía su lugar y cada compromiso, su hora. Desafortunadamente, llegó a ser tan organizado y metódico que terminó olvidándose de lo esencial en una relación de pareja: el amor. Se le extravió aquello que ninguna agenda podía recordarle.
La tecnología tampoco fue precisamente su aliada. Navegar por la red en pos de respuestas a sus inquietudes más sutiles y elementales se convirtió en otra aventura. Aunque tenía a su alcance la posibilidad de hallar casi cualquier cosa, rara vez daba con lo que necesitaba. A veces escribía las palabras equivocadas. Otras, no tenía muy claro qué intentaba localizar. Y, cuando por fin parecía haber encontrado el camino, olvidaba la contraseña o no descubría la manera de iniciar sesión. Así transcurría su vida: persiguiendo lo que había perdido, olvidando lo que acababa de encontrar y dejando escapar, de vez en cuando, aquello que ni siquiera sabía que debía cuidar.
Con los años, Alirio perfeccionó su condición de buscador. Ya no se trataba solamente de juguetes, teléfonos o fechas importantes. Ahora se le perdían las gafas, las llaves, la billetera y hasta los objetos que acababa de dejar sobre la mesa. En más de una ocasión recorrió la casa de arriba abajo rastreando los anteojos mientras los llevaba puestos. Para enfrentar semejantes contratiempos, había desarrollado un método infalible: reconstruir los hechos. Se detenía, cerraba los ojos y trataba de recordar el último momento en que había visto el objeto extraviado. Si nada de eso funcionaba, comenzaba una segunda inspección, más exhaustiva y menos razonable, que casi siempre terminaba con la aparición del artículo en el primer sitio que ya había revisado.
Su familia aprendió a convivir con aquella particularidad. Cuando alguien le preguntaba si había visto algo, respondía con una seguridad admirable que no sabía dónde estaba, pero que tenía la certeza de haberlo dejado en alguna parte. Y no mentía. Para Alirio, las cosas nunca desaparecían: simplemente dejaban de estar donde él suponía que debían estar.
Una tarde salió de su casa con un propósito muy concreto. Caminó varias cuadras, llegó a su destino y, al encontrarse frente a la puerta, descubrió que no recordaba a qué había ido. Permaneció allí unos minutos, repasando mentalmente sus obligaciones, hasta que decidió regresar. Al llegar, encontró sobre la mesa la nota que había olvidado llevar consigo, escrita por él mismo con letras grandes y subrayadas. Ahí estaba la respuesta. La leyó dos veces, guardó el papel en el bolsillo, satisfecho de haber resuelto el misterio, y se dispuso a salir de nuevo. No habían pasado diez minutos cuando comenzó a buscar la nota.
Y así pasó la vida: persiguiendo lo que se le perdía y perdiendo lo que encontraba. Al final, se dedicó a buscar la felicidad. La buscó en el amor, en los libros, en los amigos en los lugares más insospechados y hasta en los rincones donde iba a parar todo lo que refundía. Nunca supo si no la encontró o si, como tantas otras cosas, la tuvo y no supo dónde la había dejado.
Ahora, cuando alguien le pregunta qué busca, sonríe con resignación y responde: «La felicidad, señor… Si por casualidad la encuentra, dígale que me busque. Yo ya no me acuerdo de cómo era».
Autor: Koco Lievano



