

Roberto Holguín Fernández de Soto nació en Bogotá, en la habitación 324 de la Clínica Palermo. Venía de una de esas familias tradicionales y acomodadas de la capital, de buenas maneras y apellidos que funcionan como llaves maestras en cualquier puerta. Estudió en uno de los colegios más emblemáticos de la ciudad, compartiendo pupitre con hijos de presidentes, ministros y magnates de la alta sociedad. Se destacó desde temprano como un atleta innato y un protagonista inevitable en los eventos culturales y artísticos; incluso llegó a ser el tambor mayor de la banda de guerra, una dignidad obtenida gracias a su oído absoluto y su destreza musical. Se graduó con honores.
Pronto se convirtió en un brillante abogado egresado de la facultad de derecho más antigua de la ciudad. Bien parecido, inteligente y simpático, Roberto era un imán para las miradas, especialmente las de las señoritas de su círculo. Su ascenso corporativo fue meteórico, ocupando altos cargos empresariales y representando los intereses de algunas multinacionales.
El futuro era suyo. Para coronar su éxito, contrajo matrimonio con la bella hija del mejor amigo de su padre, una unión que consolidaba el prestigio y el patrimonio de dos dinastías prestantes. Sus ratos libres transcurrían en el club campestre, jugando cartas y tertuliando al calor de un whisky de dieciocho años.
Tal vez fue allí, entre el humo de los habanos y las risas de cortesía, donde comenzó el naufragio. El juego y el trago pasaron de ser un pasatiempo distinguido a una obsesión absorbente. De las partidas refinadas entre amigos, saltó a las mesas de juego clandestinas del norte de la ciudad, donde las apuestas eran peligrosamente altas y los contrincantes, implacables. El vicio se tornó severo. Las jornadas se hicieron eternas, con partidas de póker que superaban las veinticuatro horas continuas, en las que el alcoholismo creciente nublaba su lucidez y lo volvía sumamente vulnerable.
Lo inevitable tardó poco en llegar. Perdió el empleo de ejecutivo, sus ahorros se esfumaron en una mala racha y la relación con su esposa se volvió insostenible. El fondo del abismo lo tocó una madrugada en la que, cegado por la ludopatía, se atrevió a apostar su propio apartamento y lo perdió frente a una Royal Flush en una sola mano de cartas. Su matrimonio se disolvió en el acto. De la noche a la mañana, Roberto se encontró agobiado por los cobradores y sumergido en el delirio del alcohol barato. Los años venideros borraron todo rastro de su gloria: sus viejos amigos fingieron no conocerlo, su familia se cansó de sus promesas rotas y terminó por olvidarlo. Curiosamente, su obsesión por las cartas se curó sola, pues ya no tenía nada en qué caer muerto para levantar una apuesta. Todos le dieron la espalda, empujándolo a los márgenes de la indigencia y la caridad pública.
Durante mucho tiempo Roberto no fue más que una sombra harapienta arrastrando los restos de su linaje por las aceras del centro de la ciudad. Sin embargo, el destino tiene vueltas tan finas como el cristal de Bohemia. Una tarde de llovizna, hurgando entre los desechos detrás de un lujoso restaurante de la Zona G, Roberto encontró una caja de madera. Al abrirla, descubrió unas copas de cristal importado, intactas aunque viejas y opacas por el uso. Al verlas alineadas, el viejo instinto del tambor mayor y el oído absoluto del graduado con honores despertaron del letargo de la embriaguez. El alcohol ya no era para beberlo; las copas se convertirían en el elemento exacto para afinar su redención.Mañana tras mañana, Roberto empezó a ocupar un rincón del Parque Nacional. Con paciencia de cirujano, llenaba las copas con las cantidades milimétricas de agua que cargaba en una botella plástica, logrando que cada recipiente diera la nota exacta de una escala perfecta. Sus antiguas verdugas, las mismas copas que antes le nublaban la lucidez en los casinos clandestinos, se convirtieron en su orquesta callejera. Al frotar sus dedos húmedos contra los bordes de vidrio, Roberto hacía brotar del aire las sonatas de Mozart y Bach aprendidas en su juventud opulenta, deleitando a los transeúntes que se detenían asombrados ante aquel hombre de chaqueta gastada y manos místicas.
Hoy, Roberto es el artista más cotizado de las plazas del centro y ya no duerme en el asfalto, sino en un hotel modesto de La Candelaria. Cuando sus antiguos amigos del club pasan apurados y le dejan uno que otro billete sin reconocerlo, él sonríe con fina ironía mientras hace cantar el cristal. Sabe que, por primera vez en su vida, tiene una fortuna libre de deudas y que este nuevo e inesperado éxito se lo financia, secretamente, la generosa amnesia de los de su propia clase.
Autor: Koco Liévano



