

“En el día lavaban y en la noche volaban”. Eso decía la antigua leyenda narrada generación tras generación sobre las lavanderas de La Palma, municipio cundinamarqués azotado en los años 50 por el sectarismo político de la época; una violencia ciega que obligaba a tomar bando y condenaba a muerte por el simple color de una prenda: el azul o el rojo. Gente bella, esa de La Palma, que sufrió el desplazamiento de la violencia política y, años más adelante, la influencia del narcotráfico y un nuevo desplazamiento forzado por cuenta de los grupos armados.
“…que no hay que creer en brujas, pero que las hay, las hay”, decían los viejos. No lo sé, aunque conozco brujas encantadoras que más parecen bellas hechiceras dedicadas al amor y a cautivar al sexo débil. Pero bueno, esta no es la historia de ellas; es la historia de Uvaldina, una matrona de apariencia campesina, de espíritu valiente y mente ágil. Nació y creció en el bello municipio de La Palma, donde desde muy pequeña heredó la costumbre de sus abuelas en el maravilloso oficio de ser lavandera.
Acuciosa y estricta, Uvaldina hacía su labor con el entusiasmo que solo tienen las que dominan un oficio. Lavaba de todo: ropa pesada, prendas de color y de diario; pero su verdadera especialidad era la ropa blanca, esa que las doñas de la ciudad llaman “ropa de cama”. Verla trabajar en el “Puente de las Brujas” era un espectáculo bello e hipnótico: las sábanas ondeaban al viento mientras ella les sacudía la suciedad y los pecados del prójimo. De ahí venía la leyenda de su brujería, un mito que se alimentaba no sólo de esa blancura casi milagrosa, sino del maravilloso silbido con el que Uvaldina y las demás lavanderas espantaban el cansancio, entonando melodías al unísono con un ritmo y una entonación encantadores. Eran dignas de ser llamadas sirenas criollas o, simplemente, brujas. Al caer la tarde, cuando terminaba la labor, Uvaldina cargaba sobre sus hombros o en su cabeza el joto de ropa; entonces atravesaba el pueblo, un lugar de calles empinadas y casas impecablemente pintadas como una paleta de colores.
En su trayecto, las miradas inquisidoras —esas que juzgan y critican sin fundamento— la seguían paso a paso. Su andar rítmico y balanceado por causa del joto de ropa en sus hombros la hacía ver como una mujer con un raro defecto en su lomo; o mejor aún, le daba a las señoras del pueblo el argumento perfecto para achacarle la típica joroba de las brujas.
Un buen día —o mejor, una noche—, salía Uvaldina a entregar la ropa ya limpia, minuciosamente organizada por colores y tamaños, especialmente, claro está, la ropa de cama impecable y libre de culpa. Fue en una de esas esquinas oscuras donde la abordaron algunos palmeros embrujados por unas copas de más. Varios tipos la arrinconaron, descargando en ella sus frustraciones con insultos y golpes. Sin nadie que la defendiera en un pueblo sordo por el miedo, a Uvaldina no le quedó más remedio que hacerle honor a la leyenda: en el silencio de la madrugada, desarraigada por la intolerancia, se voló del pueblo para siempre.
Uvaldina llegó a la capital con el frío de la sabana penetrándole los huesos y el miedo metido en el joto de ropa que logró salvar. Cambió el Puente de las Brujas por los pasillos estrechos de un apartamento bogotano, empleándose en el servicio doméstico. Eran épocas complejas, donde tener una trabajadora interna rozaba con una suerte de esclavitud moderna: jornadas sin fin, sueldos de miseria y la humillación sutil de comer en la cocina, lejos de la mesa principal.
Sin embargo, el espíritu indomable de la matrona palmera no se dejó marchitar por el asfalto. Con los años, Uvaldina dejó de ser la muchacha del servicio para convertirse en la nana, en el corazón de esa casa. Crió a los hijos ajenos con el mismo amor riguroso con el que blanqueaba las sábanas en el pueblo, curando raspaduras, arrullando miedos y enseñándoles a silbar en secreto. Aquellos niños crecieron bajo su amparo, descubriendo que la verdadera madre no siempre es la que engendra, sino la que acompaña toda la vida, dignificando con su ternura un oficio que el mundo se empeñaba en menospreciar.
Los años pasaron y los niños que crió se hicieron hombres y mujeres, pero nunca olvidaron el olor a limpio de sus abrazos ni la melodía de sus secretos. Una madrugada, con el peso de toda una vida de entrega grabada en sus manos arrugadas, el corazón cansado de Uvaldina dejó de latir. No hubo luto amargo en aquella habitación, sino una extraña sensación de ligereza. Quienes la amaron juran que, a la hora exacta de su partida, las cortinas blancas del apartamento ondearon con una brisa inexplicable y se escuchó, nítido y afinado, el silbido del Puente de las Brujas flotando sobre los techos de la capital. Al final, la antigua leyenda de su pueblo resultó ser cierta: Uvaldina no murió, simplemente esperó a que cayera su última tarde para soltar el joto de las cargas ajenas, extender sus alas de matrona y, por fin, volarse a descansar.
A Uvita…mi nana. In memoriam.
Autor: Koco Liévano



