Amo las palabras. Las busco, las amaso, las escudriño, las palpo como quien tantea una herida o una promesa. Las dejo reposar en la lengua como un trago de ginebra, para ver si arden, para ver si sanan, para ver si mienten. Algunas se me rebelan, otras se entregan dóciles y exactas y hay las que solo aparecen de madrugada, cuando el mundo calla y logro escucharme de verdad. Con ellas intento nombrar lo que me duele, lo que me falta, lo que nunca se fue, porque al final escribir no es más que eso: un intento desesperado y hermoso de entender la vida palabra por palabra. Y en eso se parecen mucho a mi.
Esta semana, el universo me regaló dos maravillosas: Caim, de la tradición celta, que significa aquel lugar donde nadie puede hacerte daño y Sankofa, un concepto de la sabiduría africana que significa «volver a la raíz» o «regresar y obtener«,
Por una claraboya se cuelan inmensos goterones. En mi vida pasa lo mismo y tampoco es metáfora porque como dice Leonard Cohen por las inmensas grietas que poseo también se deja ver el sol, se cuela el silencio, se callan los ruidos, se va la algarabía. Debe ser la edad o un ramalazo de la paz que tanto busco. Me he repensado tantas veces que la verdad siento el mareo porque ya no sé si doy muchas vueltas o simplemente estoy borracho. ¿Será la ginebra? ¿Serán las palabras?
Me digo con ínfulas de grande que soy ecléctico, cuando en verdad lo que tengo es un revuelto el hijueputa: profundo, pero no tanto como para un curso de apnea y pandito, pero no tanto como para ser la nata del café. En fin. No sé si soy estoico o simplemente un cínico (en el sentido antiguo que recibe lo que la vida le regala, vive sin vergüenza, sin posesiones innecesarias- ohhh- y sin someterse a reglas artificiales. Casi libre)
Caim: Un lugar donde nadie pueda hacerme daño, un lugar que tal vez soy yo mismo en mi misma mismidad. Sankofa: Me deshago de cosas, de tanta mierda acumulada intentando alivianar mi equipaje del camino. Nada trae más dolor que los desganos y por eso, cada día me decepciono más rápido, no fuerzo nada, no ruego, no exijo, no pido, porque creo en el destino y en el libre albedrio de las personas con las que me cruzo en la existencia: Ya no quiero cambiar a los demás, sino amarlas como son. Y viceversa. Aborrezco las migajas y las señales confusas, los comoquesi , los comoqueno, los hoy te quiero, mañana te ignoro, los dime cuándo nos vemos para sacarte una excusa. Rogar por amor o por amistad, nunca sale bien. Ni para uno, ni para el otro. Y es que el amor y la amistad son un ejercicio compartido, una democracia, si se quiere, a la que accedemos porque nos da la puta gana.
Tal vez me he vuelto más práctico- o más cínico-. He aprendido a no quedarme, a irme a tiempo, a regalar mi ausencia. Y me voy en puntas de pies, casi en minúsculas. Sin estruendo, tal como llegué. Creo que solamente debo estar donde soy querido. Si no es recíproco no me interesa. Si no estamos en el mismo tiempo, no lo quiero. Si no vamos en la misma barca frágil, no lo deseo.
Vivo la vida al tope, abro mi puerta y me doy entero, pero la dejo de par en par para que entren o para que salgan los que quieran. Si se quedan, qué bueno y qué felicidad. Si se van, la tristeza es infinita, pero como dice el poeta Roque Dalton, “hace frío sin ti, pero se vive”. Y así con todo. Con el trabajo, con las cosas, con la vida, porque no estoy dispuesto a recibir menos de lo que doy, que suele ser todo.
Caim, sankofa, dos palabras más para el scrabble, pero que sin embargo me conducen al mismo sitio, a mi raíz, a mi lugar seguro que es mi misma mismidad, a mis naufragios, a mis silencios, que no son sólo ausencia de palabras sino otra forma de decir…