Hay algo profundamente inquietante en ver a un profesional de cincuenta y tantos años —alguien que ha sobrevivido a tres crisis económicas, cuatro cambios de gobierno y más proyectos exitosos de los que quisiera recordar— reescribir su perfil de LinkedIn por quinta vez en el mes, tratando de sonar «relevante». No es inseguridad común. Es pánico existencial. Pánico a que los clientes potenciales vean sus treinta años de experiencia y piensen «demasiado viejo» en lugar de «exactamente lo que necesitamos».
Bienvenidos al Síndrome del Impostor Senior en su versión más cruel: la del trabajador independiente que descubre que el mercado ya no habla su idioma, no valora su trayectoria, y prefiere contratar a alguien más barato que sepa hacer reels.
Trabajar por cuenta propia siempre tuvo sus riesgos, pero antes el juego era más o menos claro: construías una reputación sólida, conseguías buenos clientes, te recomendaban, y así ibas armando una carrera respetable. La experiencia era tu mejor carta de presentación. «Treinta años en el sector» significaba algo.Hoy, ese mismo currículum puede ser tu sentencia de muerte. Porque cuando un cliente millennial revisa tu propuesta y ve que empezaste tu carrera cuando Internet era un lujo, no piensa en expertise. Piensa en desactualización. En «¿este señor sabrá usar Figma?» o «seguro cobra carísimo porque tiene muchos gastos».El trabajador independiente senior enfrenta una paradoja brutal: tiene más conocimiento que nunca, pero menos formas de demostrarlo en los canales que hoy importan. No tiene miles de seguidores en Instagram. Su portafolio no está en Behance con animaciones en 3D. Su presencia digital es… digamos… modesta. Y en un mundo donde «si no estás en redes no existes», eso es casi un suicidio profesional.
Las plataformas han democratizado el acceso al trabajo, sí. Pero también han creado un sistema perverso donde todos empiezan desde cero, sin importar tu trayectoria. En Fiverr, Upwork o Freelancer.com, el consultor senior con tres décadas de experiencia compite en igualdad de condiciones con un estudiante universitario que cobra la quinta parte.
El sistema de calificaciones es especialmente cruel. Tu primer proyecto en la plataforma te califica igual que a un novato, porque no importa que hayas dirigido departamentos completos o salvado empresas de la quiebra. Aquí lo que cuenta es si entregaste «rápido», si fuiste «amable en los mensajes» y si le pusiste «emojis a la comunicación».
Un diseñador gráfico de cincuenta y cinco años, con clientes de la talla de multinacionales en su haber, me contaba hace poco que perdió un proyecto en una plataforma porque su propuesta «se veía muy formal» y el cliente prefirió a alguien que le mandó un video de presentación con música de TikTok. «Treinta años aprendiendo a comunicarme profesionalmente», decía con amargura, «y resulta que eso ahora es un defecto».
Si hay algo que atormenta al freelancer senior es la presión de convertirse en «marca personal». Todos los gurús de LinkedIn te lo dicen: tienes que tener presencia, generar contenido, ser visible, crear comunidad. Pero nadie te dice cómo hacer eso cuando llevas treinta años trabajando en serio, no en redes sociales.
El profesional independiente de antes construía su reputación cara a cara, en almuerzos de negocios, en entregas impecables, en el boca a boca. Hoy se supone que debes estar publicando «tips» en LinkedIn, haciendo «lives» en Instagram, grabando «cápsulas de valor» en YouTube y siendo «auténtico y vulnerable» en Twitter.
¿Auténtico y vulnerable? Por favor. El senior aprendió a ser discreto, profesional, a no airear procesos ni ventilar clientes. Ahora resulta que eso es «no saber venderse». Que si no cuentas tu historia de superación con música emotiva de fondo, no existes.
Y luego está el tema de la edad visible. En las redes sociales, tu foto está ahí. Tus canas están ahí. Las arrugas que ganaste resolviendo crisis están ahí. Y aunque nadie lo diga en voz alta, todos saben que una foto de perfil «madura» reduce tus probabilidades de conseguir clientes jóvenes, que son, casualmente, los que más trabajo digital generan.
Uno de los golpes más duros para el freelancer senior es descubrir que su experiencia no justifica —a ojos del mercado— cobrar más. Un cliente potencial te dice sin pestañear: «Es que encontré a alguien que hace lo mismo por la mitad». Y tú te quedas ahí, con tu expertise, tus casos de éxito, tu capacidad de anticipar problemas, pensando: «¿Cómo le explico que no es lo mismo?»
Porque no es lo mismo. El junior te diseña un logo bonito; el senior te diseña un logo que funciona. El joven te escribe un texto pegajoso; el experimentado te escribe un texto que vende. El novato te hace una estrategia digital brillante sobre papel; el senior te hace una estrategia que considera las quince cosas que pueden salir mal y cómo evitarlas.Pero claro, eso no se ve en el portafolio. Eso no tiene métricas. Eso no se puede poner en un antes/después de Instagram. Entonces, ¿para qué pagar más?El freelancer senior enfrenta constantemente la humillación de tener que «justificar» sus tarifas, como si treinta años de experiencia necesitaran una nota al pie. Y lo peor es cuando empiezas a dudar: «¿Será que realmente estoy cobrando de más? ¿Será que mi conocimiento ya no vale tanto como creo?»
Si algo sobra en Internet son los «expertos» en marketing digital, growth hacking, personal branding y todas las variaciones posibles del mismo cuento. Y casi todos tienen menos de treinta y cinco años. Casi todos te venden la idea de que hay una fórmula mágica que tú no conoces porque eres un «inmigrante digital».El senior freelancer se ve bombardeado por webinars gratuitos que prometen «los secretos» para conseguir clientes, por ebooks que explican «cómo posicionarte en tu nicho», por masterclasses que enseñan «a vender sin vender». Y todos usan el mismo lenguaje, los mismos anglicismos, la misma estética de plantilla de Canva.El mensaje subliminal es siempre el mismo: «Estás haciendo todo mal. Tu forma de trabajar es obsoleta. Necesitas reinventarte». Y tal vez tengan algo de razón, pero también están vendiendo una solución para un problema que ellos mismos ayudaron a crear.
Porque antes no necesitabas un «funnel de ventas» con siete pasos para conseguir un cliente. Hacías un buen trabajo, te recomendaban, y listo. Ahora, aparentemente, necesitas un CRM, una secuencia de emails automatizados, un lead magnet, una landing page optimizada y un montón de cosas que no tienen nada que ver con tu verdadero talento.
El sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de la «modernidad líquida», donde todo fluye y nada permanece. Pero no anticipó hasta qué punto el trabajador mismo se convertiría en líquido. El freelancer senior es la encarnación perfecta de esa liquidez forzada: tiene que adaptarse o morir, reinventarse cada seis meses, estar siempre disponible, siempre actualizado, siempre «relevante».
Ya no existe el lujo de especializarte profundamente en algo y vivir de eso toda la vida. Ahora tienes que ser un «multidisciplinario ágil» que puede hacer de todo un poco. El consultor que solo consultaba ahora tiene que saber de redes sociales. El diseñador que diseñaba ahora tiene que saber de UX, UI, motion graphics y estrategia de contenido. El redactor que escribía ahora tiene que ser copywriter, community manager, SEO specialist y content strategist.
Y cada nueva habilidad requerida es un recordatorio de que lo que sabías ya no es suficiente. Que tu conocimiento, tan sólido antes, ahora se diluye en la exigencia de estar en todas partes al mismo tiempo.
Las cifras colombianas pintan un panorama complicado. Aunque la tasa de desocupación general viene bajando, el trabajo independiente en Colombia sigue siendo un terreno minado de informalidad y desprotección. Y para el profesional senior que trabaja por cuenta propia, la cosa es aún más dura.
El 50% de los mayores de cincuenta años reporta discriminación laboral por edad. Pero cuando eres freelancer, esa discriminación es más sutil. No te dicen «eres muy viejo». Te dicen «buscamos un perfil más junior» o «necesitamos alguien más ágil» o simplemente nunca te responden después de la videollamada donde vieron tus canas.
Y luego están las plataformas colombianas y latinoamericanas que replican el modelo de las internacionales: todos compitiendo por precio, con el que cobra menos ganando el proyecto. Es una carrera hacia el fondo donde la experiencia no solo no suma, sino que resta porque implica tarifas más altas.
El trabajador independiente senior en Colombia enfrenta además una cultura organizacional que todavía desconfía del freelancer «mayor». Hay una percepción de que si tienes cincuenta años y sigues trabajando por cuenta propia es porque «no te dieron trabajo fijo», no porque elegiste la independencia. El estigma es real y duele.
Una de las cosas que más desgasta al freelancer senior es la sensación de estar siempre en modo venta. Cuando trabajabas en una empresa, tenías tu puesto, tu sueldo, y podías concentrarte en hacer bien tu trabajo. Como independiente, además de trabajar, tienes que estar constantemente buscando el próximo proyecto, cultivando relaciones, «haciendo networking», actualizando el portafolio.
Y en la era digital, eso significa estar siempre «on».Respondiendo mensajes en LinkedIn. Publicando contenido en redes. Asistiendo a eventos virtuales donde todo el mundo está vendiendo algo. Es agotador. Y cuando tienes cincuenta y tantos, y llevas treinta años trabajando duro, lo que menos te provoca es andar rogando por proyectos o compitiendo con veinteañeros que cobran en exposición.Hay un cansancio existencial en todo esto. La sensación de «¿para esto estudié tanto, trabajé tanto, aprendí tanto? ¿Para terminar mendigando en LinkedIn?»El mercado ha creado una narrativa perversa: la experiencia tiene fecha de vencimiento. Después de cierto punto, no sumas experiencia; acumulas obsolescencia. Es como si cada año que pasa te alejara más del conocimiento válido en lugar de acercarte a la maestría.Esta idea es, por supuesto, una estupidez. Pero es una estupidez muy bien vendida. Las empresas quieren «sangre joven», «mentes frescas», «nativos digitales». Quieren gente que cobre poco, trabaje mucho, y no cuestione nada porque aún no tiene la seguridad que da la experiencia.
El freelancer senior sabe cosas que solo se aprenden con los años: sabe cuándo un cliente va a ser un problema, sabe cuándo un proyecto está mal planteado desde el inicio, sabe cuándo vale la pena pelear y cuándo es mejor retirarse. Pero todo ese conocimiento tácito, esa inteligencia que no está en ningún tutorial de YouTube, no se puede poner en un perfil de Linkedin.
No hay soluciones mágicas, pero sí hay formas de no ahogarse tan rápido. La primera: dejar de competir en el terreno donde estás en desventaja. No vas a ganar la batalla de quién cobra más barato. No vas a ganar el concurso de quién tiene más seguidores. Pero puedes ganar en profundidad, en criterio, en capacidad de resolver problemas complejos.
Busca clientes que valoren la experiencia, no que la penalicen. Generalmente son empresas más maduras, otros profesionales senior, organizaciones que ya se quemaron contratando por precio y aprendieron la lección. Esos clientes existen. Pero no están en las plataformas masivas de freelancing.
Segundo: construye tu presencia digital, pero a tu manera. No necesitas hacer bailes en TikTok. Pero sí necesitas tener un portafolio decente online, un LinkedIn actualizado, y —esto es clave— casos de estudio que muestren no solo qué hiciste, sino el impacto que tuvo. Los números hablan. Los resultados hablan.
Tercero: abraza la mentoría. Si el mercado no valora tu experiencia como servicio directo, valórala como conocimiento transmisible. Hay muchísimos jóvenes profesionales dispuestos a pagar por aprender de alguien que ya recorrió el camino. No es rendirse; es pivotar.
Y cuarto: establece límites. No tienes que estar disponible 24/7. No tienes que cobrar menos de lo que vales para «mantenerte competitivo». No tienes que reinventarte cada tres meses. La sostenibilidad de tu carrera independiente también es salud mental.
El Síndrome del Impostor Senior en el trabajador independiente es especialmente cruel porque no tienes ni siquiera el refugio de una nómina, un puesto, un equipo. Estás solo frente al mercado, y el mercado te está diciendo constantemente que ya no sirves.
Pero aquí está la verdad incómoda: el mercado está equivocado. No porque la experiencia sea automáticamente valiosa —hay gente con treinta años haciendo las cosas mal—, sino porque el criterio, el juicio, la capacidad de ver el bosque completo y no solo el árbol de enfrente, eso no se aprende en un bootcamp de seis semanas.
Tu valor no está en saber usar la última herramienta de IA. Está en saber cuándo usarla y cuándo no. En entender que detrás de cada proyecto hay personas, política, dinámicas que ningún algoritmo puede mapear. En poder anticipar el problema que el cliente ni siquiera sabe que tiene.
¿Que eso no se vende fácil en Instagram? Probablemente. ¿Que es más difícil conseguir clientes que cuando tenías treinta? Sin duda. ¿Que el mercado está configurado para favorecer a los jóvenes y baratos? Absolutamente.
Pero sigues siendo bueno en lo que haces. Treinta años no se evaporan porque ahora todo sea en Zoom. La pregunta no es si tu experiencia vale. La pregunta es si estás dispuesto a seguir peleando en un mercado que no la reconoce, o si vas a crear tu propio espacio donde sí importe.Porque al final, el mayor acto de rebeldía del freelancer senior no es adaptarse. Es negarse a desaparecer.
