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Del pata pata al bule bule

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Gabriel Lievano

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Relatos de Koco

En mi querido Polo Club, el barrio que me vió crecer, el barrio de mi adolescencia, el barrio de una de las épocas más recordadas y memorables de mi vida, sucedieron muchas cosas que cambiaron mi destino. Una de ellas el hecho innegable de haberme convertido en buen bailarín, buena pareja de baile y destacarme en la pista, en varios escenarios, como  en las fiestas.

Corrían Los años 60 y a mi corta edad lo más cercano a una de ellas, era asistir en compañía seguramente de alguno de mis hermanos mayores, a los esperados conciertos “Milo a go-go”; una idea pensada por la famosa marca de leche achocolatada y su área de comunicaciones, que promocionaba nacientes cantantes y grupos musicales. La tarima la montaban en la esquina de la plazoleta de la droguería Nueva York en la 24 con calle 86. Tuve la oportunidad de conocer y medio moverme  al ritmo de  Los Speakers de Rodrigo García y Edgar Dueñas;  The  Flippers  con Arturo Astudillo y Carlos Martinez; Harold Orozco y por supuesto Oscar Golden. Era muy chico para entenderlo y dimensionar lo importante que llegaron  a ser.

De vez en cuando nos reunimos  en la casa de algún amigo, posiblemente donde los “Chapete”, donde los Moreno, en mi casa o donde los Escobar, claro con la aprobación de papá Mechitas y  allí al ritmo del pata pata o el bule bule comenzábamos a practicar los movimientos ondulantes del cuerpo al son de la música y lo más importante, vencer el primer obstáculo de quien quiere ser buen bailarín: la timidez. Algo difícil de lograr si se tiene como pareja a un mortal igual a uno; terminaba uno pidiendo un salvavidas con alguna de las queridas hermanas del dueño de la casa de turno. Por esa epoca habian llegado a Colombia (como muchas costumbres importadas de USA, lease: los blue jeans, la coca cola, las papas a la francesa y otras tantas banalidades) unos aros de colores llamados Ula Ula que pronto se convirtieron en los mejores ayudantes de baile. Con el ula ula comenzaba a mover la cintura y los brazos y los tobillos al ritmo cadencioso de la música.

Siendo mis padres tan buenos anfitriones y que con regularidad hacían tertulias que terminaban en baile, es el momento de agradecerles por haberme permitido  estar allí. Las grandes orquestas locales o Big Bands como la de Lucho Bermúdez, Pacho Galán eran las protagonistas de la noche. No faltó la invitada desparejada que frente a mi curiosidad e inocencia mezclada con timidez, terminaba convirtiéndome en su pareja. Gracias también a ellas que a fuerza de “ comer pavo” (expresión bogotana cuando no sacaban a bailar a una invitada a la fiesta) me permitieron salir a la pista.

Con el transcurrir de los años, entrada la pubertad y ya con prematuros y precoces noviazgos, las fiestas se convirtieron en el escenario ideal para “la conquista”. Con la anuencia de uno que otro padre-madre, en extraños horarios, de 3 a 7pm, solo en tiempo de vacaciones y unos buenos pasabocas caseros, se organizaban fiestas. Ocasionalmente en el apartamento de Polo Laspriella; sus hermanas, muy queridas, comprensivas y mayores que nosotros, nos animaban a la conquista, de la pista y de la niña bonita. Otro buen escenario era la sala de la casa de los ”Chapete” inmensa y  acogedora; ni hablar de aquella, decorada en piedra caliza, con chimenea y con un estilo muy auténtico: la sala de los Moreno – Tribín. En estas tímidas y deliciosas jornadas la música que nos acompañaba era la de Los corraleros del majagual, Alfredo Gutierrez, Alejo Durán, Bovea y sus vallenatos, la infaltable feria de manizales, por nombrar solo algunos. La descripción del rito, muy sencilla: Protagonistas la timidez por un lado y la torpeza por el otro; El espacio diseñado de manera muy rígida: la niñas a un lado y al frente nosotros; en un extremo la radiola, tocadiscos o en el mejor de los casos un ruidoso  pick up y al  otro la mesa con los pasabocas y bebidas(gaseosas). Una vez todos listos y al primer acorde musical, cada quien lanzaba una mirada periférica para ubicar su doncella y luego recorrer la pista para al llegar pedirle con la mano extendida  el chance de bailar… El riesgo de quedarse comiendo pavo, frente a la negativa de la china, era bastante alto por cierto. En ese momento y frente a una negativa, creería que en mi caso, se frustraron las oportunidades de buenos  noviazgos. Fin de la conquista. O no.

Cuando la estrategia de la fiesta en las tardes no estaba disponible, la solución, como siempre, la tenía el párroco, Batman (a quien algún rebelde sin causa y agnóstico desocupado le había puesto ese mote). Sí, a este Siervo de Jesús le gustaba de vez en cuando y en vacaciones organizar también unas maravillosas y ya nocturnas (afortunadamente) fiestas. Entre las 9 y las 12 o 12:30 am en el salón cultural disfrutamos de espléndidas veladas al son de Los Hispanos, Los graduados, Los Black Star, los Melódicos y la orquesta  Billos Caracas Boys. Recuerdo en alguna de esas veladas, acercarme y bailar con esa niña de la esquina nor-oriental de la plazoleta de los Torres, estudiante del San Patricio y con quien todas las mañanas camino al colegio cruzaba tímidas y enamoradizas miradas. Gracias al padre Cruz, mi timidez iba desapareciendo y mis dotes de bailarín se encontraban en franca mejoría.

Con el tiempo y más adolescentes, nos fuimos volviendo muy selectivos a la hora de organizar una reunión en casa. La fiesta  de muchos invitados se convirtió en un grupo de no más de 6 o 7 parejas. Número par por obligación. Si por casualidad a un invitado la pareja que invitaba le cancelaba a última hora, (solía pasar con regularidad, generalmente por propuestas más atractivas) automáticamente se convertía en el DJ de la noche y en el bartender por consecuencia. Eventualmente  tenía compañía cuando alguna de las niñas invitadas, para conseguir el permiso de los padres, tenía que “cargar” con la hermana o una prima. Para la época la música que bailábamos era muy selecta. A esa altura algunos de nosotros ya nos consideramos incipientes melómanos y teníamos colecciones de LPs. Nos dabamos a la tarea de libretear el menú musical: De inicio una buena descarga salsera para poner en calor el ambiente; Seguido luego de una buena dosis de chucu chucu  o sea toda la musica que habíamos bailado años atrás, incluidos pasodobles de rigor. A esa altura de la noche los ánimos y la conquista se acercaban a su punto más interesante,  en ese momento como por arte de magia las luces perdían su esplendor y a media luz el DJ soltaba la música slow… llegaba Samba pa´ti, Black magic Woman de Santana, You’re so beautiful en la versión más hermosa cantada por Joe Coker, You´ve got a friend con Carole King todas ellas magistralmente bailadas en la proximidad de los cuerpos de los enamorados, en el susurro al oído con las palabras más hermosas que se nos ocurrieran y en las manos juntas aun si la música callaba. Seguía entonces una buena tanda de boleros que solíamos cantar todos en coro; al fin y al cabo una vez sellado el enamoramiento con un cándido y fortuito beso, un memorable SÍ y luego… somos novios porque aunque esta tarde vi llover, parece que fue ayer que contigo aprendí  y no se tú pero yo esperaré. Ya entrada la madrugada en los albores del día se iniciaba el ceremonial de recoger un poco el desorden para ayudar al dueño de casa y asegurar la repetición locativa y llevar a las niñas, novias  o amigas a sus respectivas casas. La despedida era obviamente con un último baile a ritmo de Guillermo Portabales y su inolvidable … por el camino del sitio mío un carretero alegre pasó…

El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos canta el trovador mayor, Pablo Milanés; las fiestas fueron desapareciendo paulatinamente, las cambiamos por las discotecas en una época en donde era improbable hacerlas en casa ya que las disco ofrecían una parafernalia bastante atractiva como compleja.  La reunión en torno a la chimenea o ante un buen lomo al trapo  no llega a ser tan emocionante como lo eran las bailadas de bule bule o pata pata.  Las fiestas se cambiaron por tertulias musicales que son entre otras, muy amenas; por tertulias   intelectuales bastante enriquecedoras; algunas se tornan políticas (que jartera sobre todo en esta época) o reuniones de amigos en donde ocasionalmente terminamos bailando. Como en las buenas noches de baile, al terminar la jornada llega la nostalgia de lo vivido.

Finalmente ya no está Israel el viejo y bondadoso  sacristán de la parroquia, a quien en una velada bailable, y con el ánimo de animar más la fiesta, distrajimos y le  embolatamos una botella del mejor vino de consagrar. Eso salvó la noche.

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