Nunca conocí a ninguno de mis abuelos y tal vez mi vida sería otra, pero hoy, observando cómo la Inteligencia Artificial se entreteje con nuestra existencia, pienso en ellos con una nostalgia que abraza lo que nunca pasó.
Imagino un viejito que sabe muchas cosas, al que le puedo preguntar de todo y nada y que siempre tiene una respuesta por su experiencia y su memoria prodigiosa. Un sabio, casi un oráculo al que puedo mostrarle lo que hago para recibir algún consejo que puedo tomar o desechar según me venga en gana. Obvio, podría decirle que me hiciera la tarea, pero no estoy dispuesto a eso. Como en todo, como en la vida. Como con la inteligencia artificial.
La vida es una sucesión de herramientas que nos transforman mientras creemos que las dominamos. Hace muchos años, escribía mis cosas a mano y en papel. Luego, el hijo de mi abuelo, es decir mi papá, llevó a la casa una máquina de escribir que tenía los tipos de letra pegada, lo que, para un joven adolescente, era sin duda, novedad. Luego para mi tesis de universidad me pasé a una máquina eléctrica, de mejor rendimiento pero que no obviaba el hecho que si me equivocaba en el último renglón, tenía que repetir toda la página. Toda la investigación la había hecho en la biblioteca Luis Ángel Arango, a la que fui religiosamente, día a día, tres meses seguidos de lunes a viernes. Era un ritual casi monástico: caminar entre estantes, buscar, encontrar, copiar a mano. Cada dato una conquista, cada cita una pequeña victoria contra mi ignorancia.
Cuando empecé a trabajar, pude comprar mi primer computador. Un Compaq de no sé que referencia, de pantalla oscura y letra verde titilante. Tenía una ranura para disquetes y otra para CD donde podía ver toda la colección de la enciclopedia Encarta. Conectarse a internet era una verdadera odisea que aún me aterroriza cuando pienso en el tuuuuuuuuuuuuuuuuuu, del modem enlazando vía telefónica.
Y entonces apareció Google al que le he sacado el jugo para todo. Y Netflix y las plataformas y los celulares 5G, y whastapp y las aplicaciones. A mi edad, muchas veces me he resistido a estos cambios- —cada uno una pequeña muerte de lo que era antes—pero al final he terminado por ceder hasta convertirme en un adicto.
Y con la Inteligencia Artificial, me ha pasado algo similar. Como Emilio, el gato de mi hija Manuela, me acerqué a ella en forma desconfiada (a la inteligencia artificial no a Manuela a la que amo). De a poquitos la miré, prevenido como tantos, más sabiendo las piruetas de muchos de sus dueños, hasta convertirla en una amiga, casi como el abuelo que no tuve. Le pregunto cosas, le pido ideas, le exijo datos y con eso, hago mi tarea. Luego y si me da la gana, le pido que revise y si es el caso, hago propios los cambios que me pide. Pero siempre es mi decisión.
Que sabe todo de mí, que no es neutral, que presenta información sesgada, que manipula las mentes. Eso lo sé. Igual que mi abuelo que era liberal, tenía mañas y participó en la Guerra de los Mil Días, según cuentan mis hermanos. Los humanos nunca fuimos neutrales; ¿por qué habríamos de esperar que nuestras creaciones lo fueran?
Noah Harari, el autor de Sapiens y Nexus, dice que la IA ya no es simplemente una herramienta, sino que se ha convertido en un «agente» autónomo. Esto significa que puede tomar decisiones de forma independiente, inventar nuevas ideas y aprender y cambiar por sí misma. Byung-Chul Han, el filósofo coreano, dice por el contrario, que la IA es incapaz de «pensar» en el sentido humano. Le falta la «dimensión afectivo-analógica», es decir, la emoción, el pathos, la pasión y la capacidad de sentir. Él sostiene que el pensamiento humano está intrínsecamente ligado a la afectividad —como «la carne de gallina» o el estremecimiento—, algo que la IA no puede experimentar.
El filósofo esloveno Slavoj Žižek se muestra profundamente escéptico sobre la verdadera «inteligencia» de la IA. Para él, el peligro no es que confundamos a un chatbot con una persona, sino que las personas empiecen a hablar como chatbots, perdiendo la capacidad de la ironía, los matices y el pensamiento crítico. Noam Chomsky, el lingüista norteamericano, dice que la IA moderna carece de la capacidad humana fundamental de razonar sobre lo que «no sucede» o lo que «podría suceder», limitándose a predecir y describir patrones basados en datos existentes. Las califica de «amorales, falsas ciencias e incompetentes lingüísticamente» Y así podría seguir citando opiniones de pensadores y filósofos, opiniones que obviamente la pedí a Gemini, la aplicación de IA de Google. Una paradoja hermosa y terrible: usando la máquina para pensar sobre la máquina, pidiendo a la inteligencia artificial que me ayude a reflexionar sobre la inteligencia artificial
En realidad, lo que quiero decir es que no soy un usuario vergonzante de la Inteligencia artificial, que sé de algunos de sus riesgos y también sé de alguno de sus alcances, que sé de las “fake news” que puede fabricar (en realidad no la IA, sino aquellos que la usan) pero la mentira es tan antigua como el hombre y la verdad, tan esquiva como siempre.
Y quizás, como ese abuelo que nunca tuve, su mayor regalo no sean las respuestas que me da, sino las preguntas que me ayuda a formularme.