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En las calles de Bogotá, Medellín y Cali, una revolución silenciosa está tomando forma. No son solo los millennials quienes circulan en patinetas eléctricas. Hay una generación que muchos no esperarían ver sobre dos ruedas: los adultos de 50 a 65 años.

Carlos tiene 62 años y cada mañana sale de su apartamento en Chapinero con algo que jamás pensó que volvería a usar: una patineta. «Mis hijos se burlan», cuenta mientras se ajusta el casco, «pero no entienden lo que esto significa para mí. Es como recuperar una independencia que creía perdida». Su patineta eléctrica, de motor silencioso y batería que dura 35 kilómetros, le permite llegar a la panadería sin depender de nadie, esquivar los trancones de la Séptima y, sobre todo, sentirse dueño de su tiempo otra vez.

La historia de Carlos no es única. En Colombia, mientras las cifras oficiales muestran que las patinetas eléctricas han experimentado un crecimiento del 148% en ventas durante el último año, hay una realidad menos visible pero igual de contundente: los adultos mayores están adoptando este medio de transporte con una determinación que sorprende hasta a los expertos.

«En mi juventud, tener carro era lo máximo», reflexiona María Elena, de 58 años, quien cambió su Chevrolet por una patineta eléctrica hace seis meses. «Hoy es al revés. Mi patineta me lleva a donde quiero, cuando quiero, y no me estreso buscando parqueadero». Su testimonio refleja algo más profundo: un cambio generacional en el concepto de estatus y movilidad.

El fenómeno no surge de la nada. Las más de 18.000 patinetas eléctricas vendidas en 2022, según datos de Fenalco, representan apenas la punta del iceberg de una transformación urbana. Para los usuarios de 50 a 65 años, estos vehículos no son un capricho tecnológico sino una herramienta práctica que resuelve problemas específicos.

La autonomía es la palabra clave. Después de décadas dependiendo del transporte público, del carro propio o de la buena voluntad de familiares, la patineta eléctrica les devuelve el control sobre sus desplazamientos.  La economía también juega un papel fundamental. Con la gasolina por las nubes y los costos del transporte público sumando mes a mes, una patineta eléctrica que consume apenas unos centavos de luz por carga se convierte en una inversión inteligente. «Lo que me gastaba en gasolina en una semana, ahora me dura tres meses», calcula Carmen, contadora de 55 años que cambió su moto por una patineta el año pasado.

El lado oscuro de las dos ruedas

Pero no todo es color de rosa en este nuevo mundo sobre ruedas. La reciente Ley 2486 de 2025, que por primera vez regula nacionalmente el uso de patinetas eléctricas, trae consigo una paradoja inquietante: mientras promueve su uso eximiendo a los conductores de tener SOAT, licencia o matrícula, deja a los usuarios expuestos a riesgos financieros enormes en caso de accidente.

Para una población que puede ser más vulnerable a fracturas y lesiones graves, la ausencia de un seguro obligatorio representa un riesgo que pocos calculan al momento de la compra. «Nunca pensé en eso hasta que me caí en un hueco», confiesa Hernando, de 59 años, quien terminó con el brazo enyesado y una cuenta médica de dos millones de pesos. «La patineta no se dañó, pero yo sí».

La falta de datos oficiales sobre accidentalidad agrava el panorama. Mientras ciudades como Medellín y Cali no registran específicamente los siniestros de patinetas eléctricas en sus estadísticas, los usuarios navegan a ciegas sobre los riesgos reales. Es como manejar con los ojos vendados en una ciudad que tampoco tiene claro por dónde van sus nuevos habitantes sobre ruedas.

La inseguridad añade otra capa de complejidad. En Bogotá, el hurto de patinetas aumentó 30% en el primer semestre de 2024, y los casos más dramáticos involucran violencia extrema. El asesinato de un hombre de 59 años durante un robo, donde los delincuentes solo se llevaron su patineta, reveló una realidad cruda: estos vehículos se han convertido en botín preciado para la delincuencia organizada.

«Uno sale con miedo», admite Patricia, de 54 años, quien compró su patineta para desplazarse a su trabajo en una oficina del centro. «Pero qué le vamos a hacer, no podemos quedarnos encerrados. Toca adaptarse y ser más vivo que los ladrones».

La ausencia de matrícula, que en teoría facilita el uso, en la práctica facilita también la reventa de vehículos robados. Sin un sistema de registro oficial, recuperar una patineta hurtada se vuelve casi imposible, y el mercado negro florece alimentado por esta laguna legal.

Las calles tampoco están preparadas para esta nueva realidad. Aunque Bogotá presume de tener más de 580 kilómetros de ciclorrutas, la convivencia entre bicicletas tradicionales, patinetas eléctricas y peatones genera roces constantes. «Las ciclorrutas no dan abasto», observa un usuario de 60 años que prefiere no dar su nombre. «Uno va a 25 por hora y se encuentra con una bicicleta a 10. Es un problema de matemáticas básicas».

La prohibición de usar andenes, contemplada en la nueva ley, choca con una realidad urbana donde muchas vías carecen de ciclorrutas adecuadas. Los usuarios mayores, más conscientes de su vulnerabilidad, a menudo prefieren arriesgarse a una multa antes que exponerse al tráfico vehicular.

La revolución silenciosa continúa

A pesar de los obstáculos, la adopción sigue creciendo. En las mañanas bogotanas, no es raro ver a ejecutivos canosos llegando a oficinas en Zona Rosa montados en patinetas que guardan cuidadosamente en sus cubículos. En Medellín, las cuestas del centro se han vuelto transitables para adultos mayores que descubrieron en los motores eléctricos un aliado para vencer la topografía.

El cambio va más allá de las cifras. Representa una transformación cultural donde una generación que creció viendo al automóvil como símbolo de éxito abraza una forma de movilidad que sus padres habrían considerado cosa de niños. Es, quizás, la última rebelión de una generación que se niega a envejecer sentada en un sofá.

La patineta eléctrica, en manos de los colombianos de 50 a 65 años, se ha convertido en algo más que un medio de transporte: es una declaración de independencia, una apuesta por la movilidad y, sobre todo, una forma de recuperar el control sobre algo tan básico como decidir cuándo y cómo moverse por la ciudad que habitan hace décadas.

En un país donde envejecer dignamente es un privilegio, estas dos ruedas eléctricas ofrecen, al menos, la posibilidad de envejecer en movimiento.

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