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Han pasado más de seis años desde que Jeffrey Epstein apareció muerto en su celda del Centro Correccional Metropolitano de Manhattan, y todavía seguimos excavando. Cada vez que creemos haber tocado fondo en esta historia, aparece un nuevo sótano .Es  una especie de matrioska rusa. Febrero de 2026 marca un momento peculiar: ya no estamos descubriendo que existió un monstruo, sino descifrando cómo tantas instituciones —gobiernos, bancos, monarquías, medios— lo alimentaron mientras miraban para otro lado.

La muerte de Epstein en agosto de 2019 cerró un capítulo, pero abrió una biblioteca entera de preguntas. Y ahora, con la Ley de Transparencia de los Archivos Epstein convertida en realidad gracias a una de esas raras alianzas bipartidistas que solo emergen cuando el escándalo ya no se puede barrer bajo la alfombra, estamos ante una revelación que hace temblar los cimientos de lo que creíamos saber sobre poder e impunidad.

Epstein nació en Brooklyn en 1953 como hijo de un jardinero y una secretaria escolar. Nada en ese origen auguraba lo que vendría después. Era brillante, eso sí: saltó dos grados en Lafayette High School y se graduó a los 16. Estudió en Cooper Union y luego en el Courant Institute de NYU, donde debería haberse convertido en matemático o físico. Pero nunca terminó. Abandonó sin título, un detalle que después maquillaría sistemáticamente en sus currículums.

Lo extraordinario no fue su inteligencia —que la tenía— sino su habilidad para convertir esa inteligencia en llave maestra. En 1974, sin credenciales formales, consiguió un puesto de profesor en la Dalton School, una institución de Manhattan donde los hijos de la élite neoyorquina aprendían a ser la siguiente generación de la élite. Quien lo contrató fue Donald Barr, padre del futuro fiscal general de los Estados Unidos, William Barr. Ya desde entonces, Epstein entendía algo fundamental: el acceso a los círculos de poder no se consigue con diplomas, sino con presencia.

Los estudiantes lo recordaban como un tipo raro que asistía a sus fiestas donde circulaba alcohol. Pero lo que Epstein estaba haciendo en realidad era estudiar a los padres, no a los hijos. Muchos de esos padres trabajaban en Wall Street. En 1976, cuando Dalton lo despidió por su pésimo desempeño pedagógico, Epstein ya tenía su próximo movimiento armado.

Alan  Greenberg, entonces director de Bear Stearns y padre de uno de sus ex alumnos, le abrió las puertas del mundo financiero. Epstein entró como asistente junior y en cuatro años ya era socio limitado de la firma. La revista Cosmopolitan lo eligió “soltero del mes” en 1980. Tenía 27 años, ganaba dinero a manos llenas  y empezaba a construir esa aura de genio financiero que lo acompañaría el resto de su vida.

Pero algo no cuadraba. Bear Stearns comenzó a cuestionar sus prácticas: discrepancias en su historial académico, uso irregular de fondos. Epstein salió en 1981 antes de que lo empujaran, y fundó International Assets Group. Se autodenominó “cazador de recompensas financiero”, un término que suena a película de acción pero que básicamente significaba recuperar dinero robado para multimillonarios. Para 1984 ya tenía su primer millón. Para 1987 su nombre aparecía vinculado a Towers Financial Corporation, una empresa que resultó ser un esquema Ponzi masivo.La opacidad era su marca registrada. Nadie sabía exactamente qué hacía Epstein ni de dónde salía su dinero. Y esa ambigüedad no era accidental: era el producto.

En 1988 llegó el punto de quiebre. Epstein conoció a Leslie Wexner, el multimillonario fundador de L Brands, dueño de Victoria’s Secret. La relación que establecieron desafía cualquier lógica empresarial convencional. Wexner le otorgó a Epstein un poder notarial total sobre su fortuna. Comprar, vender, pedir prestado: todo en nombre de Wexner. Nadie hace eso. Nadie entrega ese nivel de control a menos que haya algo más en juego.

Bajo el paraguas de Wexner, Epstein dejó de ser un operador turbio para convertirse en un miembro certificado de la élite global. Mansión en Manhattan, jets privados, isla en las Islas Vírgenes. Pero sobre todo: acceso. Presidentes, premios Nobel, príncipes. Epstein se movía entre ellos como pez en el agua, siempre rodeado de chicas jóvenes que presentaba como modelos, asistentes o protegidas.

Ghislaine Maxwell, hija del magnate de medios Robert Maxwell, se convirtió en su socia operativa. Ella traía su pedigrí aristocrático británico; él traía el dinero. Juntos construyeron una maquinaria de abuso que funcionó durante décadas porque sabía disfrazarse de filantropía, de mecenazgo científico, de networking de alto nivel.

En 2005 la policía de Palm Beach recibió una denuncia: una niña de 14 años había sido abusada en la mansión de Epstein. La investigación reveló un patrón sistemático. Decenas de víctimas, un esquema de reclutamiento que funcionaba como una pirámide perversa donde las víctimas traían a otras víctimas. Las pruebas eran abrumadoras.

Pero entonces entró en escena Alexander Acosta, fiscal federal del Distrito Sur de Florida. En 2008 Epstein firmó un acuerdo de no procesamiento que es, hasta el día de hoy, una de las anomalías legales más escandalosas de la historia judicial estadounidense. Epstein se declaró culpable de cargos estatales menores —prostitución— y pasó 13 meses en una cárcel local con un régimen que le permitía salir durante el día para trabajar en su oficina. Trece meses por dirigir una red de tráfico sexual de menores.

El acuerdo, además, blindaba a todos sus posibles cómplices de futuras acusaciones federales. Y se mantuvo en secreto. Las víctimas ni siquiera fueron informadas, en violación directa de la Ley de Derechos de las Víctimas de Crimen.Acosta después se convertiría en Secretario de Trabajo bajo Donald Trump. Cuando el escándalo resurgió en 2019, tuvo que renunciar.

El acuerdo de 2008 aguantó una década. Pero en noviembre de 2018 el Miami Herald publicó una investigación demoledora que reventó la historia. En plena era MeToo, la impunidad de Epstein se volvió insostenible. El 6 de julio de 2019 fue arrestado en el aeropuerto de Teterboro cuando regresaba de Francia. Esta vez las acusaciones eran federales y las posibilidades de otro arreglo, nulas.

Un mes después estaba muerto. La versión oficial: suicidio por ahorcamiento. Las circunstancias: cámaras de seguridad que fallaron, guardias que se quedaron dormidos, el hecho de que Epstein había sido retirado de vigilancia por riesgo de suicidio apenas días antes. Hasta el médico forense privado contratado por la familia cuestionó el diagnóstico oficial, señalando fracturas en el cuello más consistentes con estrangulamiento que con ahorcamiento.La muerte de Epstein no cerró el caso. Lo abrió de par en par.

La Ley de Transparencia de los Archivos Epstein (EFTA) fue una rareza política: republicanos y demócratas votando juntos para forzar al Departamento de Justicia a liberar todo lo que tenía sobre Epstein. Donald Trump la firmó en noviembre de 2025, probablemente porque el daño político ya estaba repartido entre ambos lados del espectro.

Desde diciembre de 2025 hasta febrero de 2026, el DOJ ha publicado más de 3,5 millones de páginas de documentos. Correos electrónicos, fotografías, videos de vigilancia, contratos comerciales, registros de vuelo. Un archivo masivo que ha confirmado lo que muchos sospechaban pero nadie podía probar: Epstein no operaba solo, y su red seguía activa incluso después de su condena en 2008.

Ghislaine Maxwell: la única que pagó

Ghislaine Maxwell fue arrestada en julio de 2020 en una propiedad remota de New Hampshire. En diciembre de 2021 la declararon culpable de cinco cargos federales por tráfico sexual de menores. Veinte años de prisión. Intentó apelar hasta la Corte Suprema, que rechazó su recurso en octubre de 2025.Maxwell es, hasta ahora, la única persona que ha ido a prisión por la red de Epstein. Ni un solo cliente. Ni un solo facilitador del círculo íntimo. Solo ella.

Peter Mandelson: la bomba británica

El impacto más dramático de las revelaciones de 2026 ha sido la caída de Peter Mandelson, exministro laborista y figura clave del gobierno de Gordon Brown. Los archivos muestran que Mandelson mantuvo contacto estrecho con Epstein incluso después de que este se registrara como delincuente sexual. Hay correos que sugieren pagos de hasta 75.000 dólares. Más grave aún: comunicaciones que insinúan que Mandelson habría compartido información gubernamental sensible sobre el rescate financiero del Reino Unido en 2010.

En febrero de 2026 la Policía Metropolitana de Londres abrió una investigación por “conducta inapropiada en cargo público”. Keir Starmer, primer ministro laborista, lo destituyó como embajador en Estados Unidos. Gordon Brown, quien había reintegrado a Mandelson al gabinete en 2008, expresó públicamente su “profundo pesar” por no haber conocido entonces la extensión de sus vínculos con Epstein.

Elon Musk

Los archivos también han salpicado a figuras del mundo corporativo que juraban haber mantenido a Epstein a distancia. Elon Musk, quien siempre minimizó cualquier relación con el financiero, aparece en correos de 2012 y 2013 discutiendo posibles visitas a la isla privada de Epstein. Musk sostiene que nunca fue, que rechazó las invitaciones. Pero la frecuencia de la correspondencia contradice la narrativa del “lo vi una vez en una cena”.

El príncipe Andrew: el final del camino

El príncipe Andrew ya había alcanzado su punto de no retorno en 2022 cuando pagó 12 millones de libras para resolver extrajudicialmente la demanda de Virginia Giuffre, quien lo acusó de abuso cuando era menor. Pero los archivos de 2026 han sellado su destino definitivamente.

Hay fotografías inéditas de Andrew en situaciones comprometedoras. Hay correos que sugieren que intentó facilitar el acceso de Epstein al Palacio de Buckingham incluso después de que este se registrara como delincuente sexual. En octubre de 2025, el rey Carlos III le retiró todos sus honores militares, títulos y el tratamiento de “Su Alteza Real”. Lo desalojó de Royal Lodge.

El caso de Andrés Pastrana:

La publicación de los archivos desclasificados por el Departamento de Justicia (DOJ) en enero y febrero de 2026 ha arrojado luz sobre la relación de Jeffrey Epstein con el expresidente colombiano Andrés Pastrana Arango. Los hallazgos se basan en bitácoras de vuelo, correspondencia interna y testimonios de víctimas:

Vuelos en el “Lolita Express”: Las bitácoras de vuelo confirman que Pastrana viajó en el jet privado de Epstein en marzo de 2003 con destino a Cuba, en un viaje que incluyó al pederasta francés Jean-Luc Brunel y a dos mujeres identificadas como reclutadoras de menores. Pastrana ha confirmado la existencia del viaje, afirmando que fue una invitación de Fidel Castro para conocer a distribuidores de cigarros, pero niega haber tenido conocimiento de actividades ilícitas durante el trayecto.

La conexión con Ghislaine Maxwell y el Black Hawk: Se han desclasificado fotografías de Ghislaine Maxwell vestida con uniformes de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC) junto al coronel Julio César Londoño. Maxwell declaró en testimonios que ella y Pastrana se hicieron amigos por su afición mutua a volar helicópteros, y que el entonces mandatario le permitió pilotar un Black Hawk en Colombia. En correos electrónicos de 2003, Maxwell relata de forma inquietante haber participado en una supuesta “cacería humana” sobrevolando la Amazonía, afirmación que los investigadores consideran que podría ser una hipérbole o referencia a operaciones militares, pero que ha generado un fuerte rechazo público.

Cuestionamientos sobre conductas inapropiadas: En una declaración de 2010, se le preguntó a una víctima (modelo polaca) si Pastrana había tenido relaciones con menores traídas por Epstein; la víctima se negó a responder siguiendo una estrategia de su defensa. Por su parte, Ghislaine Maxwell, al ser interrogada bajo juramento, afirmó que nunca presenció conductas inapropiadas de Pastrana con menores o masajistas.

Pastrana ha respondido a estas revelaciones negando categóricamente haber visitado la isla Little St. James y ha mantenido enfrentamientos públicos en 2026 con el actual presidente Gustavo Petro, quien cuestionó el uso de uniformes militares por parte de la red de Epstein.

La historia de Jeffrey Epstein no es la historia de un depredador solitario. Es la historia de un sistema que eligió protegerlo

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