Hay algo obsceno en la forma como convertimos la tragedia ajena en mitología reconfortante. El llamado «Club de los 27» —ese cementerio imaginario donde reposan Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse— no es tanto un fenómeno estadístico como un mecanismo de defensa cultural. Una manera elegante de no mirar demasiado de cerca.
Porque si uno mira de cerca, si raspa un poco el barniz dorado de la leyenda, lo que encuentra no son héroes trágicos cumpliendo un destino cósmico. Lo que encuentra son personas rotas intentando sobrevivir un día más.
Tal vez fueron los astrólogos con su teoría del Retorno de Saturno. Según esta lectura cósmica, alrededor de los 27 años el planeta Saturno completa su primera órbita desde nuestro nacimiento y nos enfrenta, sin piedad, con la realidad adulta. Para el «eterno adolescente» —el arquetipo del artista romántico— esta transición es insoportable. Prefieren morir antes que envejecer, antes que volverse convencionales.
Es una teoría seductora porque nos libera de culpa. Si estaba escrito en las estrellas, nadie tiene la responsabilidad. Ni la industria que los exprimió. Ni los managers que los abandonaron. Ni nosotros, que compramos sus discos y después sus obituarios.
Wendy O’Connor, la madre de Kurt Cobain, lo dijo mejor que nadie cuando se enteró de la muerte de su hijo: «Ahora se ha ido y se ha unido a ese estúpido club. Le dije que no se uniera a ese estúpido club». Como si fuera una decisión consciente. Como si Kurt hubiera llenado una solicitud de membresía.
Los objetos malditos y el pensamiento mágico
El mito necesita fetiches, objetos tangibles donde anclar el miedo. Así nació la leyenda del encendedor blanco: supuestamente Hendrix, Joplin, Morrison y Cobain murieron con un encendedor BIC blanco en el bolsillo. Hasta el día de hoy hay fumadores que rechazan los encendedores blancos como si fueran radiactivos.
El detalle incómodo es que BIC no empezó a fabricar encendedores hasta 1973, tres años después de que Hendrix y Joplin murieran, dos después de Morrison. Y las fotos policiales de la escena donde Cobain se suicidó no muestran ningún encendedor blanco. Pero la leyenda persiste porque necesitamos creer que hay señales, patrones, advertencias ocultas en lo cotidiano.
Un estudio del British Medical Journal analizó la mortalidad de más de mil músicos que tuvieron álbumes número uno entre 1956 y 2007. Los resultados fueron brutalmente claros: no hay ningún pico de mortalidad a los 27 años. La tasa de muerte a esa edad es estadísticamente idéntica a la de los 25 o los 32.
Lo que sí confirmó el estudio es que los músicos famosos tienen entre dos y tres veces más probabilidades de morir jóvenes que el resto de la población. Pero ese riesgo se distribuye parejo a lo largo de toda la veintena y la treintena. No hay magia en el 27. Otro estudio sugiere que la edad más peligrosa para los músicos es en realidad los 56 años, cuando décadas de abuso acumulado finalmente cobran su factura biológica.
El «Club de los 27» es lo que los sociólogos llaman sesgo de selección: elegimos los datos que confirman la narrativa y descartamos todo lo demás. Otis Redding murió a los 26. Jeff Buckley a los 30. Pero nadie habla de un «Club de los 26» o un «Club de los 30» porque esos números no suenan igual de místicos.
La vida de todos
Aquí es donde la cosa se pone incómoda. Porque si quitamos el mito, si apagamos las luces del escenario, lo que queda expuesto no son dioses eligiendo arder en vez de apagarse. Son personas comunes aplastadas por traumas muy específicos.
Jim Morrison no era un chamán poeta. Era el hijo de un almirante de la Marina que declaró a sus padres muertos para poder reinventarse, un alcohólico severo que usaba el whisky para tapar una ansiedad social paralizante y un dolor que nunca supo nombrar.
Kurt Cobain no era un mártir del grunge. Era un tipo con dolor de estómago crónico que ningún médico pudo diagnosticar, que usaba heroína inicialmente como automedicación porque el sistema médico le falló. Era un niño que nunca superó el divorcio de sus padres a los ocho años y que escribió «Odio a mamá, odio a papá» en las paredes de su cuarto.
Janis Joplin no era la reina hippie del amor libre. Era una chica de Texas tan brutalmente acosada en la secundaria que la votaron como «el hombre más feo del campus» en la universidad. Toda su carrera fue un intento desesperado de demostrarle a Port Arthur que se equivocaban. Incluso después de la fama mundial, volvió a su reunión de secundaria buscando una validación que nunca llegó.
Jimi Hendrix no era un dios de la guitarra eléctrica. Era un niño pobre de Seattle cuya madre alcohólica murió cuando él tenía 15 años y cuyo padre no lo dejó ir al funeral. De niño cargaba una escoba fingiendo que era una guitarra y creó un superhéroe imaginario llamado «Buster» para escapar de una realidad insoportable.
Amy Winehouse no era una diva autodestructiva. Era una mujer con bulimia no tratada —la enfermedad que realmente debilitó su corazón— atrapada en una relación tóxica con un padre que le dijo que «estaba bien» cuando claramente necesitaba ayuda. Murió sola viendo videos de sí misma en YouTube.
Brian Jones, el fundador de los Rolling Stones que casi nadie recuerda, fue marginado por la banda que él creó y murió en su propia piscina menos de un mes después de ser despedido. No hay nada romántico en eso.
Por qué necesitamos el mito
Entonces, ¿por qué nos aferramos con tanta fuerza a esta mentira bien contada? Porque el mito cumple funciones psicológicas importantes. Convierte algo feo —vómito, agujas, soledad, incontinencia— en algo estéticamente consumible. Nos permite llorar al ídolo sin tener que confrontar la brutalidad visceral de la adicción o el suicidio.
También valida el sufrimiento adolescente. Para un chico de 17 años escuchando a Nirvana en su cuarto, saber que Kurt murió joven eleva su propia angustia a la categoría de Gran Arte. El dolor ya no es patológico; es poético.
Pero sobre todo, el mito nos absuelve. Si estaban destinados a morir por una maldición antigua o una alineación planetaria, entonces nadie es responsable. No la industria que los convirtió en mercancía. No los managers que priorizaron las giras sobre la salud mental. No los medios que documentaron cada colapso público. No nosotros, que compramos las revistas y los discos póstumos.
No existe ninguna maldición esotérica en el número 27. Lo que existe es una convergencia brutal de factores de riesgo: acceso ilimitado a drogas, riqueza repentina sin estructura, problemas de salud mental preexistentes, traumas infantiles sin sanar. Cuando todo eso se junta hacia el final de la veintena —justo cuando la resistencia física de la juventud empieza a flaquear y las exigencias de la vida adulta se vuelven ineludibles— el resultado puede ser fatal.
Al final, la única vida que tuvieron fue la suya. El mito es solo lo que nosotros inventamos para soportar su ausencia.
